Jennifer Voutssás Lara: preservar la infodiversidad en la era digital - MilMesetas

Introducción

La historia de Jennifer Voutssás Lara podría contarse como una sucesión de tecnologías: catálogos en línea, repositorios institucionales, archivos digitales, bibliotecas virtuales, depósito legal digital, datos abiertos e inteligencia artificial. Pero reducirla a una cronología tecnológica sería perder lo más interesante de su trayectoria. Lo que aparece detrás de esos cambios es una pregunta mucho más antigua: qué hacemos con la información cuando una sociedad decide que merece ser conservada, organizada y puesta a disposición de otros.

Doctora en Bibliotecología y Estudios de la Información por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Voutssás Lara ha transitado por espacios muy distintos del campo profesional. Trabajó en EBSCO, participó en proyectos de digitalización en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), colaboró en la política de Ciencia Abierta impulsada por el entonces CONACYT y actualmente se labora en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información de la UNAM.

Su trayectoria tiene, además, una peculiaridad familiar. Su primer acercamiento a la bibliotecología ocurrió a través de su padre, Juan Voutssás Márquez, reconocido especialista en tecnologías de la información y bibliotecas digitales. Pero aquella influencia inicial no determinó de manera automática una carrera. Antes de elegir bibliotecología, Voutssás Lara dudaba entre letras, historia y otras disciplinas de humanidades.

Fue una lectura (¡Tolle, lege!) la que terminó inclinando la balanza. Su padre le presentó este texto sobre la bibliotecología como disciplina, escrito para inspirar a nuevas generaciones de profesionales. Aquella lectura hizo visible una profesión que, desde fuera, podía parecer reducida a ordenar libros, pero que desde dentro revelaba algo mucho más complejo: la organización de la información y la transformación de sus soportes.

Desde entonces, Voutssás Lara ha vivido buena parte de esa transformación. Le tocó observar cómo internet llegó a su casa, cómo aparecieron los primeros catálogos en línea, cómo cambiaron las formas de adquirir publicaciones y cómo la digitalización comenzó a modificar el funcionamiento de bibliotecas y archivos. Más tarde, ya como profesional, participaría en proyectos que la llevarían de la biblioteca a los archivos y de éstos a las políticas públicas de información en México.

Su recorrido permite observar una disciplina que ha tenido que aprender a moverse con rapidez entre mundos que antes parecían separados. Y quizá por eso, cuando habla del futuro de las bibliotecas, su reflexión termina por llevarla hasta Jorge Luis Borges: la gran biblioteca universal, la Biblioteca de Babel, ya no parece una utopía tecnológica. Quizá tampoco sería deseable.

Una vocación entre libros y máquinas

Voutssás Lara creció cerca de la bibliotecología, pero su primer vínculo no fue necesariamente con la biblioteca tradicional, sino con la tecnología aplicada a ella. Su padre, Juan Voutssás Márquez, desarrolló buena parte de su carrera alrededor de la automatización y la organización tecnológica de la información. Voutssás Lara recuerda haber visitado su oficina, haberlo acompañado en eventos relacionados con el mundo del libro y haber visto de cerca el desarrollo de los primeros catálogos en línea. Era una época en la que internet todavía estaba lejos de convertirse en la infraestructura tan cotidiana y potente que hoy conocemos.

«A mí me tocó mucho el acercamiento con él desde la tecnología y cómo se organizaba la información desde la tecnología».

Esa experiencia familiar no fue solamente una influencia profesional. También le permitió observar una transformación que para otras generaciones ocurrió más tarde y de manera abrupta: la transición de la información impresa hacia sistemas digitales. Vio aparecer los primeros equipos personales, los catálogos en línea y los cambios en los modelos de adquisición de publicaciones. Más adelante, durante su paso por EBSCO, pudo conocer desde dentro las grandes operaciones de adquisición de revistas académicas para instituciones como la UNAM y la UAM.

Con el tiempo, esa experiencia le permitió comprender que la tecnología no era un añadido a la bibliotecología. Estaba modificando su objeto de trabajo. La información dejó de presentarse solamente como libro, revista o documento físico. Comenzó a convertirse en bases de datos, objetos digitales, repositorios, archivos electrónicos y, posteriormente, en una multiplicidad de formatos cuya conservación requiere decisiones técnicas y políticas cada vez más complicadas y sutiles. La trayectoria de Voutssás Lara se desarrollaría precisamente en ese territorio.

Uno de los momentos decisivos de su carrera ocurrió cuando llegó al Tribunal Electoral. El contexto era particularmente complejo. La legislación mexicana sobre transparencia y acceso a la información había comenzado a transformar las obligaciones de las instituciones públicas y, algunos años después, la organización de archivos adquirió una relevancia mucho mayor. Para muchos profesionales de la información, aquello significó entrar en un terreno para el que no habían recibido una formación específica.

«Como bibliotecóloga no tenía esta formación de archivos en absoluto».

El problema no era simplemente aprender nuevas técnicas, pues la lógica misma del trabajo comenzaba a cambiar. El bibliotecólogo estaba acostumbrado a organizar colecciones, responder necesidades de usuarios y brindar servicios. La gestión de archivos públicos introducía otra dimensión: documentos vinculados con la actividad institucional, obligaciones jurídicas, transparencia y derechos ciudadanos. La información dejaba de ser solamente un recurso para el usuario. También se convertía en evidencia.

En el Tribunal Electoral, Voutssás Lara participó en proyectos de digitalización que incluían el archivo judicial y otros corpus documentales. Pero el reto mayor no consistió únicamente en digitalizar documentos. Fue necesario crear un área capaz de desarrollar esa tarea y, posteriormente, reconocer que una sola área no podía resolver las necesidades de digitalización de toda la institución.

La solución fue formar a las distintas áreas para que pudieran desarrollar sus propios repositorios. Primero se digitalizaron documentos y después se construyeron capacidades. Finalmente apareció una pregunta más compleja: cómo hacer que esas estructuras respondieran no solamente a las necesidades internas de la institución, sino también a aquellas que tenían una relación directa con la ciudadanía. La experiencia en el Tribunal Electoral terminaría convirtiéndose en el detonante de su formación de posgrado.

La experiencia antes que la teoría

Voutssás Lara cuenta que fue precisamente aquella experiencia profesional la que la llevó a realizar una maestría. No fue primero la investigación y después la práctica. Fue al revés.

«Mi experiencia fue la que me inspiró en mis investigaciones, más que mis investigaciones inspiraron a mi experiencia».

La distinción es reveladora porque describe también una generación de profesionales de la información que tuvo que formarse mientras los límites entre bibliotecología, archivos y tecnologías comenzaban a desdibujarse.

Cuando inició sus estudios de posgrado, tampoco existía una formación archivística suficientemente desarrollada dentro de su campo. La necesidad de comprender aquel nuevo escenario llevó al Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información —entonces Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas— a convocar especialistas de otras áreas.

Llegaron archivistas, especialistas en derecho y acceso a la información, representantes de organismos internacionales y profesionales vinculados con la International Council on Archives (ICA). El resultado fue una formación necesariamente interdisciplinaria. La archivística ya no podía entenderse como un asunto exclusivamente técnico o procedimental. Había que comprender el derecho de acceso a la información, las obligaciones institucionales, la transparencia y las transformaciones tecnológicas que estaban modificando la producción y conservación documental.

Aquella experiencia terminó orientando sus investigaciones hacia los archivos y las políticas de información. Pero también dejó una lección reiterada en la entrevista: las políticas de información no pueden quedarse en los libros ni en las aulas, tienen que llegar a las instituciones.

De la política de información a la política pública

Voutssás Lara considera que uno de los problemas de la profesión consiste en mirar las políticas de información como una especialidad académica, cuando en realidad constituyen un instrumento para intervenir en la vida pública. La diferencia parece pequeña, pero tiene consecuencias importantes. Estudiar una política de información no es lo mismo que participar en su construcción.

Para lo segundo, dice, el profesional necesita comprender cómo funcionan las políticas públicas, cómo se toman decisiones gubernamentales y cómo se traduce una necesidad documental en una norma o programa institucional.

Encuentro de Bibliotecarios en la Universidad Autónoma de Chapingo, 2016. Cortesía de Jennifer Voutssás.

Su participación en la política de Ciencia Abierta impulsada por CONACYT le permitió observar precisamente ese proceso. Los bibliotecólogos participaron en la consolidación de una política orientada a fortalecer los repositorios institucionales en universidades y centros públicos de investigación. Para Voutssás Lara, esa experiencia muestra un camino que los profesionales de la información todavía tienen que explorar mucho más.

«El bibliotecólogo se tiene que especializar en la cuestión de políticas públicas para poder hacer propuestas formales».

En este sentido, el campo no termina en los repositorios académicos, incluye archivos, datos abiertos, datos privados, privacidad, ética, transparencia y temas aledaños.  El profesional de la información, en su perspectiva, debe «meter la cuchara» en la discusión pública. No como un invitado ocasional, sino como especialista.

Lo anterior por una idea que recorre buena parte de la conversación: la información no se organiza sola. La tecnología puede ofrecer herramientas extraordinarias para almacenar, recuperar y distribuir documentos, pero no determina por sí misma qué debe conservarse, quién puede acceder, durante cuánto tiempo debe mantenerse disponible o bajo qué principios debe utilizarse. Esas son decisiones políticas. Y cuando la información pertenece a instituciones públicas, esas decisiones tienen además consecuencias ciudadanas.

De ahí el interés de Voutssás Lara por las políticas de información. Pues la organización documental, la privacidad, la transparencia y el acceso forman parte de un mismo ecosistema. En este punto, la trayectoria que comenzó con la digitalización de archivos en el Tribunal Electoral encuentra una continuidad con sus investigaciones actuales: ¿quién decide qué información se conserva y bajo qué condiciones?

La Biblioteca de Babel no es el futuro

Actualmente, la Dra. Voutssás Lara trabaja en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información (IIBI) de la UNAM. Una de sus investigaciones anteriores estuvo dedicada al depósito legal digital y ahora estudia los servicios y colecciones desde una perspectiva de patrimonio documental. El cambio de perspectiva es significativo. Tradicionalmente, pensamos las bibliotecas a partir de su naturaleza institucional: nacionales, públicas, universitarias, especializadas. Voutssás Lara propone mirarlas también desde el patrimonio.

Eso implica preguntar qué valor tiene una colección, por qué debería conservarse y cómo puede establecerse una relación entre preservación y acceso. Porque conservar no significa simplemente almacenar. Una colección que nadie consulta corre el riesgo de convertirse en una especie de patrimonio mudo. La pregunta se vuelve todavía más urgente cuando se trata de información digital.

Hoy no existe un único tipo de documento. Hay páginas web, bases de datos, fotografías, música, videos, revistas electrónicas, repositorios y objetos digitales que requieren diferentes condiciones de preservación. Por eso Voutssás Lara considera que la biblioteca del siglo XXI tendrá que modificar también su manera de pensar las colecciones. Ya no se trata necesariamente de concentrarlo todo en un mismo sitio.

Aquí aparece una de las imágenes más sugerentes de la conversación. Durante siglos, la biblioteca universal ha funcionado como una fantasía cultural: un lugar donde todo el conocimiento humano pudiera encontrarse reunido. Internet pareció acercarnos a ella. La inteligencia artificial (IA) parece querer terminar de construirla. Pero Voutssás Lara no está convencida de que sea una buena idea. Por ejemplo, las bibliotecas nacionales enfrentan una faena prácticamente imposible cuando se les pide conservar todo lo producido en un país. Los presupuestos son limitados y los objetos digitales son cada vez más numerosos y complejos. Guardar un archivo digital puede implicar conservar no solamente el archivo, sino también el software, los metadatos, los formatos y otros elementos necesarios para interpretarlo en el futuro.

La respuesta que propone es provocadora: descentralizar el almacenamiento (no necesariamente la organización). Para compartir datos, interoperar y construir sistemas comunes, la información necesita estándares y estructuras compatibles. Pero almacenar todo en una única institución puede ser inviable. Voutssás Lara imagina, en cambio, una red de instituciones especializadas en distintos tipos de patrimonio. Una biblioteca puede concentrar patrimonio audiovisual; otra, música; otra, publicaciones periódicas.

«Las bibliotecas nos van a regalar esa diversidad de información».

Es una defensa de la infodiversidad frente a la concentración y una crítica implícita a la fantasía tecnológica de que una sola plataforma puede contenerlo todo. La Biblioteca de Babel —a veces tan idealizada—, en ese sentido, no sería solamente difícil de construir, sino también sería empobrecedora.

Preservar no basta

La preservación digital conduce inevitablemente a otro problema: la desinformación. Si una biblioteca conserva un documento falso, ¿está preservando conocimiento o preservando una parte de la historia? La respuesta no es sencilla. Voutssás Lara introduce aquí una distinción fundamental: la preservación debe mantener un vínculo con la difusión. Un documento que existe, pero no es conocido, consultado o comprendido corre el riesgo de perder su significado social.

Congreso Internacional de la IFLA (WLIC) en Atenas, 2018. Cortesía de Jennifer Voutssás.

Su reflexión recupera una idea atribuida a la UNESCO sobre el patrimonio: aquello que no se conoce ni se consulta puede terminar perdiendo el vínculo con la sociedad. Para Voutssás Lara, el patrimonio no consiste únicamente en conservar, también consiste en generar una relación entre las personas y aquello que se conserva. La información tiene valor histórico, social y simbólico. Pero ese valor necesita ser transmitido, socializado y apropiado.

De ahí su preocupación por la manera en que la IA modifica nuestra relación con los documentos. No rechaza la tecnología. De hecho, la utiliza. Lo que cuestiona es la forma en que las grandes corporaciones absorben información sin que estén resueltos todos los problemas relacionados con derechos de autor, identidad, cultura y ética.

«Lo que a mí no me gusta es la falta de ética de estas grandes corporaciones que lo que hacen es que absorben la información sin respeto a los derechos de autor».

Su preocupación no es solamente jurídica, sino también cultural. Cuando una máquina convierte una diversidad de voces y documentos en una respuesta uniforme, puede producir una pérdida de contexto. La información continúa circulando, pero quizá perdemos algo de aquello que la hacía significativa.

El libro todavía tiene valor

Por eso Voutssás Lara insiste en defender la biblioteca física, incluso mientras estudia las bibliotecas digitales. Sin embargo, no se trata de una mirada nostálgica. Hay información que no puede comprenderse únicamente a partir de su contenido textual. Un libro también tiene una historia material: dónde fue impreso, cuándo, cómo, con qué características físicas, quién lo poseyó y qué marcas dejó en él el paso del tiempo.

En la Biblioteca Nacional de México, recuerda, los investigadores pueden estudiar las llamadas marcas de fuego presentes en libros de los siglos XVII y XVIII. Ese detalle físico forma parte de la historia. Una reproducción digital puede permitirnos leer el texto, pero no necesariamente transmite todo aquello que significa el objeto.

Por eso su defensa de las bibliotecas físicas no significa oposición a las digitales. Al contrario, las bibliotecas digitales son, en su perspectiva, una extensión, mas no una sustitución. La tensión entre ambos mundos constituye uno de los grandes problemas de la bibliotecología contemporánea: cómo aprovechar la capacidad de acceso que ofrece lo digital sin perder la dimensión material, histórica y cultural de las colecciones.

La respuesta sigue en construcción. Y Voutssás Lara reconoce que es un reto nuevo.

Las comunidades deben producir su patrimonio

La discusión sobre patrimonio conduce a otra de sus preocupaciones: la inclusión. En su investigación sobre depósito legal digital identificó una ausencia significativa: las políticas existentes no contemplan suficientemente las lenguas originarias de México. Eso significa que una política de preservación puede conservar una parte importante de la producción documental del país y, al mismo tiempo, dejar fuera expresiones lingüísticas y culturales fundamentales.

La solución que imagina no consiste solamente en traducir o incorporar obras producidas en otras lenguas, sino también implica cambiar la dirección del proceso. Las comunidades pueden producir sus propios contenidos. Pueden construir sus propias bibliotecas. Pueden decidir qué consideran patrimonio y qué quieren transmitir a las generaciones futuras.

La biblioteca deja entonces de ser una institución ofrece libros a una comunidad. Puede convertirse en un espacio donde la propia comunidad construye memoria. Porque el patrimonio no está compuesto exclusivamente por documentos escritos, también incluye lengua, danza, comida, rituales y otras expresiones culturales.

En esta tesitura, la tarea del profesional de la información consiste, en parte, en ayudar a que esas expresiones encuentren formas de documentación, organización, preservación y difusión. Es una manera distinta de entender la inclusión: no solamente permitir el acceso a una colección existente, sino permitir que nuevas comunidades participen en su construcción.

El futuro puede estar en la especialización

La transformación tecnológica también está modificando la identidad profesional. Para las nuevas generaciones, Voutssás Lara tiene un consejo que se aleja de la idea de que todos deben saber hacer de todo. Es mejor especializarse.

La diversificación de los objetos informativos está abriendo nuevos campos de trabajo. La información puede aparecer como imagen, música, datos, video, documentos digitales y otros formatos que requieren conocimientos específicos. Ella misma reconoce que, aunque se ha especializado en archivos, todavía observa necesidades importantes en áreas como el análisis y descripción de imágenes.

La especialización no significa fragmentar la disciplina. Significa reconocer que la información se ha vuelto demasiado diversa para que un solo profesional pueda dominar todas sus manifestaciones.

«Si hay un objeto en particular que les guste más, pues que lo tomen y se especialicen en él».

Y hay algo más: no tener miedo de abrir caminos que todavía no están completamente construidos. La profesión, en buena medida, consiste precisamente en eso. Si nadie está organizando un tipo de información, quizá allí exista una oportunidad.

El futuro no será una sola biblioteca

El itinerario de Jennifer Voutssás Lara comenzó observando la tecnología dentro del trabajo bibliotecario y ha terminado conduciéndola hacia una pregunta sobre el patrimonio. Entre ambos extremos hay repositorios, archivos, políticas públicas, ciencia abierta, digitalización y depósito legal. Podría parecer una trayectoria dispersa. En realidad, tiene un hilo conductor bastante claro: la organización y preservación de la información como una responsabilidad social.

Eso explica también su desconfianza ante la idea de una plataforma capaz de reunirlo todo. El futuro de las bibliotecas, sostiene, no necesariamente consiste en construir una biblioteca universal. Puede consistir en construir muchas bibliotecas capaces de preservar diferentes fragmentos de la memoria colectiva y conectarlas mediante sistemas que permitan compartir información. La organización puede ser interoperable y el patrimonio puede permanecer diverso. Pero no tiene por qué homogeneizarse.

Quizá ésta sea una de las lecciones bibliotecológicas más importantes de su conversación. Frente a una época que tiende a concentrar información en unas cuantas plataformas, la biblioteca puede defender precisamente lo contrario: la existencia de múltiples colecciones, múltiples memorias y múltiples formas de entender un documento.

No todo necesita estar en el mismo lugar para formar parte de un mismo patrimonio.

Epílogo

Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes están a punto de entrar al mercado laboral, Voutssás Lara no habla primero de conseguir empleo. Habla de curiosidad, de buscar aquello que todavía no está suficientemente estudiado. Habla de saber identificar objetos informativos que requieren especialistas. Habla de no tener miedo de construir una línea profesional allí donde todavía parece haber un vacío.

La bibliotecología, dice, conserva una responsabilidad fundamental: organizar y difundir información. Pero esa responsabilidad tiene hoy muchas formas. Puede ocurrir en un archivo judicial, en un repositorio universitario, en una biblioteca digital, en una colección patrimonial, en una política pública o en la descripción de una imagen que todavía nadie aborda.

La tecnología ha multiplicado los objetos y las preguntas. Y en medio de esa expansión aparece una tarea que parece sencilla pero que se vuelve cada vez más difícil: decidir qué merece ser conservado, cómo debe conservarse y para quién. Es una cuestión muy ardua que requerirá, en cierta medida, de una sensibilización filosófica por parte del profesional de la información.

Jennifer Voutssás Lara comenzó viendo cómo los catálogos se transformaban frente a sus ojos. Después aprendió que digitalizar un archivo no significaba solamente convertir papel en píxeles; implicaba crear estructuras, formar personas y responder a nuevas obligaciones institucionales. Más tarde descubrió que las políticas de información solamente adquieren sentido cuando consiguen intervenir en la esfera pública.

Ahora estudia el patrimonio y desde ahí observa el futuro. No parece imaginar una biblioteca que desaparece bajo el peso de la tecnología. Tampoco una IA que sustituya la diversidad de las colecciones. Su concepción es menos espectacular y, quizá por ello, más interesante: muchas instituciones, muchos patrimonios, muchos objetos, conectados entre sí, pero capaces de conservar sus diferencias.

La gran Biblioteca de Babel podría no estar esperándonos al final del camino. Y quizá sea una buena noticia. Porque si toda la información terminara reunida en un único lugar, quizá ganaríamos eficiencia y perderíamos memoria.

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Notas del autor: esta entrevista fue realizada con el apoyo de José Antonio Camacho Ramírez, prestador de servicio social de la Asociación Interdisciplinaria para el Estudio de la Historia de México (AIEHMEX). Asimismo, este texto fue revisado con asistencia de herramientas de inteligencia artificial generativa (ChatGPT Luna) para efectos de corrección y coherencia editorial. El contenido fue redactado por el autor.