Viaje a la Nueva Atlántida

¿Puedes imaginar cómo vivirán los seres humanos dentro de doscientos años? La respuesta no es tan sencilla si tenemos en cuenta que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaron la luna en 1969, apenas sesenta y tres años después de que los hermanos Wright inventaron el avión; que Konrad Zuse inventa la Z1, la primera computadora, en 1936. Menos de cien años han pasado y hoy tenemos teléfonos que “hablan” o bots que se “comunican” con nosotros en páginas de internet. Ahora pensemos en la serie de televisión Black Mirror. Cada capítulo parece estar a la vuelta de la esquina. Hay mucho del presente en los relatos que nos presentan, lo que hace de sus proyecciones algo muy cercano. Incluso podemos preguntar ¿crees que existirán seres humanos en cien años? ¿o será otra criatura con una consciencia similar a la nuestra la que derive de lo que hoy somos (o por encima de nosotros)? Es decir, la técnica logra superarse cada día con mayor rapidez, avanza como un tren bala que vuelve impredecible lo que encontraremos en las estaciones más remotas.
Señalemos algo referente a este tipo de preguntas: aquello que logremos imaginar no pertenece al campo de lo actual, es decir, aún no está aquí. Lo que proyectemos es ficción, y si esto es acompañado de una transformación en y por la técnica, entonces es ciencia-ficción.
Isaac Asimov dice que la ciencia-ficción es un viaje; imaginar un relato situado en el futuro supone un desplazamiento en el tiempo a manera de una excursión. El primero en realizar esto, para Asimov, es Julio Verne. Sus aventuras son el paradigma del género y su particularidad es que son llevadas a cabo por medio de aparatos tecnológicos planteados a partir de los avances de la ciencia de su época. Entonces, tenemos que los relatos de ciencia ficción para Asimov son “viajes extraordinarios a cualquiera de los futuros concebibles”.
A la definición de Asimov le hace falta dar cuenta de por qué hacemos ese viaje. Estas preguntas se formulan gracias a dos aspectos, mismos que son propios de una subjetividad moderna. El primero de éstos es que concebimos un futuro, es decir, podemos pensar que la forma de vida actual se modificará substancialmente con el paso de los años, lo que constituye una diferencia entre un antes y un después; y segundo, pensamos que la transformación de esta vida se deberá al uso y perfeccionamiento de la técnica por obra de la ciencia. Esto como tal, no supone un progreso hacia algo mejor o peor, sino sólo una temporalidad marcada por la ruptura y la continuidad.
Con ello queremos proponer, aventuradamente, un inicio más remoto que el marcado por Asimov a la ciencia-ficción y que se sincroniza con el inicio de la modernidad. En el año de 1626, el inglés Francis Bacon (1561-1626) publica La Nueva Atlántida, relato narrado en primera persona que cuenta el afortunado encuentro de unos marineros perdidos en el océano Pacífico con el país de Bensalem, situado en una isla. A su llegada son bien recibidos bajo la condición de profesar la fe cristiana; se les proporciona asilo, comida y atención médica para sus enfermos. Los marineros desconocen por completo el lugar en el que se encuentran; pero sus anfitriones tienen bien claro lo que sucede en el resto del mundo gracias a un sistema de espionaje sofisticado, el cual les ha permitido extraer saberes de otras regiones, mismos que son estudiados en la Casa de Salomón.
Bacon ha imaginado que la sociedad perfecta debe construirse sobre el saber científico, de manera que la institución principal de Bensalem es la Casa de Salomón. En ella se organiza el desarrollo científico y tecnológico que hace posible la vida en la isla. Ésta se nos describe como un organismo con una división jerárquica del trabajo y que cuenta con instalaciones adecuadas para llevar a cabo diversos experimentos. Hay laboratorios subterráneos o aéreos en donde se producen minerales, especies animales o aguas para varios propósitos en manantiales artificiales. También cuentan con salones en los que se estudian los fenómenos meteorológicos y se reproducen tormentas, lluvias, fuertes vientos, para entenderlos mejor. Manipulan el alimento para que sea más nutritivo y abundante. Experimentan con animales para provecho de la medicina aplicada a seres humanos; logran reactivar el funcionamiento de órganos enfermos, o bien, paralizarlos; poseen gran cantidad de drogas. También fabrican nuevos materiales y telas, cuyas propiedades dependen de los usos a los que serán sometidos; diseñan y construyen máquinas para facilitar el trabajo o para transporte. Cuentan con aparatos ópticos para observar fenómenos distantes o microscópicos. En suma, en la Casa de Salomón se desarrolla el conocimiento de la naturaleza para el provecho humano en sus implicaciones prácticas. La Nueva Atlántida concluye tras la descripción de las funciones de la Casa de Salomón y se presenta como un relato incompleto.
Puede resultarnos familiar lo que Bacon nos cuenta y eso es lo sorprendente. Hoy nos es habitual comer alimentos modificados para brindarnos una mayor cantidad de nutrientes, utilizar aparatos para comunicarnos a distancia o guardad información; nos es cotidiano consumir medicamentos que nos ayudan a prevenir enfermedades o curar padecimientos, o bien, enterarnos del trasplante de un órgano creado en un laboratorio, de una persona invidente que recobra la vista; nos es imposible llevar nuestra vida sin satélites artificiales y realizar trabajos sin el apoyo de una máquina o robot. Vivimos en un mundo que fue planeado hace cuatrocientos años, y para seguir a Asimov, hagamos hincapié en que éste comenzó en un relato de viajes.
Bacon introduce un proyecto en el que la vida debe ser transformada por el saber científico; éste tiene el propósito de ser puesto en práctica, fuera de esto, la ciencia no tiene sentido para el inglés. ¿Por qué? Porque para él la ciencia de su época era inútil; esa inutilidad era el síntoma de que el saber que suponía sostener no existía realmente. Según Bacon, el conocimiento es el poder de modificar la vida por medio de la transformación de la naturaleza. Para llegar a eso, hace falta desechar la tradición (la física aristotélica).
De esta manera la ruptura con el pasado forja la temporalidad moderna, una ruptura constante por medio de las negaciones del tiempo presente; pero esta ruptura no es total, también hay continuidad. Con ello tenemos la idea del progreso que puede tener su vertiente optimista, como la de Bacon, o pesimista, como la de Benjamin, pero a fin de cuentas, ya sea que el progreso nos lleve a una mejor versión de la humanidad o a la decadencia de las virtudes, es una línea del tiempo que se compone de rupturas y continuidades. Pensar el futuro como producto de la acción humana, y propiamente hablando, de la técnica, es posible por esa temporalidad moderna.
Esto supone abandonar la casa de nuestros ancestros, aquella en la que, si bien incómodos, nos sentíamos seguros. Nos convertimos de esta forma en viajeros errantes que construyen moradas temporales que se guardan para continuar vagando en el espacio de las posibilidades humanas; porque ante todo, ese es el universo por el que transitamos. El abismo nos devuelve una imagen como el fondo negro de un ojo en el que nos reflejamos, la cual puede mostrarnos una ciudad hermosa como Bensalem, o el rostro desproporcionado que la confianza en la técnica ha hecho de nosotros. Ese abismo, como la lente de Hal 9000, que nos niega el regreso a un lugar seguro, ¡pues no hay tal!
Esta columna tiene el propósito de realizar ese viaje montados en la nave que han construido la ficción, la ciencia y la filosofía, para explorar el inconmensurable universo humano. Esperamos no perdernos en la obscuridad de una pupila robótica (que hoy se encuentra en cada computadora).
Déjanos un comentario