La muerte mexicana - MilMesetas

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.

Nezahualcóyotl

En ningún otro lugar del mundo se “vive” la muerte de una forma tan profunda y bella como en México. El significado que ésta adquiere en una cultura como la nuestra surge del corazón mismo de una estirpe que hunde sus raíces más profundas en lo sacrificial y lo ritual. En la época prehispánica para culturas como la mexica el sacrificio era el principal vínculo de los hombres con los dioses, era la entrega de la vida en manos de la muerte la que hermanaba al hombre con lo divino.

México, como afirma Octavio Paz, es un “pueblo ritual”. De aquí que la muerte adquiera un sentido mágico y lleno de simbolismos conectados a una cosmovisión en la que el temor a la muerte se convierte en valentía y honor. La muerte es para el mexicano antiguo fundamento del orden de la vida; para mantener el equilibrio de ésta es necesario ofrecer a cambio la vida misma.

El proceso ritual de la muerte se nutrió de los mitos dualistas de la cosmovisión mexica. La muerte, más que un final, representaba una sucesión de la vida: un nuevo ciclo al que había que entregarse con honor, carácter y valentía. La dualidad encarnada en esta cosmogonía, concebía la vida y la muerte como fuerzas complementarias que ponían en equilibrio al cosmos y daban origen a la existencia de todos los seres.

La adoración y culto de aquella dimensión desconocida de los muertos llamada Mictlán era tan fuerte que la etapa más importante y gloriosa de la vida era la del acto de morir. El sacrificio y la muerte representaban la principal entrega y devoción a los dioses con el único fin de mantener el orden de las fuerzas vitales en equilibrio. La lucha entre el día y la noche, el sol y la luna, la vida y la muerte, se nutría del corazón y la sangre de los hombres. Un ejemplo claro de esto eran los antiguos Tzopantlis mexicas, altares en donde se mostraban cráneos empalados de los sacrificados en honor de los dioses.

Tales expresiones que atormentaron a los invasores españoles significaban para el mexicano antiguo una verdadera ofrenda a los dioses de la muerte y la vida, alimento sagrado de lo divino que se acompañaban con danzas, flores y cantos.

Celebración del “Día de muertos”

Con la invasión de la nueva cultura, se acabaron los sacrificios, pero no los rituales. La celebración de “Día de muertos” es el más claro y bello ejemplo de toda una tradición llevada en la sangre, el corazón y la memoria de un pueblo que siempre ha visto la muerte como algo sagrado, especial y extrañamente bello. No en vano, muchos mexicanos anhelan la llegada de esta celebración. En Noviembre se llevan a cabo diversos rituales que podrían considerarse los más bellos y representativos de nuestro país y que siguen manteniendo muchísimos rasgos de las tradiciones prehispánicas. Esta celebración representa un rito de suma importancia, pues constituye una fuerza cultural vital para reafirmar la valiosa tradición ancestral de nuestra cultura.

Celebramos la muerte, así como celebramos la vida. Cada 1 y 2 de Noviembre se detiene el tiempo para ritualizar y hacer un homenaje a nuestros muertos. La tradición prehispánica ha adquirido una curiosa forma de expresión entretejida con las tradiciones cristianas que hacen del ritual a la muerte una expresión estética que va de la celebración, a lo sacro de los rezos, llantos y cantos. Un sincretismo que ha dado vida a una singular manera de experimentar la muerte. Ofrendamos alimentos, bebidas y artesanías para recibir a cambio la venturosa llegada de nuestros muertos.

El ritual de la llegada de los muertos sigue manteniendo encarnado la expresión de lo dual, pues se mueve entre el vaivén de la dualidad vida-muerte: se festeja, se ríe y se come, al mismo tiempo que se recuerda, se llora y se reza. La nostalgia y alegría que transita en esos momentos se ve expresado perfectamente en los adornos, las flores y la comida de la “ofrendas”.

Las velas y las fotografías de los muertos nos hacen sumergirnos en una atmosfera de sosiego y nostalgia. Mientras que las flores, la comida, las calaveras y el pan de dulce nos hacen recordar los placeres y lo grato de la vida. Una forma característica de expresar el afecto a los muertos en nuestro país es recordarles las cosas queridas en vida: sus gustos, sus platillos, sus gulas, sus vicios, sus canciones etc.

Quizá por esto, a los mexicanos nos agrade tanto el festejo de la muerte, porque pocas veces en el año un ritual como éste nos hace saltar de una experiencia a otra, nos hace experimentar en un mismo momento la alegría y la tristeza, el grito y el silencio, la vida y la muerte.

La “ofrenda”, representación en el imaginario mexicano de los antiguos tzopantlis, también es el regalo y ofrecimiento sagrado en el que no se espera nada a cambio más que la presencia de los muertos. Se ofrenda la vida para recibir la muerte. En algunos pueblos aún se acostumbra a dejar abierta la puerta principal de la casa para la llegada de los muertos. Le abrimos la puerta a la muerte y la guiamos con pétalos de cempasúchil e incienso para que no se pierda y entre sin problemas a casa, trayéndonos la presencia y el recuerdo de nuestros muertos, sabiendo muy en el fondo, que pronto estaremos con ellos.

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