De reportear la calle a apapachar el libro. Entrevista a Margarita Ladrón de Guevara - MilMesetas

Hay oficios que se aprenden en las aulas y otros que terminan de comprenderse cuando se ejercen. Para Margarita Ladrón de Guevara, el periodismo pertenece a los segundos. Puede haber estudios, lecturas, técnicas y maestros, pero existe una pedagogía que sólo comienza cuando el periodista sale a buscar aquello que todavía no sabe. “Ser reportera te lo enseña la calle”, dice al recordar una trayectoria que ha discurrido entre medios de comunicación, suplementos culturales, instituciones y libros.

Su itinerario profesional permite observar también las transformaciones de la vida cultural queretana durante las últimas décadas. Antes de dirigir proyectos editoriales, Ladrón de Guevara pasó por Radio Querétaro, por el Museo de la Magia del Pasado y por el periodismo impreso; realizó estudios de posgrado en Chile y convirtió en proyecto profesional lo que había comenzado como una inquietud académica: Barroco, suplemento cultural del Diario de Querétaro. Años después, su trabajo en Letra Capital, fondo editorial del Municipio de Querétaro, trasladaría al libro algunas de las convicciones personales que había adquirido como reportera: escuchar antes de decidir, desconfiar de las jerarquías demasiado rígidas y entender la cultura como una conversación en la que las voces consagradas no agotan el repertorio de una comunidad.

Quizá por eso, cuando habla de periodismo y edición, su campo semántico está poblado de  palabras como calle, lectores, comunidad, memoria, libertad y alegría. No son conceptos a la deriva. Detrás de ellos existe una manera de entender el registro cultural: acercarse a lo que sucede, reconocer a quienes lo hacen posible y procurar que algo de esa experiencia permanezca y sea parte de una historia viva.

El devenir del suplemento Barroco

Después de más de dos décadas dedicadas al ejercicio periodístico, ¿qué distingue para ti al periodismo cultural de un mero registro de actividades?

Periodismo es periodismo. Un mero registro de actividades culturales también es periodismo, como lo es el registro inmediato de cualquier otro acontecimiento. La noticia es necesaria y sin el reportero no tenemos el registro de la realidad, de lo inmediato. El secreto, para mí, está en no quedarse solamente ahí. El reportero es la primera voz que te anuncia lo que pasó. Si sucede algo en la carretera, inmediatamente buscas que un reportero esté ahí, ¿sabes? Tú tienes que ir al reportaje, tú tienes que ir a la entrevista y tú tienes que escribir artículos. Entonces, no importa si haces periodismo cultural, deportivo, social o ambiental: puedes ir de la noticia al reportaje, a la entrevista de fondo, a la crónica, al artículo. El periodista —pero también puede ser un cronista— tiene la posibilidad de trabajar con todos los géneros del periodismo.

Esa concepción parece haber encontrado un laboratorio privilegiado en Barroco, suplemento cultural del Diario de Querétaro. El suplemento comenzó en el verano de 2004 y terminó convirtiéndose en un referente de la prensa cultural queretana, por muchas razones. ¿Qué significa para ti visto en retrospectiva?

Primero diría que Barroco está vivo. Y, a riesgo de sonar presuntuosa, creo que definitivamente ha sido un espacio periodístico muy serio, en el sentido de que no se ha desviado de su ruta. Ha tomado distintos senderos, pero conserva un propósito: dar cuenta de la vida artística y cultural, de los patrimonios y de las historias de Querétaro, de manera sistemática, constante y confiable. Hay una diferencia importante entre cómo hablábamos de estos temas en 2004 y cómo podemos nombrarlos ahora. En ese entonces decíamos “cultura”, “patrimonio”, “comunidad artística”, en singular. Con el tiempo aprendimos a hablar de culturas, patrimonios, comunidades artísticas e historias. Barroco nos ha enseñado a mostrar esa pluralidad. Están las comunidades artísticas urbanas, pero también están las de la Sierra; las prácticas rurales y las artes populares que permanecen dentro de ámbitos muy locales; los patrimonios edificados, naturales e intangibles. Pienso, por ejemplo, en el huapango y en las formas en que las propias comunidades de la Sierra Gorda conservan y gestionan sus prácticas. Barroco nos ha hecho entender la pluralidad de lo que se crea, se construye y se conserva en Querétaro.

¿Cómo se traducía esa amplitud en un criterio editorial? ¿Cómo decidían qué merecía convertirse en tema cultural y artístico?

Muchas veces la propia agenda artística, cultural e histórica de Querétaro nos marcaba la pauta. A mí, como editora, me importaban mucho las efemérides actualizadas, pero también destacar a través de las entrevistas al individuo, al creador, como generador de saberes y contenidos artísticos, culturales, históricos y populares. Por ejemplo, entrevistamos a Fortunato y Guadalupe Reyes, huapangueros de la Sierra que recibieron el Premio Nacional de las Artes. A partir de ellos podíamos hablar del huapango. Un acontecimiento particular nos permitía entrar en un tema mucho más amplio.

En esos años, cuando Barroco empezó, estaba incipiente la palabra “glocalización”: pensar global, pero hablar desde lo local. Eso, combinado con una manera sistémica de entender el periodismo, nos daba la pauta para encontrar los temas y, sobre todo, a decidir cómo narrarlos desde distintas perspectivas. Si había, por ejemplo, una temporada de la Filarmónica del Estado en la que conmemoraban el natalicio de Mozart o el natalicio de Bertolt Brecht, pues nosotros hablábamos de Mozart o Brecht en Querétaro. Cuando la Filarmónica de Querétaro montó La traviata, no nos limitamos a anunciar la función. Hablamos de la ópera, de intérpretes, de los coros de Querétaro, de las escuelas de bel canto, de las cantantes locales que habían interpretado una ópera completa. Buscábamos conectar aquello que estaba sucediendo en el mundo con lo que ocurría aquí, sin que ese vínculo resultara artificial.

Ese principio servía incluso frente a acontecimientos aparentemente muy lejanos. Cuando ocurrió el tsunami del sudeste asiático, supimos que había queretanos en la región. De pronto una tragedia situada al otro lado del mundo tenía nombres y vínculos próximos. Entrevistamos a quienes estaban allá y acercamos ese acontecimiento a nuestros lectores. Eso también es periodismo: encontrar la dimensión humana que permite comprender por qué algo que parece remoto también nos concierne.

Creo que en Barroco hubo además un interés sostenido por las culturas populares.

Sí. Las culturas populares me fueron conquistando poco a poco. Gran parte de las páginas de Barroco resguardan las palabras de personas que probablemente no habrían encontrado otro espacio en los medios. Hablamos de los poetas del campo que se inspiraban en las flores y las mariposas y las vacas que les acompañaban en sus amaneceres de pastor. Hicimos muchos trabajos sobre el huapango; entrevistamos a Guillermo Velázquez; buscamos a hablantes de pame en la Sierra y registramos sus rostros, sus historias, sus palabras. Trabajamos sobre las peregrinaciones en Tolimán, el levantamiento del Chimal y muchas otras expresiones muy lindas que tienen que ver con el patrimonio cultural y artístico popular queretano.

Y había algo que para nosotros era muy importante. Cuando terminaba el acto oficial y se iban las autoridades, buena parte de la prensa también se iba. Nosotros nos quedábamos con la gente. Nos quedábamos a entrevistarla, a escucharla, incluso a pasar noches de huapango con las comunidades. Intentábamos transmitir no sólo el hecho, sino también el sabor y la atmósfera y la emoción de viejitos que poseían saberes muy antiguos y que pocas veces ocupaban el centro de la cobertura periodística.

Ahí aparece una concepción muy particular de la comunidad de lectores. ¿Cómo se construye?

Con un periodismo sensible y sin la pretensión de darle lecciones al lector. Nunca quisimos decir: “Mira, lector, voy a enseñarte cómo debes apreciar esta exposición porque tú seguramente no sabes hacerlo”. El lenguaje tenía que ser muy sencillo. Los especialistas y colaboradores podían aportar su erudición, su conocimiento y sus años de experiencia; naturalmente enriquecían los temas. Pero en Barroco, como reporteros, buscábamos que el lector pudiera encontrar las cosas a ras del suelo. Creo que eso hizo fuerte al suplemento: la seguridad de que cualquier lector pudiera acceder a sus contenidos. Algo totalmente democrático para que pudieran acceder a él cualquier tipo de lectores.

En algún momento, sin embargo, ese trabajo dejó de ser únicamente periodístico y comenzó a adquirir una función documental. ¿Cuándo te diste cuenta que estabas ayudando a construir una memoria local?

¡Ay, híjole! Nunca me di cuenta. Ni siquiera me consideraba gestora cultural; de hecho, no me considero hasta el día de hoy. Pero sí entendí el pulso. Comprendí que Barroco iba a registrar para siempre muchas voces y muchos acontecimientos. Creo que lo entendí después de seis o siete años de estar editando el suplemento, y entonces cobré mayor conciencia de la importancia de abrir los temas. Un punto de quiebre fue todo el proceso relacionado con la declaratoria de los lugares de memoria y tradiciones vivas de los otomí-chichimecas de Tolimán y la Peña de Bernal. Ahí convergían patrimonio edificado, natural e intangible; había muchas voces y documentos. Publicamos materiales relacionados con el expediente de la UNESCO y esa maravilla fue la que me hizo pensar: estos temas siempre tienen que conservarse, necesitamos darles espacio.

Después ocurrió algo muy lindo. Investigadores de la UNAM, la UAQ o el INAH comenzaron a acercarse a Barroco para divulgar sus trabajos. O sea, sin habérnoslo propuesto, el suplemento se convirtió también en un órgano de divulgación. Recuerdo los artículos de Daniel Valencia (1959–2023) sobre sus investigaciones en El Cerrito. Algunos de esos hallazgos construyeron el discurso del Museo de Sitio. Cuando aparecía algo relevante, nos buscaban. Por ejemplo, cuando encontró la mariposa Alas de Obsidiana, Itzapapálotl, a la cual estaba dedicada el centro ceremonial de El Cerrito; o cuando encontraron las defensas de mamut en Huimilpan; ambos fueron acontecimientos históricos para Querétaro. 

Entonces, esta combinación de intuición por parte de los que hacíamos Barroco, y de la confianza que los investigadores depositaron en el Diario de Querétaro, a través de Barroco, amalgamó un documento sólido, muy creíble, con mucha veracidad sobre lo que sucedía en las historias, las culturas, los patrimonios y las artes de Querétaro.

Editar es abrir la puerta para que el libro se defienda

El tránsito del periódico al libro no significó para Margarita abandonar aquella educación de la mirada. Cambiaron el soporte, los ritmos y la responsabilidad institucional, pero permaneció una confianza considerable en la libertad creadora. Su experiencia en Letra Capital está atravesada por una convicción que podría parecer elemental, pero que adquiere otro peso cuando su locus enunciationis alumbra una editorial pública: una institución puede establecer criterios editoriales, pero nunca debe imponer temas a los escritores.

¿Qué cambia al pasar de editar un suplemento periodístico a trabajar en la edición desde una institución pública?

Voy a ser muy honesta. Yo he tenido una enorme fortuna: he trabajado con mucha libertad. En el Diario no me puedo quejar porque la tuve. Sergio Arturo Venegas nos repetía una máxima de un medio estadounidense: un reportero puede estar peleado con Dios si tiene el apoyo de su director. No mentíamos, ni éramos convenencieros. En ese sentido, tanto él como Mario León nos dieron absoluta libertad para escoger los temas, decidir sus alcances y profundizar hasta donde consideráramos necesario. Porque nos ganamos la confianza. En una institución tienes que comprender los límites y los marcos dentro de los cuales trabajas. Pero, cuando hablamos de literatura, hay algo evidente: no puedes controlar lo que escriben los escritores. Tú no puedes decirle a los escritores: “Tienes que escribir solamente de esto”. Te quedas sin editorial si haces eso.

En Letra Capital las convocatorias son abiertas y el tema es libre. En términos muy sencillos: escribe de lo que quieras, pero escribe bien. Nos entusiasma muchísimo cuando llega un buen libro. Hay algo muy bonito en ser de los primeros lectores de una obra reciente y pensar en la emoción del autor que la está entregando. Y te soy muy sincera: en el municipio, ni Teresa García Besné ni Daniela Salgado nos han puesto un límite en los temas que queremos publicar. Ningún tema está prohibido. Desde mi experiencia, he gozado de una enorme libertad.

Entonces, al frente de Letra Capital, ¿cómo se decide qué merece publicarse y qué merece permanecer?

Desde 2024 trabajamos mediante convocatorias. Los manuscritos son leídos por un Consejo Editorial integrado por lectores y escritores, y ellos determinan si se publican o no. Pero lo que permanece es distinto. Eso no lo decidimos nosotros ni el Consejo Editorial: lo decide el lector. Cada libro se tiene que defender solo. Si un libro es bueno, si le gustó a la gente o resonó dentro de una comunidad, él mismo te va a pedir que vuelvas a imprimirlo. Y eso no sólo sucede en Letra Capital, sucede en todas las editoriales.

Por eso es muy importante que Letra Capital esté abierta hacia lo que produce la comunidad de escritores. Desde el gobierno tenemos la responsabilidad de publicar lo que esa comunidad hace, no de forzarla ni decirle qué tiene que escribir. Los escritores deben escribir lo que quieran; nosotros debemos garantizar que esas obras encuentren la posibilidad de publicarse. Después serán los lectores los que decidan si ese libro permanece en el tiempo o no.

Sin embargo, una editorial pública tiene una tensión particular: preservar autores consolidados y, simultáneamente, abrir espacio para quienes publican por primera vez. ¿Tú cómo entiendes esa responsabilidad?

Las dos cosas son igualmente importantes. Hay que seguir apoyando la consolidación de las voces que ya tienen varios libros publicados y han hecho de la escritura un camino, pero también acompañar a quienes comienzan. Escribir puede ser un principio y puede ser un final. Como dice un cliché: escribe un libro, planta un árbol y ten un hijo. Para mucha gente, Ramsés, publicar un libro representa el logro de toda una vida. Nos llegan autores de sesenta o setenta años que, orgullosamente y con las manos temblorosas, nos entregan un manuscrito en el que han trabajado durante décadas, casi como si llevaran a un hijo recién nacido. Y también llegan muchachas de veinte años que quieren dedicarse a escribir, publican con nosotros y al año siguiente regresan con otro manuscrito. Hay una distancia enorme entre ambas experiencias, pero es el mismo horizonte: un libro puede ser el principio de una trayectoria o la culminación de una vida.

En ese sentido, definitivamente las instituciones gubernamentales que tienen un fondo editorial poseen la absoluta responsabilidad de publicar a los dos. Ahora, por ejemplo, con motivo del décimo aniversario de la muerte de Ignacio Padilla (1968–2016), estamos editando un libro suyo. Podría preguntarse por qué volver a publicar a un escritor reconocido y premiado. Precisamente por eso: porque ganó todos los premios del mundo hay que seguirlo publicando aquí en Querétaro. Al mismo tiempo, publicamos a autores jóvenes, ganadores de concursos o egresados de carreras relacionadas con la literatura que comienzan a dar a conocer sus cuentos y poemas.

Para mí, esa diversidad se expresa en el catálogo de Letra Capital. ¿Qué función cumple cada colección dentro del proyecto?

Ha sido un gozo trabajar con colecciones porque nos ha dado orden. Además, las propias obras y los autores nos han ido indicando hacia dónde debía crecer cada colección. Cajas de Agua, por ejemplo, está destinada a niñas y niños lectores, y es tan bonito construirla porque hemos publicado a niños que escriben y hemos logrado una amalgama hermosa entre escritores e ilustradores. Contrafuertes recibe a quienes publican por primera vez. No importa si se trata de una persona mayor que reúne el trabajo de toda una vida o de alguien joven que acaba de concluir sus primeros cuentos: si es su primera publicación, ahí encuentra un lugar. Andadores reúne a autores que ya cuentan con una trayectoria editorial; Acueductos trabaja con patrimonios e historias; Mascarones está dedicada a la dramaturgia, y Parca Barroca recupera la obra de autores fallecidos. Siempre hemos encontrado material para todas las colecciones. Estoy muy orgullosa de las colecciones de Letra Capital.

Creo que Mascarones parece haber generado una reflexión sobre la dramaturgia como literatura.

Sí, y eso a mí me da mucho orgullo, porque tenemos doce títulos de dramaturgia; tenemos las obras reunidas de Gerardo Mancebo del Castillo (1970–2000), que no entró en Mascarones, porque Gerardo murió, sino en Parca Barroca. ¿Sabes? Ha sido un aprendizaje para nosotros. No todo texto pensado para la escena está necesariamente listo para publicarse como literatura dramática. Hemos tenido que aprender a distinguir y a pulir ese aspecto. Editar dramaturgia implica entender que el texto publicado debe ser literario y no depender únicamente de lo escénico. Ha sido un camino muy interesante.

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La conversación sobre las colecciones conduce inevitablemente hacia otra pregunta: ¿qué sucede después de imprimir? ¿Cómo difundir la producción literaria? Para Ladrón de Guevara, la responsabilidad editorial no concluye cuando el libro deja la imprenta. Este necesita circulación, conversación y proximidad. En Letra Capital, la gratuidad de los ejemplares se ha convertido en una política de acceso, pero también en una estrategia para introducir el objeto libro en espacios domésticos donde acaso antes no estaba.

¿Cómo se construyen lectores desde una editorial pública?

Tenemos algunas estrategias muy sutiles y efectivas. Una es hacer libros relativamente breves, para que una persona que no está acostumbrada a leer no se sienta intimidada. Otra es que nuestros libros son gratuitos. Los regalamos en presentaciones, charlas y actividades. Eso no garantiza que alguien vaya a leerlos, por supuesto, pero abre una puerta. También procuramos entregar más de un libro porque queremos fomentar bibliotecas familiares. Puede haber personas que no tengan un solo libro en casa. Si asisten a un evento de Letra Capital y regresan con dos o tres, quizá los pongan juntos en un librero, junto a la cama, en la sala o incluso en la cocina. En algún momento los leerán. Tenemos una pequeña comunidad de personas que van a nuestras actividades. Ahí están siempre. Llegan, reciben los libros, vuelven después de haberlos leído, conversan con los autores y se van bien contentos con sus firmas. Se va generando un cariño por el objeto. Y hay otra parte fundamental: los autores tienen que acompañar el camino de sus libros. Deben apapacharlos un poco, ayudar a convencer al lector. Por eso procuramos que los escritores estén presentes en escuelas, museos, centros culturales, delegaciones y otros espacios. Esa cercanía funciona muy bien.

Ahí el libro deja de ser únicamente un objeto editorial y se convierte en una forma de encuentro.

Justo ese es el punto. Estamos viendo un tiempo de lo inmediato y lo efímero. Desde el teléfono puedes acceder a información, conocimiento o entretenimiento que duran no más de treinta segundos, y después decides si quieres profundizar o no. Frente a eso tenemos un objeto llamado libro, con palabras que combinadas cuentan una historia o construyen un poema. Pero además podemos llevarte a la persona que lo escribió. Es alguien que vive cerca de ti, que coincide contigo en la calle, que transita por el mismo transporte, habita la misma ciudad, nada más que él escribe y tú lees. Entonces, esa convergencia nos devuelve algo de nuestra humanidad, a lo matérico de las personas. Podemos estar frente a frente, sin una máquina de por medio, y compartir una lectura. Quizá el escritor y el lector crecieron en lugares semejantes, pero uno escribió una historia y el otro ahora la está leyendo. Así estamos generando un punto de encuentro a través del libro.

Hemos llevado libros a Colón, Ezequiel Montes, Corregidora, Tequisquiapan y otros lugares; con libros para niños y para adultos, para personas que leen mucho y para quienes casi nunca leen. Y hemos encontrado una gran avidez. El escritor también se transforma cuando se encuentra con alguien que no está habituada a ir a una librería a escoger un título y le dice directamente: “Este es mi libro. Llévatelo. Léelo”.

Algo tan tenaz como la memoria

La defensa del libro no conduce en Margarita Ladrón de Guevara a una nostalgia tecnológica. Sería fácil oponer el papel al pixel, la lectura pausada a la fugacidad digital, y convertir esa diferencia en un lamento bibliófilo. Ella prefiere reconocer la potencia de los nuevos medios y desplazar el problema hacia otro lugar: la capacidad del periodista cultural para despertar curiosidad en un entorno saturado de estímulos.

Algo semejante ocurre cuando habla de la relación entre edición pública y privada. No concibe ambos ámbitos como territorios enemigos. La editorial institucional puede abrir una primera puerta y garantizar la circulación de voces locales; pero la profesionalización del escritor exige también una economía del libro capaz de florecer y remunerar su trabajo.

¿Qué lugar debería ocupar una editorial pública frente a las editoriales comerciales e independientes? ¿Acaso competir por la atención o complementar a públicos de lectores?

En el caso particular de Letra Capital, donde los libros son gratuitos, nuestro primer papel es garantizar que aquello que escriben los autores del municipio pueda publicarse y llegar a manos de los ciudadanos. Sin embargo, creo que las editoriales públicas pueden funcionar como una antesala para las editoriales privadas. Los escritores necesitan vender sus libros. Si queremos que la literatura exista como oficio, una parte de la economía familiar tiene que poder destinarse al consumo de libros y al consumo de literatura. Y qué mejor si también se leen escritores de la región. Leer literatura regional —y eso tú lo sabes— genera un diálogo entre quienes habitan una ciudad. Yo vivo la ciudad y, al mismo tiempo, puedo leerla. Ese diálogo conforma la identidad de una sociedad. La literatura regional pervive en el tiempo. Por eso la permanencia de la literatura como oficio también necesita condiciones materiales: la posibilidad de que los autores vendan sus libros.

En ese sentido, ¿la responsabilidad de una editorial institucional rebasa entonces la publicación de títulos? ¿Crees que implica construir una memoria?

Sí, creo que es parte de la responsabilidad esencial. Una editorial pública puede construir memoria mediante documentos e investigaciones, pero también publicando ficción escrita por autores locales. La ficción produce memoria porque establece un diálogo entre la literatura, la ciudad y quienes la habitan. Vivir un entorno y después leerlo también es crear memoria. Por eso creo que una de las responsabilidades de las editoriales públicas es crear memoria, totalmente.

Esa tarea ocurre hoy en un ecosistema muy distinto al que existía cuando comenzó Barroco. Han cambiado los medios, han desaparecido algunos suplementos y han aparecido nuevos medios. Las plataformas digitales han transformado nuestra relación con la información. ¿Qué crees que hemos ganado y qué hemos perdido en esta transición?

Creo que hemos perdido tiempo de atención. Una persona puede interesarse por un tema, leerlo, escucharlo o verlo en TikTok treinta segundos y pasar inmediatamente al siguiente. Pero pienso que hemos ganado más de lo que hemos perdido. Ahora puedes meterle audio, imagen y video; trasladarte de un lugar a otro y contarlo casi inmediatamente. Es una enorme herramienta. Si tuviera tiempo, yo misma me haría tiktoker y me metería a las catacumbas del Museo Regional, y lo haría además feliz de la vida (Risas). A través de Querétaro Springfield lo hice escribiendo crónicas, no tenía hijos, pero ahora lo haría. El reto es qué tan ingeniosos podemos ser para conservar la atención de una persona que tiene ochocientas mil opciones enfrente y decide quedarse a ver la nuestra.

¿Qué les dirías, entonces, a las nuevas generaciones que comienzan y quieren dedicarse al periodismo cultural?

Primero, que se diviertan. Que disfruten y se la pasen bien. Yo he sido muy feliz haciendo periodismo cultural y también soy muy feliz trabajando en Letra Capital. Si no les gusta, que no lo hagan como una obligación. Pero también tienen que prepararse. Necesitan cultura general, desde la cultura popular hasta la alta cultura. Hay que haber leído clásicos, visto películas, escuchado música, conocer cosas. Y sobre todo hay que saber de aquello que nos gusta. Si tu cantante favorita es Shakira, tienes que conocer sus discos. Tienes que saber de lo que te gusta.

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Tal vez allí se encuentre una de las claves menos solemnes y, por ello, más convincentes de su concepción de la cultura. No se trata de acumular referencias para exhibirlas ante el lector ni de convertir la erudición en una limitante que determine quién merece entrar en una conversación. Se trata de cultivar la curiosidad con suficiente seriedad como para seguir preguntando.

Al final de la charla propongo a Margarita un juego de asociación libre, cuya única regla es responder con la primera palabra que llegue a su mente. Las respuestas llegan casi sin vacilación.

Periodismo: Felicidad.

Entrevista: Reto.

Querétaro: Hogar.

Museo: Magia.

Infancia: Alegría.

Escritura: Gozo.

Patrimonio: Conocimiento.

Felicidad: Mucha.

Epílogo

Las palabras terminan componiendo, involuntariamente, una suerte de autorretrato. Después de años de reportear, entrevistar, editar suplementos, acompañar libros y recorrer los pliegues tan plurales de la cultura en Querétaro, el oficio parece conservar para ella algo de asombro por el mundo.

Quizá eso explique también la continuidad entre la reportera que permanecía en una comunidad cuando las autoridades y otros periodistas ya se habían marchado, la editora que se entusiasma al recibir un manuscrito desconocido y la promotora que lleva libros hasta lectores que no suelen frecuentar una librería. En los tres casos existe el mismo movimiento: quedarse un poco más, mirar con atención y acercar una voz a otra.

Porque cultivar las artes y las humanidades acaso comience precisamente allí: no en la solemnidad de quien presume saber, sino en la disposición de quien todavía considera que otra persona, otro libro, otra historia u otra tradición que sobrevive en los arrabales tienen algo que merece ser escuchado. Y si me equivoco que me corrijan…