Los profesores no somos catedráticos. 1/3 - MilMesetas

Para el Prof. Matías Guillén Lara.

La palabra “cátedra” y, por ende “catedrático”, me parece una palabra sospechosa. Su origen se relaciona con “catedral”, lugar de adoración y culto, por antonomasia, de la religión católica, razón esta por la cual, “catedrático” no debe ser una palabra utilizada para referirse a un profesor, máxime cuando se trate de un profesor o profesora de escuelas y universidades públicas. Mención aparte merecen los profesores de las universidades privadas. 

Un profesor no es un catedrático por la sencilla razón de que no imparte cátedra, es decir, no utiliza la catedral o, específicamente, no utiliza el púlpito de la catedral para enunciar verdades absolutas y anacrónicas. 

Quien utiliza el púlpito de la catedral es el Arzobispo, el Obispo, o en casos de urgencia el Cura, el Sacerdote, el Párroco, el Abad o cualquier otro miembro del episcopado. 

Por ello, la palabra “cátedra” está estrechamente relacionada con la práctica del dogma y ahí, en la relación cátedra- catedrático- dogma, radica la razón de nuestro rechazo. 

Un profesor, por tanto, no debe dar cátedra pues no esgrime, o por lo menos se espera que no lo haga, dogmas como sí lo hacen los Obispos mediante la “catequesis” y ello le relaciona con los procesos de colonización emprendidos por las grandes naciones colonizadoras: España, Portugal e Inglaterra avanzaron con la espada en una mano y el evangelio en la otra. La Conquista, como señala Miguel León Portilla, fue una colonización militar pero también una colonización ideológica en la que la catequesis, esto es, la enseñanza y el adiestramiento en la doctrina cristiana jugó un papel importante. 

Por lo anterior y volviendo a nuestro asunto, el dogma rompe o impide aquello que el profesor debe promover: el diálogo, el cuestionamiento, la formulación de preguntas, la crítica, en fin, las actitudes que dan origen al rompimiento del universo aristotélico y el nacimiento de la modernidad, esto es, de la razón como medio para entender nuestro lugar en el universo. 

El dogma es información, el diálogo conocimiento; el dogma reproduce la concepción bancaria de la educación, el diálogo es intercambio de opiniones, experiencias, sensaciones, percepciones; el dogma es monólogo o, peor aún, soliloquio sordo, el diálogo es mayéutica socrática; el dogma enuncia verdades absolutas de realidades que considera acabadas, el diálogo es construcción permanente de una realidad inacabada; el dogma es autoritario y tiende a la dictadura, el diálogo es, como decía Freire, una práctica de la libertad; el dogma es soberbio, el diálogo es humildad pues incluye aceptar el conocimiento- saber del Otro; el dogma es a los sistemas cerrados lo que el diálogo es a los sistemas abiertos y cambiantes. 

Para el pedagogo y educador brasileño Paulo Freire, en todo caso, habría que pensar a los profesores en términos de facilitadores de aprendizaje conjunto, es decir, de facilitadores del diálogo de aquellos que se educan mutuamente: rompe la relación vertical de la catequesis y se abre a una relación horizontal (Freire, 1977). 

Lo anterior, para Freire, conlleva una teoría antropológica, que detallaremos en nuestra próxima entrega.

Bibliografía

Freire, P. (1977). La educación como práctica de la libertad. México: Siglo XXI Editores.

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