El oráculo de Gaeta - MilMesetas

A modo de oráculo, las oscuras e incompletas palabras de Gaeta “hosper chresei” (como tú te portes [serás], o bien, según hagas, [serás]), enfatizan que el destino está más siempre más allá de lo cotidiano: seremos, persistiremos, en las consecuencias a largo plazo, aún después de nosotros y nuestros actos.

Según hagas, serás” sugieren que nuestro ser futuro no se juega directamente en aquello que hacemos día con día, ni en el resultado final de nuestras acciones, sino en los efectos de nuestra vida aun después de que llegue a su fin. Se trata de una idea de destino que plantea una concepción más amplia y duradera que no se agota en el propósito de la existencia ni en su fatalidad / finalidad. De ahí su sentido trágico aun milenios después la muerte.

I. Destino por consecuencia: paternidad

Un ejemplo, en lo cotidiano, sería el significado de convertirse en padres, las consecuencias de la propia paternidad o maternidad que no advienen con un hijo (resultado), ni se realizan en la criaza (diaria), sino que aparecerán en la vida y el carácter del ser adulto que hemos formado. Las obligaciones paternas de manutención o procreación no constituye un destino en sí mismas, spues somos extensiones del destino de otros (individuos, familias, naciones, divinidades). El carácter trágico del destino no se agota en el yo, ni en lo que resulta “inevitable” para el individuo, sino en cómo es que la vida propia siempre repercute más allá del individuo y su origen.

¿Quién podría autoproclamarse un buen padre, con sinceridad? y aquel que se abstiene de serlo, por más que conozca o haya aprendido de paternidad, ¿dónde realiza ese saber y experiencia cuasi genética? La paternidad sin sus mitos fundadores, sin la veneración axiomática a los padres y sin el tabú entorno a sus clichés pierde su fatuidad, su carga evidente con respecto al destino. No obstante, la negligencia común encubre la vergüenza y justifica los delirios de bondad, crueldad, grandeza y renuncia sobre la figura paterna.

Vestimenta por estamentos en la antigua Roma

II. Destino por origen: nobleza

En ese sentido era que el destino pertenecía exclusivamente a los héroes, emperadores y patricios, precisamente porque el arraigo terrenal de su poder y familias tenían consecuencias más allá de sí mismos y de su linaje; sus actos serían recordados por el poder que ejercían y su existencia era considerada trágica, aun si en la práctica no lo fuera e incluso se mostraran crueles y abusivos al extremos con los plebeyos que, a pesar de tener riqueza, fueron excluidos, con ciertos matices, de la política y los asuntos públicos.

La contraparte de quienes no tenían arraigo ni destino era la comedia (opuesto a la tragedia), pues la intrascendencia de sus actos era considerada como algo destinado al olvido, risible, que no repercutiría determinantemente en el futuro ni en los otros. Si los desarraigados, los olvidados, asumieron la fatua idea de familia y linaje, sin la parafernalia del poder y la extravagancia patricia, fue precisamente porque la satisfacción que produce la mofa respecto de lo que solo aparentaba ser trágico pone al alcance de cualquiera el destino de lo divino y la nobleza para juzgarlo y satirizarlo, esto es: reír, contradecir, demoler divisiones de origen.

En la antigua Roma, por ejemplo, los plebeyos, a través de la sátira, conjuraban parcial, momentáneamente, la solemnidad trágica de las figuras políticas que articulaban, autoritaria y simbólicamente, su realidad; con ello, también los mitos se democratizaron. En parte, era por ello que en la antigüedad, la democracia y la república eran exclusiva de los hombres libres, que entendían su libertad desde el sometimiento y esclavitud de otros: destino y tragedia. Pero sometidos a la opinión y el juicio público, lo trágico deja de serlo, deviene ridículo, injusto, cruel e inmediato. Este tipo de juicio suele agotarse en lo cotidiano, es decir, en el presente; pues los valores del presente tienen una mirada que expulsa lo trágico y nobiliario respecto del destino.

III. Destino y presente

La sátira y los mitos están ausentes en el mundo contemporáneo. También los relatos progresistas del desarrollo como especie (metarrelatos). A medio camino entre los antiguos y los modernos, nuestro tiempo ejerce juicios de valor sin sentido trágico ni propósito a largo plazo, juicios cuyos criterios mutan con facilidad.

En occidente, destino y tragedia se han escindido de los valores para el análisis político e histórico, no porque sean inviables sino porque desajustan la mecánica de comprensión práctica e inmediata del mundo. El último intento de renovación estuvo en la fundación de los Estados modernos a través del drama escénico y la guerra, que decantó en espectáculo, presión económica y propaganda ideológica. Esta separación ha erigido las formas de vinculación contemporanea con el tiempo y la memoria.

La urgencia y la información, la crisis y el fracaso, la contingencia y la ansiedad, son criterios inmediatos desde los que se juzga el aquí y el ahora. Estamos habituados a juzgar a corto plazo, en el instante mismo. No obstante, prohibimos a otros que nos juzguen e incluso tratamos injustamente a otros. Tal vez esto se deba a que, en el mundo contemporáneo, el destino no se juega más allá de la propia vida y de su finitud y a que, la memoria colectiva, es indiferente con las responsabilidades específicas de individuos, familias, corporaciones y Estados que deciden a conveniencia las tragedias sociales.

Sin destino, vivimos al día. Acaso en eso radique la neurótica obsesión por el presente y por sus correspondientes filosofías de la actualidad, un tanto gastadas tras casi 40 años de repetición metodológica. La historia y el tiempo -cuya realización es el aquí y el ahora- están, sin embargo, cargados de una extensa batería de conceptos trágicos que no se circunscriben al presente.

Oráculo del dios Apolo, Delfos, Grecia

IV. Destino y prejuicio servil

¿A qué responde entonces la sensación de estar avasallado o atrapado en el presente?, ¿dónde colocar la extraña sensación de “vivir al día”? Quizás esa percepción, a la vez anímica y emocional, sea producto de un constante estar en crisis; de una política de la eventualidad: sin destino, vivimos sin tiempo / a des tiempo. Asimismo, la falta de lugares públicos para arengar a la población hacia algún rumbo que sobrepase el aquí de lo inmediato, como las promesas sexenales, equivale a vivir sin sentido ni dirección: sin destino vivimos en frágiles burbujas que revientan.

La contingencia, las crisis, la urgencia cancelan los modelos aeternitas de los mitos y el devenir de los metarrelatos, encerrándonos en un perpetuo presente de novedades e inestabilidad. El fracaso, la información y la ansiedad hacen de la tragedia algo cotidiano, irrelevante de lo que a veces es mejor aislarse para no saber nada o sentirse interpelados por la desgracia ajena.

De ahí que los juicios sociales se hayan disparado y encuentren expresiones como el racismo, la discriminación o la egolatría, fórmulas eficaces para justificar las acciones inmediatas y la irresponsabilidad de los actos que influyen en el futuro, en las expectativas sociales y en la forma de pensar de grandes conjuntos de poblacionales. Pocos individuos y, prácticamente, ninguna nación son realmente estrictos y críticos consigo mismos en lo que respecta al destino y la tragedia pues las aspiraciones y el éxito las han sustituido.

La orgullosa filiación a una raza, nación, clase social o partido tiene que ver con la pertenencia a un rumbo y un destino no elegido. Si ser libre implicaba para los antiguos cumplir un destino era no porque fueran evitables los acontecimientos, sino por la dignidad y la elección en el modo de vivirlos. El minucioso examen de sí mismo, la pausa reflexiva sobre los actos, no cambiarían ninguno de las acciones vividas o por vivir sino el talante para habitarlas. Contra esa idea de destino, los nacionalismos, el racismo, la discriminación se imponen para justificar la violencia y la servidumbre, suprimiendo el valor propio y la dignidad: queja recurrente, casi choteada que, no obstante, sugiere algo más esencial e ignorado: la embriaguez del presente y una afición casi pulsional por la cobardía y el servilismo, en el que resuena la banalidad del mal, el destino vano.

Set de El proceso, película de Orson Wells

V. Destino e identidad: el trabajo

El individuo sin destino ni lugar ha encontrado un ambiguo refugio en el ámbito profesional. Un abogado, por ejemplo, no es un abogado simplemente por conocer la ley y tener un título, sino por su inserción, ejercicio y redes de contactos en espacios de dominio empresarial y Estatal. Su efectividad y reconocimiento dependen tanto de la comprensión de la dinámica interna de las jerarquías, como de la forma de operar de los códigos institucionales. Sin considerar las astucias legales e inconsistencias prácticas de su trabajo, un abogado no lograría ejercer exitosamente.

Acaso por ello, el provicional destino que ofrece esta profesión depende más de los juegos de poder establecidos por la economía, la política y la vida práctica que de los actos mismos del abogado y sus ideales. Paradójicamente, comprender y habitar a tal nivel el ejercicio del Derecho resulta contrario al espíritu de las Leyes, de la Justicia y la imparcialidad que fundamentan el Derecho y su ejercicio profesional. En ese sentido, aun si un abogado es corrupto, no traiciona los idearios ni fundamentos de la Ley en su práctica, porque el ejercicio de la abogacía es contraria en su realidad inmediata. Al mismo tiempo, la realización de los ideales no tiene lugar ni sentido, porque éstos no provienen de la economía, la política y las necesidades privadas o institucionales.

La subordinación de los ideales a los intereses económicos se convierten en un chantaje sistematizado. Los ideales que permiten el examen minucioso de los actos y el destino se convierten en propaganda que justifica la aspiracionalidad y el culto a la efectividad. Esto vale, en su justa medida y con sus salvedades, a los distintos niveles de la ambición individual y colectiva profesionales. Sin tiempo ni lugar, el destino también se convierte en un accesorio discursivo de la rentabilidad económica y laboral que promete “un mejor futuro” para los profesionales que atiendan las demandas de los Estados y corporativos. El destino que un Estado o empresa diseña para sí mismo implica la apropiación abierta o discreta de sus pares: canibalismo a escala planetaria, colonización de la Fortuna colectiva.

Busto Antiguo de Marco Aurelio

VI. Marco Aurelio y el destino: 1800 años después.

Quizás Marco Aurelio, filósofo estóico y antiguo emperador romano, comprendió que el carácter trágico de las relaciones humanas no se elude con la ausencia de destino de los individuos y Estados, pues aquello que persiste y trasciende a la propia vida exige libertad y la constante examinación de la existencia (personal y colectiva). Procurándose un espacio para indagar sobre sí mismo, su destino y el de los suyos, Marco Aurelio escribió en sus meditaciones lo afortunado que era por no haberse permitido estropear su futuro como pensador afanándose con manías, formalidades filosóficas que habrían matado su espíritu en el intento de exaltarlo.

La realización de la existencia no estaba para él ni en la política, ni en el lujo, ni en la posteridad o el pensamiento, sino en el destino a largo plazo que da forma a una vida en función de la alegría y la serenidad. El destino no se agota en la muerte porque es parte de una naturaleza que pervive, la escritura conserva actos y principios de existencia que otros pueden aprovechar. No hay pasado ni futuro, no hay crisis ni fracaso, pues el instante y el infortunio es común.

La tragedia, por tanto, no radica en los inevitables infortunios sino en la ignorancia de cómo vivir o actuar, al encontrárselos de frente. Para el antiguo emperador, el destino se extiende indefinidamente y se emparenta con el carácter… el destino, la tragedia y el carácter del individuo tienen que ver con la Fortuna. Al releerlo, su anacrónica vigencia, 1800 años después de su muerte, indica esa misteriosa concepción de destino en la que meditaría hacia el final de su vida. En una larga meditación sobre el reconocimiento de los otros y de sí mismo, antes de sugerir algunos principios básicos para vivir afablemente la existencia, Marco Aurelio escribe:

“Y lo de Gaeta, a modo de oráculo; el no haber caído, cuando me aficioné a la filosofía, en manos de un sofista, ni haberme entretenido en el análisis de autores o de silogismos, ni a perder el tiempo en la física celeste. Todo esto requiere ayudas de los dioses y de la Fortuna”.

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