Recuerdos perros - MilMesetas

Por la senda del “ya voy”

Perro…

Dale prestados tus ojos al hombre

Para que mire con tu tristeza

Briceida Cuevas Cob 

Cuando murió el primero de mis hermanos, mi mamá me regaló un perrito. Preocupada quizá por mi repentina situación de “hija única”, pensó que un cachorro me brindaría compañía. No se equivocó.  Pelucho y yo nos volvimos inseparables y, efectivamente, sin él, mi infancia habría sido terriblemente solitaria. Le pusimos ese nombre porque era un gran manojo de pelo café, en palabras del veterinario: “una rara mezcla de chow chow con maltés”; sin embargo nunca logramos verle forma ni de lo uno ni de lo otro. Era de talla mediana, por lo que su gran bravura no correspondía a su tamaño, no era violento con las personas; pero gustoso le entraba a las mordidas con los perros más grandes que se cruzaban en su camino, no así con los pequeños, con quienes era cariñoso y tierno. Le gustaba dar paseos vespertinos, de los que solía llegar agitado, pues tenía por costumbre ir en busca de un enorme perro que se había convertido en su enemigo, nunca entendimos por qué se tenían tanta aversión; pero a consecuencia de la misma, comenzamos a ver también con recelo al dueño de tan horrible can.

Vivió muchos años, cuando rondaba los 16 tuvimos que sacrificarlo, su cuerpo ya no soportaba seguir luchando con el tumor que le carcomía su espalda baja. Su muerte y agonía fueron tan dolorosas que, el día que lo incineramos, mi mamá declaró jamás volver a tener animales dentro de casa. Por supuesto esto no ocurrió y a los pocos días, llegó entusiasmada con un pequeño perrito pinto que vivió a nuestro lado mucho tiempo.

Xavier Dosil, Enero 2021
Xavier Dosil, Enero 2021

Si echo una mirada al pasado, no encuentro momentos sin Pelucho. Fue tan honda su huella que puedo traer a la memoria anécdotas previas a su llegada e, incluso en ellas, está presente. No era parte de nuestra familia cuando yo llegaba del preescolar, sin embargo, si cierro los ojos, me veo con mi uniforme corriendo a casa al lado de mi peludo compañero. Lo veo lamiéndome las manos cuando, teniendo yo tan sólo tres años, nos informaron que mi hermano tenía una enfermedad mortal. Lo veo sentado en mi regazo en las tristes tardes, cuando sola en casa, esperaba que mis padres y mi hermano llegaran del hospital. Sé que estos recuerdos son imposibles, Pelucho ni siquiera había nacido cuando todo esto ocurrió y a veces me entretengo por horas pensando cómo llegó a ellos. No tomo por falsas mis evocaciones, despiertan emociones tan vivas, tan significativas, que las acojo y las alimento continuamente. Pelucho habita mi historia personal, lo dejo que ronde libremente en ella como cuando era pequeño y corría ruidosamente por toda la casa, haciendo suyos todos los rincones, soltando pelo y baba en cada habitación, mirándonos en cada pasada; con esa mirada profunda y sentida que tienen los perros. Dorothy Parker dice ver en ellos “tanta fe dentro de unos ojos”. Suelen ser enormemente transparentes, pero ya sea alegres, inquietos, enfadados o adoloridos, esos ojos siempre transpiran esperanza. Ensimismados en nuestras propias emociones, tal vez hemos dejado de ver a los perros a los ojos, es una lástima, todos necesitamos un poco de fe, todos merecemos la promesa que encierra esa mirada.

Xavier Dosil, Septiembre 2020.
Xavier Dosil, Septiembre 2020.

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