aPreciaciones I. La quemazón de la bala - MilMesetas

Es muy peculiar. Cuanto menos te lo esperas se presenta. En “La Bala” Paul Preciado menciona, a manera de metáfora, que tanto la homosexualidad como la transexualidad se viven como una bala insertada en el pecho por un tirador silencioso.[1] Mismo tirador que, deambula por el espacio de manera aleatoria y que descarga su arma frente a cualquier persona. Es verdad, la no-heterosexualidad se da en cualquier persona independientemente de aspectos raciales, económicos, políticos, o de otra índole.  

Sin embargo, a diferencia de Preciado, más que pensar que una bala ingresó en mí, la quemazón se sintió de adentro hacia afuera. El ardor emanó de mi pecho, efectivamente, ante ciertos estímulos externos; como cuando me di cuenta que algunos chicos de la secundaria llamaban mi atención, pero no como si algo ingresara en mí sino como un calor que brotaba en mí. 

Cada quien hace de este sentir lo que sus posibilidades le permiten. Los más favorecidos vivimos libremente con esta herida, incluso, con satisfacción la exhibimos a otras personas demostrando que, aunque hay picazón, nos hace dichosos vivir con ello. Por otro lado, hay quienes tratan de aliviar ese ardor ocultando ese sentimiento con paliativos que tratan de hacer olvidar. En ciertas ocasiones, personas sin quemazón tratarán de “sanar” con agua bendita al diferente. En muchos casos se nos daña con el verbo, y en grados más infames hay a quienes con saña se les silencia de por vida. 

Nuestro dolor no es por amar y desear a personas de nuestro mismo sexo, sino porque limitan nuestra expresión. No duele ser no-heterosexual. Nos frustra y lesiona que se nos indique cómo ser, cómo vestir, cómo hablar, qué actividades hacer, cómo amar. A algunas personas se les reprime desde su infancia, otros nos ocultamos hasta salir del núcleo familiar y hay quienes siguen abrumados sin poder anunciar su sentir en público. Nos duele que se nos presione la herida sin nuestro permiso. Nos duele que la herida transcienda hasta convertirse en la muerte de las distintas personas que son asesinadas con rencor por no seguir la disciplina heterosexual. 

Las heridas sanan con cuidados. Para nuestro sosiego hay quienes poco a poco han podido cicatrizar esa herida y ayudan a otras a sanar. Una vez fortalecidos la mostramos y a veces la cubrimos con diamantina. Ello no implica que el daño no vuelva mientras ello ocurre, y como refiere Preciado en el mismo texto, abriguemos a “los niños de la bala” en nuestro entorno que a su vez no dista de ser completamente distinto del que compartimos con los heterosexuales. Enseñémosles a resistir, a mostrarnos vulnerables pero también estimulados por habitar con nuestro sentir que nos hace distintos.

Mientras no exista un ámbito de igualdad de condiciones en el que se pueda crecer y nacer como no-heterosexuales, nos tocará ser personas con la bala injerta que hiere nuestra expresión.

[1] Preciado, Paul B., “La Bala”, en Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce, México, Anagrama, 2019, pp. 100-102.

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