Quiero ser un gato
Para Dorotea, Lucía, Nicolás y Fausto
Siempre que observo a mis gatos acurrucarse entre el desorden de mi departamento, mientras los veo dormir plácidamente sobre sábanas, cartas a medio leer, libros, ropa limpia o, finalmente, en alguna de sus camas, sólo puedo pensar que yo quiero ser un gato, uno como los míos. Mimado, saludable, fuerte, travieso y con la única preocupación de buscar el rincón más soleado para disfrutar ampliamente de las visitas al mundo onírico y, quizá, esconderme de la aspiradora cuando aparezca el artefacto.
Quiero mirar el mundo como si fuera mío, explorarlo y descubrirlo sin ningún miedo; lanzarme en busca de una presa imaginaria o no y cazar insectos de todos los tamaños para sentirme un campeón que puede lograrlo todo. Quiero la osadía de los gatos, entregarme a la aventura, lanzarme de una ventana con la certeza de que caeré en cuatro patas. Tener esa seguridad, una autoestima de acero. Saber que hay en el mundo alguien que me adora y que soy como una diosa que camina sobre la Tierra. Quiero ser encantadora y flexible; toda la belleza del mundo está contenida en esos ejemplares felinos: pequeños y poderosos, suaves al tacto, pero feroces y hábiles máquinas de matar.
Los gatos saben perfecto cuando hay que detenerse, respirar, descansar un rato, tal vez tomar una siesta de 10 horas; luego seguir andando. Como diría el gato de Natsume Soseki: “Todas las criaturas tienen el derecho casi divino a tomarse algo de tiempo para sí mismos. Todos hemos nacido con la obligación de avanzar mientras podamos, pero para poder hacerlo necesitamos parar de vez en cuando. Si Dios me dijera que he nacido para trabajar, no para descansar y vaguear, le diría que tiene razón, pero que es imposible trabajar si no se descansa a veces”. (1)

Hay días en los que me hace falta eso: detenerme. Quiero tener ese espíritu felino para descansar cuando haya que hacerlo, sin excusas ni remordimientos. Sin embargo, los múltiples quehaceres de la vida me lo han impedido, a ratos ya no queda tiempo para mí. En definitiva, la vida de una freelancer no es la de un gato. Y durante la pandemia, gracias al encierro infinito, se complica aún más: entre la limpieza obsesiva, los trastes que se acumulan, cocinar, lavar, asear areneros, alimentar bestiecillas, trabajar, asistir a juntas virtuales que bien podrían ser un correo, administrar sabiamente los recursos y sobrevivir no quedan minutos para mi propio encuentro y dedicarme un par de lecturas acompañadas de un té.
Tampoco he hallado una oportunidad para detenerme a contemplar el mundo, resoplar, estirarme un poco para luego continuar con la jornada bajo el hechizo de un equilibrio perfecto. Quizá el momento de mayor deleite y serenidad sea esta imagen que contemplo ahora, cuando miro con ternura a mis gatos dormir apaciblemente, mientras recuerdo que yo también quiero ser una de ellos.
(1) Soseki, Natsume. Soy un gato, Editorial Impedimenta, 23ª edición, España, 2018, p. 258.
Foto de portada: Buenosia Carol en Pexels.