¡SPOILER ALERT!
Nos quedaron grandes las distopías. En el imaginario pop de las películas de Hollywood, los cómics y novelas gráficas y en las series de televisión, hemos representado a sujetos solitarios e introspectivos usando cubre bocas de cuero negro con incrustaciones metálicas o algún dispositivo cibernético que oculta parcialmente su rostro para develarnos la inquietud interna del personaje. Nos los imaginamos cubiertos de gabardinas o chamarras DIY, con mohawks de colores o largo cabello al viento, botas negras estilo militar y mochilas al hombro, siempre recorriendo caminos tan desolados como ellos mismos.
Y por eso nos quedaron grandes las distopías, porque lo que tenemos ahora es la reproducción ad infinitum de la vida casera asfixiante, el encierro de la interacción global a través de la pantalla, las nostálgicas tazas de café mirando por la ventana, los cubre bocas sucios y desgastados, llenos de borlitas de tanto lavarlos, y la reiterada conferencia de prensa en la que la sentencia apocalíptica que da cuenta de toda una era se reduce al nada emocionante “¡Quédate en casa!”.
Tal vez por esa razón es que tuvo tanto éxito la serie alemana Dark. No porque sea buena. Lamentablemente sólo la primera temporada lo es, pero la pretensión de trazar tramas complejas y enredos cósmicos hace que la historia sea, paradójicamente, banal. Pero hay algo en la serie que provoca un sentimiento claustrofóbico, un sentimiento de iteración de proyecciones frustradas que podrían explicar, hasta cierto punto, el éxito que tuvo justo en el centro de la Pandemia (un centro pascaliano, que se escapa cada vez que intentamos fijarlo).

La serie Dark tiene una característica que me parece sumamente curiosa: en la primera y segunda temporadas plantea la coexistencia y co-dependencia de los tiempos, por lo que la cadena causal no corre pasado-presente-futuro, sino en cualquier sentido. Las posibilidades de viajar en el tiempo y de influir en un punto de los tiempos desde cualquier otro abren escenarios inusuales y sorpresivos que prometen un desarrollo profundo de la trama y de los personajes. En la tercera temporada, apuestan más duro con la introducción del elemento (siempre huidizo y peligroso) de los universos paralelos, que pone sobre la mesa la necesaria pérdida de relevancia de los personajes y el paso a primer plano del tejido cósmico como actante, como elemento primordial en el desarrollo de la trama.
Para decepción de todos, ninguna de estas dos cosas ocurre. A pesar de los viajes en el tiempo y de los saltos entre universos paralelos, toda la trama de la serie ocurre en el pueblo de Winden y el bosque a su alrededor y los conflictos entre los personajes no van más allá de los enredos de un pueblo. En ningún momento se sale de él, todo ocurre circunscrito a los conflictos, las traiciones y las culpas de los habitantes de Winden, toda una telenovela de ciencia ficción (laxa). Cuando se termina la serie (cuyo final es un Deus ex Machina no bienvenido) se queda uno con la sensación infantil de re-iteración ineludible del suceder doméstico. Y por eso es que esta serie puede ser la narrativa ficcional de nuestra pandemia: porque no nos queda grande. No sólo los personajes usan cubre bocas (no se sabe bien para qué), sino que se encuentran encerrados en una multiplicidad claustrofóbica de mundos y tiempos, similar a lo que nos ocurre con la conexión online y la vida casera.
Fuente de Imagen: https://www.chilango.com/cine-y-tv/personajes-de-dark-explicacion/
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