Recuerdos de Roma - MilMesetas

Para Oz, con cariño

Hace algunos años, después dar varios semestres sobre cultura de Roma en una universidad privada, decidí visitar Roma con mi novio del momento. A partir de la clase me había enamorado de la historia de aquel pueblo y me parecía fundamental conocer in situ sus vestigios. Para mi acompañante era relativamente fácil hacer el viaje porque estudiaba en Alemania pero yo realicé varios trasbordos en una travesía que se alargó más de lo debido y que incluyó varios aeropuertos y vuelos. Recuerdo lo afortunado pero también lo cansado que me sentía cuando por fin nos encontramos en Milán, desde donde empezó esa breve temporada italiana. En otro momento escribiré sobre aquel viaje a detalle y de los magníficos días que pasamos especialmente en Padua, pero quisiera centrarme, sin reclamos ni fatalismos, en que fue un viaje lleno de imprevistos.

Para empezar, mi maleta se extravió (junto con el cable de mi computadora) en alguno de los cambios de avión. La aerolínea me prometía que la maleta llegaría a mi hotel, pero nosotros cambiábamos de hospedaje aproximadamente cada tres días. Justo cuando dejábamos una ciudad la maleta llegaba al sitio que acabábamos de dejar. Tarde casi diez días en recuperar mi equipaje cuando me crucé con ella en el aeropuerto de Venecia más por casualidad que por buena logística de la compañía aérea. Al pasar tantos días tuve que usar parte del dinero del viaje (y ese es el punto al que regresaré) en comprar un poco de ropa y en pagar cibercafés para ir haciendo reservaciones de hoteles y de boletos de tren, en un mundo donde todavía no se hacía todo por smartphone. La belleza italiana y la compañía hacían, sin embargo, que el tema fuera poco importante.

Recuperar la maleta reveló otro asunto importante y desafortunado: mi equipaje pesaba demasiado, al calcular los días que pasaría en Italia cometí el error -de novatos-  de llevar demasiadas cosas. Si bien los días anteriores  había ido ligero de una ciudad a otra, casi con lo puesto, a partir de la llegada de la maleta todo se complicó. Subir y bajar en hoteles sin ascensor, cargar la maleta a los estantes del tren y llevarla por las calles me provocó un inmenso dolor de espalda que casi me impedía moverme cuando llegamos a Roma (por más que me fui deshaciendo de cosas en el camino) donde pasamos los últimos días de nuestra estadía. 

Al dolor de espalda se sumó el dolor de pies. Pero el verdadero problema fue que cuando llegamos a Roma nos dimos cuenta que nos habíamos quedado sin dinero. Las deliciosas cenas en Milán y en Padua, los helados en Florencia, incluyendo aquellos en precio de estafa, habían quedado atrás y nos desfalcaron, literalmente no teníamos dinero para comer. Sin poder pagar el transporte todos los trayectos los debíamos hacer a pie, no podíamos darnos el “lujo” de pagar el autobús aunque lloviera o el sol del verano fuera abrasador. Los días de entrada gratuita en los museos resultaron ser una promesa que por lo general se incumplía, así que salvo dos o tres entradas que todavía alcanzamos a costear, incluyendo el Coliseo, prácticamente lo que hacíamos en Roma (no es queja) era caminar por horas y sin rumbo. “Roma es una ciudad que tiene hambre” escribió Zambrano refiriendo a los miles de gatos que buscan comida por los rincones de esta urbe eterna.

El hambre empezó a ser un tema insoslayable que me obligó a pedir dinero a mis papás, quienes me enviaron lo mínimo para que sobreviviera en Italia antes de regresar a México. Recuerdo que nos levantábamos temprano para ir al supermercado a comprar pan y jamón para hacernos unos bocadillos que se convertían en nuestra única comida del día, a veces estirábamos el presupuesto para comprar un refresco. En nuestra última noche italiana,  pequeños y esforzados ahorros nos permitieron cenar en un Burger King con todo y sobrecitos de cátsup ( que cobraban aparte). No puedo expresar lo deliciosa que nos supo en el momento aquella comida rápida.

Recuerdo de Roma sus árboles, el viento fresco del mediterráneo en el caluroso verano, recuerdo la plaza donde vivía María Zambrano, los puentes sobre el Río Tíber y la estación de trenes. Pero recuerdo sobre todo esa cena en el Burger King y nuestros bocadillos porque nos reíamos y sabíamos que en el futuro nos alegraría haber sobrevivido en una ciudad tan bella aunque despiadada con los turistas. Casi una década después en una tarde de lluvia vino a mi mente esa imagen de él y yo cenando en Roma con los últimos euros que quedaban, en una juventud que desafortunadamente no se repetirá pero que alegra haberla vivido.

Imagen de portada: 5158e754-city-25465-1525fd406f5.jpg (1750×1000) (r9cdn.net)

Déjanos un comentario