Preferiría no hacerlo - MilMesetas

Siempre he sido malo para hacer algunas cosas que tengo que hacer. Al menos para hacerlas de la forma en que tengo que hacerlas. A algunos les gana la torpeza o la desidia, pero en mi caso, la irresponsabilidad puede ser una forma cínica de resistencia. Una crítica cotidiana y un poco enfermiza hacia la imposición. Y sí, acabo por cumplir “correctamente” con mis deberes, pero suelo trabajar medio a disgusto, con ciertas omisiones y, casi siempre, a destiempo. 

Confieso que no me gustan las técnicas ni los algoritmos, que soy pésimo para razonar o actuar sistemáticamente, y que, cada vez que me dicen que algo debe realizarse de un modo determinado, ya estoy pensando cómo trastocar o hackear esa encomienda. Porque, si los métodos provienen del griego méthodos (μέθοδος) que significa “el camino hacia la meta”, el método no me va bien. Busco siempre abrir y desandar los caminos, como el paseante que se detiene con arbitrariedad o da vueltas sin ton ni son. 

Edward Hopper, 1927. Automat. Des Moines Art Center, Iowa.

Es curioso: soy profesor de Metodología de la Investigación. Pero a mis estudiantes termino diciéndoles que desentrañar la realidad jamás es como lo pintan. Nada es lineal, sino iterativo; abigarrado. No hay dos ramas ni dos pájaros exactamente idénticos; así de indescifrable es el lenguaje de la naturaleza. Asumir que existen modos para hacer las cosas va de la mano de la virtud, y no pretendo lanzar aquí una defensa nihilista ni convertir el valemadrismo en una declaración de principios. Aun así, no puedo dejar de relacionar las recetas más infranqueables con los fascismos, el colonialismo, los fundamentalismos o cualquier otro ensamblaje de vigilancia. Y para mi desgracia, ni siquiera soy un provocador, ni cargo como bandera la muerte de los grandes relatos. Soy, más bien, tranquilo. Aburrido, diría yo. Mi revolución está más cerca de las travesuras y las bromas que de los desafíos llenos de rabia. No soy muy bueno para las rupturas ni para los conflictos. En lugar de esto, se me facilitan los desacomodos y las ocurrencias. 

Encuentro satisfacción en los pequeños cambios de rutina, a cuentagotas. Todo lo que, parafraseando a Étienne de la Boétie, desplaza las cumbres y busca la belleza del caos. El relajo como emancipación; ser capaz de retar lo artificial y solemne que se relaciona con lo perfecto. Son prácticas muy simples e imperceptibles. Hasta parecieran placebos. Por ejemplo, escribo sin respetar los renglones de las páginas. Bajo antes de las paradas de mis destinos al andar en transporte público para caminar un poco. Dejo que se acumule la ropa sucia. He usado las mismas chamarras y camisas por varios años, luciendo deshilaches y botones faltantes como heridas de combate. También permito que Fausto, mi gato y mejor amigo, se desprenda el collar que he intentado ponerle mil veces. Total, eso o rasgar un poco la colcha son sus evasiones animales a ser etiquetado como mascota, y, ¿cómo puedo exigirle obediencia absoluta cuando yo mismo voy en contra de la servidumbre voluntaria? Es mejor poner la música a todo volumen, quedarse dormido tiempo extra, sacar tarde la basura y decirle a Fausto: “No nos moverán, camarada. No nos moverán”. 

No niego que me gusta tanto ser amable que a veces acabo cediendo cuando me veo derrotado ante el triunfo del orden. Relajo mi rebeldía por consideración, como el comediante que interrumpe los chistes con un “ya, ya, en serio…” Aunque no dejo de pensar: ¿Y si un día eso no fuera necesario? ¿Podría funcionar la civilización entera si nos salimos un poquito del huacal? ¿Qué tanto es tantito? Y en estas reflexiones es cuando recuerdo Bartleby, el escribiente.

Edward Hopper, 1914. La tarde azul, Soir Bleu. Whitney Museum of American Art, Nueva York.

En esa novela corta (o cuento largo) de Herman Melville, que se escribió a mediados del siglo XIX, Bartleby es un oficinista que decide responder a todo encargo de sus superiores con un “Preferiría no hacerlo”. Ya sabrán: Bartleby acaba cada vez más ermitaño, rechazado por sus arranques de ineptitud. No obstante, el escribiente —que hace una labor enajenante y mecánica: devenir copiadora humana— decide pagar el precio de ser único y, por ende, anómalo. No es casualidad que la edición original de Bartleby tuviera un subtítulo, Una historia de Wall Street, ya que de eso se trata: de por qué a las empresas y a las autoridades no les gustan las sublevaciones, por chiquitas que parezcan. 

En el análisis que Gilles Deleuze hace de aquel texto, Bartleby o la fórmula, el escribiente es tan fascinante como las muletillas o los errores ortográficos. Es el tabique que se tambalea, derrumbando una alta torre. Con una sola frase contundente va en contra del capitalismo, el maquinismo laboral de las grandes ciudades y las buenas costumbres. Arrasa sin piedad emitiendo apenas tres palabras (o cinco: I would prefer not to). Ya quisiera yo tener esa valentía: saltarme las fechas límite, entregar a medias, dejar de bañarme, dormir vestido, comer directo de la lata o no usar calcetines sin sentirme culpable. Frente a “portarse bien”, “Preferiría no hacerlo”.

 Edward Hopper, 1952. Morning sun. Columbus Museum of Art, Ohio.

Xavier Rubert de Ventós argumenta en sus Ensayos sobre el desorden que el urbanismo, la burguesía, la moral y la alta cultura son intentos por acallar la incomodidad de las impurezas. Mientras las instituciones, la clasificación y los protocolos planteen la fantasía de que se pueden borrar (o de menos reducir al mínimo) los accidentes, todos los Bartlebys serán incómodos. En Occidente, la productividad y la norma están vinculadas con el progreso, el recato y el bienestar, como si la contemplación o, de plano, la flojera, no fueran necesarias para ser creativo, conversar ampliamente o pensar con profundidad. A causa de esto, la renuncia “grosera” o impertinente de Bartleby es un peligro, pues nos recuerda que el ocio también es necesario. No todo en la vida es el negocio (o la negación del ocio). 

Sé que los pendientes son ineludibles; por eso se llaman pendientes: mientras no se lleven a cabo, quedan colgando. Están a punto de caer y causar un desastre. La sola palabra, pendiente, me hace imaginar un lindero escarpado o una recta que desciende. La precipitación inevitable. Sin embargo, prefiero la figura del héroe que evade su destino quitándose del filo de la navaja al último momento, en comparación al archivista impecable o al Sísifo que empujará una roca por toda la eternidad. Y ya sé: estoy consciente de que ese jugarle al valiente después de los treinta es poco saludable y riesgoso. Igual y es eso lo que me atrae: la relación entre indisciplina y libertad; la línea de fuga o el escape del control como atributos de la juventud. “Disfrute el relajo”, decía mi profesor de matemáticas, Anselmo. “El frenesí de dejar las cosas para el final, Caloca. Disfrútelo ahorita. No siempre será joven”. 

Foto de portada: Edward Hopper, 1953. Office in a small city. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

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