Prólogo a Profanación del Edén de J. Jiménez - MilMesetas

La poesía es la semilla de la literatura, la voz primigenia que como un relámpago rompió las fronteras de la palabra para decir más, siempre más. Desde aquel momento del nacimiento de la poesía las cosas importantes han sido dichas por la humanidad con ayuda de metáforas, y versos; sonoridades que luchan por decir lo que tal vez solo puede contemplarse en silencio, a la luz de la vela o de la luna. Verdades que habitan en el corazón y que solo con grandes esfuerzos se traducen en palabras, que en perpetua lucha con la razón buscan su espacio en el despliegue de la existencia. Milenios después del nacimiento de la poesía, seguimos atestiguando su presencia, su acontecer permanente que inevitablemente nos conmueve, que nos obliga a hacer una pausa ante los discursos pragmáticos y utilitarios que inundan el día a día para que el mundo vuelva a aparecer frente a nosotros, especialmente ese mundo hecho de afectos y sensaciones, de conceptos que no sólo se piensan sino que generan pasiones y que nos recuerdan nuestra humanidad.

Profanación del Edén de Jean Jiménez (Ediciones Guayacán, Costa Rica) es una colección de poemas, pero también es una cicatriz que atraviesa tanto el alma de su autor como de quien se acerca a la lectura de estas páginas. Cicatriz que revela una historia de vida, que dice justamente que se ha vivido, esto es, que no se ha sido inmune a los deseos, a los dolores, a los sacrificios y entregas que nos pide ser quienes somos, y que también atestigua el haber recorrido un tortuoso camino hacia la persona amada, porque amar -cuando se ama de una manera diferente- no está exento de combates, de desilusiones, de triunfos que amenazan con desvanecerse.

Jean Jiménez nació el 26 de agosto de 1998 en Santa Rosa de León Cortés, un pequeño pueblo cafetalero de la zona de los Santos, Costa Rica. Según lo que él mismo narra, creció entre las montañas, el café y el silencio; ambiente nutricio que lo llevaría a la literatura como refugio, pero también como espacio de libertad frente a un contexto hostil en el ambiente escolar que lo llevaron a aislarse y a plantearse preguntas que tal vez sólo pueden responderse a través de la escritura. Su formación como profesor de español y filólogo años más tarde, y los múltiples estímulos del ambiente urbano, le permitieron hacerse de nuevas herramientas y nuevas palabras que han florecido en esta obra, que hace referencia, ya decíamos, a las cicatrices, a las pasiones del cuerpo, al tránsito de múltiples facetas que buscan en algunos momentos la redención, en otros la afirmación de la transgresión.

Profanación del Edén es una obra conformada por 4 secciones -que bien podrían constituir poemarios independientes- que conversan y dialogan entre sí. La frescura de su escritura, en la que poco a poco empieza a tomar fuerza una voz propia y específica, nos recuerda que escribir poesía es un acto que debe compararse con la desnudez, porque en este ejercicio poco puede ocultarse de uno mismo y el reto está en poder seleccionar no sólo los encuadres más bellos sino los que son más honestos y ejemplares, en encontrar palabras y versos que merezcan permanecer en la noche de los tiempos.

Las cuatro secciones, o bien, los cuatro poemarios, son estrellas que en conjunto configuran una constelación en el universo de la poesía que dejan entrever la interacción de al menos cuatro temas esenciales que aparecen, desaparecen y reaparecen a lo largo de la escritura: Dios, el cuerpo, la ciudad, el amado….

Sin afán de adelantar demasiado sobre los poemas que conforman esta primera sección, pues debe ser el lector quien se encuentre con los versos -ojalá que en una noche mistérica y con la compañía de una copa de vino- advirtamos que esta primera sección pone al descubierto las resonancias de la carne, de lo pagano y de la blasfemia, de salmos que ya no dicen preceptos bíblicos sino la entrega de un hombre que abre las piernas y gime, gime a pesar de sus cicatrices, en un jardín, dice Jean Carlos, que sueña desde el destierro:

“Allí, en el jardín sin guardianes,
donde la carne es libre
y la vergüenza se quiebra,
los gemidos son himnos
y el deseo,
la más pura forma de verdad.”

El segundo poemario se concentra en el tacto; universo de sensaciones en el que el ego naufraga y es atravesado por las saetas del dolor y del placer cual San Sebastián. Entonces la verdad, como ya se adelantaba en la primera sección de esta obra, reside en la carne, asediada por el amor y el desamor, y por las promesas rotas que no sobrevivieron a una noche de caricias. Como una máxima que corona esta sección, nos dice el autor en un verso: “Deja que el viento te rompa”.

La tercera parte de esta obra habita la ciudad, nos lleva por callejones, abismos, incendios de una casa en la que vive un niño que juega con muñecas y que está asaltado por las dudas. Dudas que asaltan la ciudad que como templo herido da cobijo a las diferencias, aunque no siempre puede evitar que nuevos peligros acechen a quien busca refugio en sus rincones. La nada y el caos que azotan la ciudad recorren también la cuarta parte del libro, que busca en el Mundo Antiguo un refugio, un universo de referencias, que permitan encontrar, tal vez, un espacio para el amor. Del Olimpo a Troya, los versos nos hablan de bellos guerreros que se entregan entre ellos como se entregan en la batalla, universo viril soñado por los dioses para un encuentro amenazado por la fugacidad:

“En Troya,
un arquero tiembla bajo su armadura:
no teme al filo,
sino al vacío de no volver a sentirlo.
Sus almas, entrelazadas en el silencio,
se buscan como lunas gemelas,
aunque el deber los sepulte.”

Profanación del Edén nos ofrece así, cuatro caminos de la poesía que convergen en un solo esfuerzo por salvar una forma de amar que al menos hasta hace poco estaba condenada a vivir en los márgenes de lo posible, en la persecución e incomprensión, en la condena, en suma. Como si no fuera suficiente condena el vaivén del destino que amenaza permanentemente con alejarnos de la persona amada y a vivir por lo tanto en la más profunda de las nostalgias solitarias. Por fortuna, gracias a obras como esta, no olvidaremos qué se siente pasar la noche en brazos de la persona amada, en un cielo estrellado en el que las constelaciones nos susurran el futuro.


Rogelio Laguna
Ciudad de México
29/10/2025

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