La bibliotecología como vocación, espacio social y ejercicio de humanidad. Entrevista a Celia Mireles - MilMesetas

Hay profesiones que llegan a la vida por vocación; otras, por accidente. La historia profesional de Celia Mireles Cárdenas parece comenzar en algún punto intermedio: con la lectura como refugio personal y con una imagen todavía ingenua de lo que significaba trabajar en una biblioteca. Antes de convertirse en académica, investigadora, docente y estudiosa de los espacios bibliotecarios, Mireles imaginó que la bibliotecología consistía, poco más o menos, en encontrarse entre estantes, tomar un libro y sentarse a leerlo.

La anécdota tiene algo de entrañable porque está lejos de la solemnidad retrospectiva con la que a veces se narran las vocaciones. En su caso, el origen de una carrera que posteriormente la llevaría por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), la UNAM y la Universidad Complutense de Madrid estuvo ligado a una curiosidad todavía sin nombre. Mientras se encontraba en el edificio de la Caja Real (ubicado en el centro histórico potosino), vio a unos jóvenes y preguntó qué estudiaban. La respuesta fue biblioteconomía. Aquella palabra abrió una posibilidad.

“A mi mente vino mi imagen en una biblioteca, entre estantes, agarrando un libro para leer el que más me gustara. Entonces dije: yo estoy estudiando otra cosa, cuando termine esta carrera voy a estudiar biblioteconomía.”

La imagen, reconoce, estaba “un tanto alejada de la realidad”. Pero quizá precisamente por eso resulta significativa. Con el tiempo descubriría que la biblioteca no era solo un lugar donde estaban los libros, rodeados de un gran silencio, sino un espacio en el que se organizaba, mediaba, comunicaba y producía una relación simbiótica entre información, conocimiento y sociedad. Aquella primera fantasía de los estantes terminaría convirtiéndose en una profesión mucho más dinámica de lo que imaginaba.

Su trayectoria estuvo acompañada por figuras que ella misma reconoce como pilares: en San Luis Potosí, Rosa María Martínez Ríder y Laura Figueroa Barragán; en el ámbito nacional e internacional, Estela Morales, Álvaro Quijano, Roberto Garduño, Jane Russell y José López-Yepes, entre otros. No se trata solamente de una lista de onomásticos. En la narración de Mireles, la formación aparece como una cadena de encuentros: personas que impulsan, orientan y abren puertas que, con frecuencia, el estudiante todavía no sabe que existen.

El reto de la enseñanza

De todos los espacios que ha ocupado dentro de la academia —la gestión, la investigación, la organización de encuentros, la dirección de tesis y de facultades— hay uno que Mireles valora por encima de los demás: la docencia.

No lo hace desde una concepción administrativa, sino desde una idea mucho más exigente: enseñar implica influir en otros seres humanos. Por eso considera que el principal desafío consiste en despertar interés por el conocimiento, contribuir a la formación de mejores personas y ayudar a que los estudiantes encuentren posibilidades de superación, incluso si finalmente no se dedican a la bibliotecología.

“Creo que ese es el mayor reto. Porque además, uno se enfrenta siempre a grupos distintos en todos los sentidos. Así sea la misma asignatura, el grupo responde diferente.”

La frase permite entender su manera de concebir la docencia: ningún curso se repite realmente. Aunque la asignatura tenga el mismo nombre, los estudiantes cambian, cambia el contexto social y cambian también las preguntas que una profesión debe hacerse. De ahí que la actualización de fuentes, ejemplos y ejercicios no sea para ella una obligación burocrática, baladí o sinsentido, sino una consecuencia natural de enseñar en un mundo que no permanece quieto.

Hay, además, una razón personal detrás de esa insistencia. La universidad pública, en su propia historia, no fue una abstracción institucional. Fue una oportunidad concreta de transformación. Durante sus estudios de maestría en la UNAM, Mireles descubrió con particular claridad el alcance de esa posibilidad. La calidad de los profesores, la enseñanza, los congresos y el ambiente académico le permitieron experimentar algo que, de otro modo, sus condiciones económicas quizá habrían hecho imposible.

“A mí la universidad pública me cambió la vida.”

Esa experiencia parece haber dejado una especie de deuda positiva que posteriormente se transformó en vocación docente: compartir con otros jóvenes la posibilidad de descubrir que la educación puede modificar una trayectoria vital. Enseñar bibliotecología es, su alcance más profundo, más que transmitir técnicas profesionales, es intentar abrir una puerta —un horizonte de sentido— semejante a la que alguna vez se abrió para ella.

Una profesión que permaneció escondida

El interés de la Dra. Mireles por la imagen pública de las bibliotecas tampoco surgió tardíamente. Desde los primeros años de la licenciatura le llamó la atención una paradoja: la sociedad utiliza las bibliotecas, pero con frecuencia desconoce profundamente qué hacen los profesionales que trabajan en ellas.

Su primera publicación académica, vinculada con el marketing de la biblioteca pública, ya apuntaba hacia esa preocupación. La pregunta que entonces parecía relativamente sencilla —¿cómo comunicar el valor de una biblioteca?— terminaría convirtiéndose en una línea de investigación relacionada con la imagen bibliotecaria, los usuarios, los servicios y los propios espacios.

El problema, según recuerda a partir de estudios sobre la percepción social de la profesión, no era necesariamente que la imagen del bibliotecario fuera negativa. Era algo más sutil y quizá más difícil de combatir: era aburrida.

“La de los bibliotecarios no es una imagen mala, es una imagen aburrida. La gente no quiere estudiar y creo que lo vemos con los jóvenes porque piensan que la biblioteca, la bibliotecología es aburrida.”

La observación resulta interesante porque desplaza la discusión del desprestigio hacia la invisibilidad. La biblioteca no necesariamente es rechazada; simplemente puede ser percibida como un lugar rutinario, estático, ajeno a la transformación permanente de la sociedad.

Mireles sostiene exactamente lo contrario. Quien trabaja en una biblioteca se encuentra en un espacio donde el conocimiento cambia constantemente, donde aparecen nuevos usuarios, nuevas necesidades, nuevas tecnologías y nuevas formas de socialización. La biblioteca, desde esa perspectiva, solamente resulta aburrida o tediosa si se la obliga a permanecer inmóvil.

Su propia trayectoria investigadora puede leerse como una respuesta a ese estereotipo. Hablar de bibliotecas también significa hablar de comunidades diversas, de formas de encuentro, de cultura, de aprendizaje y de experiencias que difícilmente caben en la caricatura del bibliotecario silencioso detrás de un mostrador.

Del bibliotecario silencioso al profesional comunicativo

La transformación de la profesión es, para Mireles, también una transformación del personaje que la ejerce. La bibliotecología tiene una historia mucho más antigua que la profesión bibliotecológica como tal. Las bibliotecas y los archivos han acompañado a la humanidad desde hace miles de años, pero la profesionalización de estos saberes es relativamente reciente. Mireles recuerda que la profesión bibliotecológica tiene aproximadamente entre 150 y 180 años de desarrollo formal, lo que ayuda a explicar por qué todavía se encuentra en un proceso de maduración y, en consecuencia, en consolidación paradigmática.

Cuando en 1980 se creó la licenciatura en Biblioteconomía en la UASLP, el problema central era conseguir libros, seleccionarlos, organizarlos y ponerlos a disposición de los usuarios. El profesional podía permanecer relativamente oculto detrás de esas operaciones. En ese entonces, la automatización comenzaba a llegar, pero el núcleo del trabajo seguía relacionado con la organización documental.

Sin embargo, el mundo contemporáneo exige algo diferente, a saber: la tecnología, que ha transformado las herramientas, pero también ha modificado las expectativas sociales sobre el profesional. Ya no basta con saber organizar información (como era antaño): hay que comunicar qué se hace, explicar por qué se hace y establecer relaciones con comunidades que tienen necesidades de información distintas. La comunicación hoy marca la diferencia.

“Un bibliotecólogo callado creo yo que ya no tiene cabida en la actualidad, porque tienes que dar a conocer lo que haces, tienes que socializar.”

La afirmación tiene una consecuencia importante. El profesional de la información ya no puede entender su trabajo como una actividad exclusivamente técnica. Necesita habilidades tecnológicas, por supuesto, pero también capacidad de comunicación, iniciativa y disposición para detectar oportunidades. Por tanto, el bibliotecario debe dominar lo técnico, pero también tiene que aprender a reflexionar sus propias prácticas.

Esto explica otra de sus preocupaciones: la proliferación de competencias que parecen exigir al profesional saberlo todo. Mireles no plantea que haya que abandonar la especialización, sino comprender que la profesión se adapta porque la sociedad cambia. La evolución profesional no ocurre en el vacío: responde a las necesidades del contexto.

La arquitectura bibliotecaria es intencional

Entre las líneas que considera más significativas de su producción académica aparece la arquitectura bibliotecaria. A primera vista, podría parecer un tema alejado de sus preocupaciones sobre comunicación, usuarios o imagen pública. En realidad, los reúne. Preguntarse por la arquitectura de una biblioteca implica preguntarse para qué sirve el espacio, qué problemas pretende resolver y, sobre todo, para quién está siendo construido.

Mireles insiste en que el usuario debe estar en el centro de esa conversación. No basta con levantar un edificio técnicamente impecable o con muy buenos costos, si el espacio no responde a las necesidades de la comunidad que lo utilizará. De ahí que la arquitectura bibliotecaria sea para ella, sin duda, un campo interdisciplinario: dialoga con arquitectos, bibliotecólogos y, de manera fundamental, con los usuarios.

Su experiencia investigando distintos espacios bibliotecarios también la llevó a una conclusión que adquiere particular relevancia en sociedades profundamente desiguales (no solo del país): una biblioteca no necesita parecerse a otra para cumplir su función.

En este sentido, la biblioteca del futuro, en la visión de Mireles, no se define por su monumentalidad, sino por su capacidad de adaptación. Un espacio puede encontrarse en una escuela, una colonia, una comunidad específica o incluso responder a un grupo de personas reunidas alrededor de un interés particular. Lo fundamental es que exista un profesional capaz de detectar las necesidades de información, organizar los recursos disponibles y establecer el vínculo entre éstos y los usuarios.

“El edificio no es necesariamente una condición, es importante, pero no podría ser imprescindible para ofrecer y cumplir lo que realmente es la profesión.”

En esta concepción caben desde los grandes edificios bibliotecarios hasta espacios modestos instalados en lugares adaptados. Mireles recuerda incluso experiencias como Biblioburro, en Colombia, donde los libros se trasladaban hacia comunidades apartadas. La imagen es poderosa —incluso quijotesca— porque invierte la lógica habitual: cuando las personas no pueden llegar a la biblioteca, la biblioteca puede desplazarse hacia ellas.

En México, esta flexibilidad resulta importante por la desigualdad en el acceso a recursos. Existen bibliotecas extraordinarias y comunidades con posibilidades económicas muy distintas. Por ello, una política bibliotecaria verdaderamente inclusiva no puede partir de un único modelo arquitectónico. Puede faltar una infraestructura ideal, puede faltar incluso electricidad o internet, pero todavía existe la posibilidad de crear un servicio de información si alguien conoce a la comunidad y tiene voluntad, capacidad y habilidad.

“Más allá del edificio o demás, lo más importante es tener un bibliotecario o un profesional estudiado que quiera hacer las cosas.”

La frase resume su filosofía profesional: la infraestructura importa, pero no sustituye a las personas.

La ética primero, luego, la tecnología

Ese principio se vuelve todavía más claro cuando la conversación llega a uno de los asuntos que actualmente atraviesan prácticamente todas las profesiones de la información (y casi todas áreas del saber): la inteligencia artificial.

Mireles no niega la dimensión tecnológica de la bibliotecología ni de la archivística. Por el contrario, recuerda que ambas han acompañado históricamente la evolución de las tecnologías: desde las tablillas de arcilla y el pincel hasta la máquina de escribir, las computadoras y las herramientas contemporáneas de IA. La tecnología, en ese sentido, no es una intrusa reciente. Forma parte de la historia de la profesión. Pero existe una diferencia fundamental entre utilizar una herramienta y delegarle la responsabilidad humana.

Para Mireles, bibliotecología, archivística y ciencias de la información conservan una esencia humanística porque trabajan con el intelecto, la creatividad, los intereses y las necesidades de las personas. Por eso la tecnología no puede desplazar los valores que orientan la actividad profesional.

“La profesión de esta actividad de bibliotecario, archivista (o con las nominaciones que les queramos dar), es una profesión humanista, pues trabaja con el interés, el intelecto, la creatividad del ser humano.”

La ética aparece entonces no como un complemento curricular, sino como el fundamento mismo del trabajo. Organizar información supone hacerlo correctamente; describirla exige no falsear datos; difundirla implica comprender cuándo un dato personal debe protegerse; utilizar inteligencia artificial demanda verificar aquello que produce una herramienta.

En un momento en que las tecnologías permiten producir textos, imágenes y datos a una velocidad extraordinaria, la responsabilidad profesional no desaparece, al contrario, se vuelve más importante. Mireles lo plantea con una sencillez casi elemental: la herramienta puede cambiar; la obligación de hacer bien el trabajo permanece.

“La tecnología a lo mejor no te va a impedir lo que buscas (hay comunidades que no tienen ni luz), pero lo que más se debe privilegiar es que esa información esté bien, que llegue a quien tiene que llegar y que no se use mal.”

Es una declaración de principios que devuelve la discusión tecnológica a su dimensión humana. No se trata de preguntarse únicamente qué puede hacer una máquina, sino qué responsabilidad conserva quien la utiliza.

Socializar para permanecer

Para Mireles, los encuentros académicos, los congresos y las redes profesionales no son solamente espacios para presentar resultados. Son lugares donde las personas se descubren unas a otras. Es más, su visión de la profesión no se comprende sin este concepto: socialización. Una experiencia desarrollada en Colombia puede inspirar a alguien en México; una práctica institucional puede convertirse en una colaboración; una pregunta formulada en un seminario puede abrir una nueva línea de investigación.

En ese sentido, la tecnología ha ampliado las posibilidades del diálogo interbibliotecario. La distancia geográfica ya no representa la misma limitación que antes.

“La socialización es lo que nos hace humanos y lo que nos permite ampliar esas posibilidades de colaboración y de diálogo.”

La afirmación adquiere significado en una época en la que buena parte de la interacción profesional ocurre mediante pantallas. Mireles no idealiza lo presencial —reconoce que tiene una riqueza particular—, pero tampoco desprecia lo virtual. Lo importante es aprovechar las posibilidades de ambos mundos para construir redes. Bibliotecología, historia, tecnología, ciencia, antropología: los paradigmas contemporáneos de las ciencias de la información parecen necesitar precisamente esos cruces interdisciplinarios e interpersonales.

Celia Mireles en la Facultad de Ciencias de la Información (UASLP).

No rendirse como estrategia profesional

Hacia el final de la entrevista, cuando se le pregunta por las estrategias que deberían adoptar los profesionales frente a un panorama marcado por noticias falsas, inteligencia artificial, precariedad y cambios tecnológicos, Mireles responde con una expresión sencilla: no darse por vencido.

Podría parecer un consejo personal, pero en realidad condensa una concepción profesional. Actualizarse, mantener relaciones sanas, asistir a eventos, estudiar, identificar oportunidades y actuar correctamente forman parte de una misma estrategia de supervivencia profesional. No se trata de ingenuidad o de un arte de prudencia (en el sentido de Baltasar Gracián). Mireles reconoce que hay profesiones socialmente indispensables que también enfrentan ingratitud, frustración y dificultades laborales. Por eso añade una cualidad que puede parecer menos académica, pero que considera indispensable: la capacidad de frustración.

“La estrategia más importante es seguir, seguir buscando, seguir haciendo, seguir manteniéndose, pues a lo mejor se escucha muy fácil, pero una meta a la cual lograr en bien y para bien.”

En sus palabras hay también una advertencia para quienes comienzan en este viaje. Las posiciones profesionales cambian, las circunstancias económicas cambian, las instituciones cambian. Todo cambia. Lo que permanece es la reputación construida a través del trabajo y la confianza. Por eso insiste en algo que parece sencillo y, sin embargo, puede ser realmente difícil de sostener: actuar bien incluso cuando nadie está mirando.

Epílogo

La conversación con Celia Mireles comenzó con una imagen de juventud: una estudiante que descubre la bibliotecología imaginando que el oficio consiste en caminar entre estantes y escoger un libro para leer. Más de dos décadas después, aquella imagen inicial parece casi una metáfora involuntaria de todo lo que la profesión ha dejado atrás.

El bibliotecario ya no puede permanecer oculto. Tiene que comunicarse, relacionarse, detectar necesidades, defender el valor de su trabajo y participar activamente en las comunidades. La biblioteca tampoco puede limitarse al edificio: puede ser virtual, adaptable, móvil, comunitaria, tecnológica o incluso instalarse en un espacio modesto, siempre que exista alguien capaz de hacer de puente entre las personas y la información. Frente a las transformaciones digitales, Mireles coloca en el centro de la conversación la ética. Quizá esa sea la mayor paradoja de su pensamiento. Mientras más tecnológica se vuelve la profesión, más necesario parece recordar que su razón de ser sigue siendo humana (demasiado humana).

Por eso resulta significativo que, al pedirle un mensaje que pudiera leerse en el cielo y alcanzara a miles de personas, no eligió una consigna sobre bibliotecas, inteligencia artificial, innovación o conocimiento. Su respuesta fue mucho más personal y aforística:

“Siempre sé tú mismo y no te rindas.”

Después de una trayectoria dedicada a formar profesionales, investigar bibliotecas, estudiar sus espacios, defender sus posibilidades y participar en la vida académica, Celia Mireles parece regresar así al principio fundamental de toda vocación (a esa Ítaca de cada uno): perseverar en aquello que uno ha decidido hacer, incluso cuando el camino no sea sencillo. Tal vez aquella joven que alguna vez imaginó la bibliotecología como un oficio entre estantes no estaba del todo equivocada. Sólo había olvidado algo: que los libros podían ser el comienzo de un camino, pero nunca su límite.

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Notas del autor: esta entrevista fue realizada con el apoyo de José Antonio Camacho Ramírez, prestador de servicio social de la Asociación Interdisciplinaria para el Estudio de la Historia de México (AIEHMEX). Asimismo, este texto fue revisado con asistencia de herramientas de inteligencia artificial generativa (ChatGPT Luna) para efectos de corrección y coherencia editorial. El contenido fue redactado por el autor.