Las ruedas del azar editorial: Entrevista a A. J. Aragón - MilMesetas

El ecosistema literario de una ciudad siempre desborda sus límites geográficos, al igual que las personas que otorgan vitalidad y dirección a los proyectos editoriales. Bajo esa óptica, cada vez que leía el nombre de Jesús Aragón, o A. J. Aragón —como firma sus libros—, me asaltaba la curiosidad por saber quién era, pues aparecía en distintas publicaciones de Querétaro, Guanajuato o Guadalajara. El azar quiso que, durante la 67ª Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guanajuato, en abril de 2025, y gracias a la intercesión de mi amigo Martín Eduardo Martínez, lo conociera en el Patio Jesuita. A. J. Aragón se distingue por su trato cordial y reservado, por la mirada inconfundible de lector y por su estilo clásico al vestir. Nacido en 1952 en Ocotlán, Jalisco, es maestro en Letras Latinoamericanas por la UNAM. Fue director del Fondo Editorial de Querétaro en la década de 1990 y actualmente encabeza la colección Letras Versales de la Universidad de Guanajuato, donde edita poesía, ensayo y narrativa; además de coordinar un taller de creación literaria. Autor de títulos como Las razones del viento (El Hechicero Ediciones, 1996), El oficio de esperar (UG, 2006), Lorenzo bitácora (Fondo Editorial de Querétaro, 2007). En esta entrevista, amablemente concedida por escrito, comparte su visión del oficio editorial y literario, parte de su trayectoria en el mundo de libro y un mensaje optimista para la comunidad de editores.

Gracias por aceptar esta entrevista. Para comenzar, ¿cómo se define hoy A. J. Aragón: como editor, poeta o tallerista?

Para iniciar, agradezco el interés acerca de estas tres actividades literarias, las cuales he practicado desde hace más de cuarenta años. Pienso que la edición, la escritura de poesía y la coordinación de talleres literarios son oficios que eligen a sus practicantes. Las ruedas del azar giran para hacer caer al elegido en uno de sus precipicios, y yo, en las innumerables volteretas del destino, caí en los tres, posiblemente porque los tres tienen en común la palabra, la expresión humana y la memoria.

Me defino como alguien que realiza cada una de estas tres actividades en apego a lo esencial de sus formas, confiando en que las obras resultantes quedarán integradas en la cultura de este tiempo.

¿Dónde comenzó su travesía como editor?

La labor editorial, de manera continua, la inicié en Querétaro en 1987, como corrector de estilo, al ser invitado a trabajar en el Departamento de Publicaciones de la Secretaría de Cultura y Bienestar Social, que había puesto en marcha un proyecto editorial muy bien planeado, acorde a las necesidades de investigación y divulgación del conocimiento histórico, valoración de los escritores anteriores y presentes del estado y la formación de un amplio público lector.

No era un proyecto aislado, sino engarzado a un sistema de bibliotecas, librerías, centro de escritores, ferias del libro, programas para presentaciones de libros y más mecanismos para la producción y extensión de los títulos que estaban configurando sus colecciones.

En poco tiempo me ubicaron como coordinador de redacción y en 1990 pasé a ser el jefe del Departamento. Para 1992, con la creación del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, continué con la misma asignación, solo que propuse para esta área la denominación de Fondo Editorial de Querétaro, del cual dejé de ser su director en 1994 y permanece aún en la actualidad.

¿Cómo define usted el trabajo del editor literario?

Por una parte, se puede definir al editor literario como aquel que trabaja con obras pertenecientes a los géneros: poesía (con propiedades singulares en el acomodo de los versos), narrativa, dramaturgia (con la composición tipográfica particular de su formato para dar claridad a las acotaciones y los parlamentos), ensayo, etc.

Por otro lado, se diferencia del editor científico en cuanto a que uno trabaja con palabras y el otro incluye símbolos matemáticos y técnicos.

En mi caso he trabajado en ambas vertientes, pues las obras académicas se abren en un amplio abanico: ciencias naturales, electrónica, historia, poesía visual, filosofía, libros de arte, etc., y esta experiencia la he tenido, principalmente, en los recientes veintiocho años en que he sido editor en la Universidad de Guanajuato y esporádicamente en otras instituciones académicas.

En la ciudad de Querétaro participé en la edición de múltiples obras literarias, recuerdo varias de las propuestas por el Centro Queretano de Escritores, y muchas más que atendían las necesidades culturales de amplios sectores de la sociedad, abarcando distintos géneros literarios como poesía (de César Cano Basaldúa, Martha Favila, Arturo Santana, entre otros autores), dramaturgia (varios títulos preparados y presentados por Jaime Chabaud), un número alto de libros de historia, arte y estudios documentales (de David Wright, Heidi Chemin Bässler, Lino Gómez Canedo, Mina Ramírez Montes, etc.).[1]

En un proyecto cultural amplio, el trabajo de enlazar autores con sus lectores, se entrecruzan obras de todos los campos, no solo literarias. En la Universidad de Guanajuato he tenido a mi cargo, desde el año 2000, la colección Letras Versales[2] que ha promovido en libros colectivos, en su mayoría, a autores literarios de la región centro-occidente del país.

¿Cómo se construye un buen editor de literatura?

Lo primero es que tiene que ser editor literario en las dos vertientes anteriormente mencionadas, a lo que debe sumarse el ser creador, de preferencia, en cualquier género literario, ya que este ejercicio posee particularidades que desarrollan en el escritor sensibilidad y perspicacia en el manejo sutil del lenguaje.

Son la práctica permanente del oficio, la atención en los movimientos culturales en general y literarios en particular y la preparación profesional las que lo dotan de habilidades para visualizar las propiedades de una obra que se desea editar.

Por otra parte, resulta importante la integración al mundo editorial, o sea que, estar al tanto de las situaciones, problemáticas y condiciones actualizadas de los procesos editoriales ayuda a tomar determinaciones desde los primeros momentos del procedimiento editorial, como son la dictaminación, la ubicación en una colección y las decisiones básicas de diseño.

¿Cómo influye su labor como poeta y tallerista en su trabajo editorial?

Tengo la experiencia de encontrarme a cargo, desde el año 2000, de la colección Letras Versales de la Universidad de Guanajuato. Sus títulos, desde el inicio, se destinaron a difundir los resultados de los talleres literarios que yo mismo coordinaba. Son libros colectivos que incluyen, en su mayoría (van 29 números), textos poéticos, narrativos y dramáticos siendo casi en su totalidad de autores iniciales provenientes de diversos estados del país.

Tanto el ejercicio de la poesía como la cercanía con grupos heterogéneos de participantes en los talleres de creación literaria que he coordinado hasta la actualidad, enriquece los mundos de la palabra, de la lectura y, por consiguiente, de la edición. La conversación en los talleres literarios se da entre la efervescencia de contenidos y distintas formas de escritura y desarrolla no solo la actitud crítica, sino que también estimula, a su vez, la autocrítica.

Esta práctica envuelve un estado de atención hacia todos los factores que incluye una obra editorial que se realiza no solo con la finalidad de difundir a un autor en el momento presente, sino que se tiene la conciencia de que un libro es para siempre y que debe lograrse a través de él un mayor alcance cultural.

Portadas de libros de A. J. Aragón. Cortesía del entrevistador.

¿Qué elementos no pueden faltar en una colección literaria bien pensada?

En primer lugar, es fundamental establecer los objetivos de la colección y asegurarse de que todos los títulos que la conforman coincidan con dicho propósito.

Otro aspecto importante es definir si será un solo cuerpo o se dividirá en series, por ejemplo: puede haber una serie para cada género literario que se quiera abarcar o incluir números especiales para ganadores de premios, etc.

Por último, en cuanto a los aspectos físicos, es importante que los números que la integran sean identificables entre sí, tanto por las similitudes de diseño como por los tipos de papel que le dan cuerpo, así como la viabilidad en el uso de imágenes en casos necesarios.

Asimismo asegurar que existan los recursos económicos y técnicos que puedan prolongar los aspectos de diseño y formato durante la vigencia de la colección.

¿Qué recuerdos tiene de la literatura en los años ochenta y noventa en Querétaro?

Lo recuerdo como un periodo en el que se dio una fuerte movilidad de editoriales nacionales que incorporaron a la vida cultural queretana nuevos temas y discusiones amplias con la apertura constante de eventos literarios, como congresos y presentaciones de libros, que generaban un grato ambiente de diálogo.

En este sentido, fue muy importante para el estado el proyecto editorial de la Secretaría de Cultura y Bienestar Social, ya que dio mayor visibilidad a creadores ya reconocidos, motivó a nuevos escritores y puso en librerías, locales y nacionales, de manera organizada, a algunos autores que aún no eran conocidos por la mayoría.

En ese periodo se crearon también el Centro Queretano de Escritores y la Escuela de la SOGEM.

¿Cuál es el origen de la colección Nueva Literatura en el Departamento de Publicaciones, durante el gobierno de Mariano Palacios Alcocer (1985-1991)?

La colección Nueva Literatura se originó como parte de las propuestas del Centro Queretano de Escritores que dirigía en ese momento Manuel Cruz. Mi participación en ella fue meramente editorial en algunos títulos, siendo varios de los autores incluidos, integrantes de los talleres que yo impartía.

¿Qué escritores contemporáneos de Querétaro considera que han alcanzado una trascendencia nacional?

Considero que en la actualidad ha cambiado el concepto de lo “nacional”, ya que con las redes sociales y el internet se puede estar relativamente en cualquier lugar, no solo de México, sino del mundo. Puedo referir la obra de Juan Antonio Isla, de quien he visto su desarrollo como autor de novela histórica, donde ocupa un lugar importante.

¿Qué opinión le merece la poesía de Francisco Cervantes y César Cano Basaldúa?

Ambos tienen una obra que se sostiene más allá de la opinión favorable que pueda dar, los dos ocupan ya un lugar en la historia de la literatura mexicana. Pertenecen a generaciones distintas.             

César Cano Basaldúa participó en el taller literario que tuve en la Casa de la Cultura de Querétaro de 1983 a 1986. En su libro Memorial de sombra participé editorialmente y mientras radiqué en esa ciudad, fui viendo su actividad, no solo en la publicación de otros libros de poesía como Hablar de la lluvia que fue editado por la UAQ y el Sindicato de esa institución, sino en su aporte en la conducción de talleres literarios y en su proceso formativo, ya que fue uno de los estudiantes de los grupos que tuve en la Facultad de Filosofía entre 1989 y 1996.

Francisco Cervantes, por otra parte, tiene diversas obras publicadas en Editorial Joaquín Mortiz y Fondo de Cultura Económica como poeta y como traductor del portugués. En Querétaro se publicó Relatorio sentimental y se le reconoció con el Premio de Artes Heriberto Frías.

¿Qué diferencias y similitudes observa en la escena literaria de Querétaro, Guadalajara y Guanajuato?

He radicado en las tres ciudades en etapas sucesivas de mi vida, lo que posiblemente marque mi visión al momento de diferenciarlas.

La Guadalajara de los años 70 era una ciudad en la que el entorno literario se veía permeado por las ideologías propias de la época, por la creación a través de formas y estructuras literarias conservadas, y por la presencia de escritores iniciales y experimentados conversando en el Café Madoka.

En Querétaro me tocó vivir el ambiente editorial de 1980 a 1996, el cual se caracterizó siempre por tener una presencia muy notoria en la vida cultural de la ciudad, a través de la creación de proyectos que promovían la colaboración constante con instituciones nacionales como el INBA y el CONACULTA.

Guanajuato, por otro lado, siendo una ciudad en la que la cultura forma parte del acontecer cotidiano, la vida editorial se encuentra totalmente integrada a ella, incluso podemos ver ferias y presentaciones de libro en lugares de fácil acceso como plazuelas y calles.

¿Qué experiencias le marcaron como coordinador de talleres literarios en Guanajuato?

Desde 1997 he coordinado talleres de creación literaria en el estado de Guanajuato. De 1997 a 2008 tuve un taller en el Museo Diego Rivera (del Instituto Estatal de la Cultura), en pleno centro de la ciudad colonial. Casi de manera simultánea coordiné de 1999 a 2004 otro en la Biblioteca Pública de San Miguel de Allende y uno más, entre 2003 y 2004, en el Museo de la Ciudad de Irapuato (ambos de la Universidad de Guanajuato).

De 2009 a 2014 tuve a mi cargo el taller de la Casa de la Cultura de Guanajuato (siendo una instancia municipal). A la par diseñé un proyecto denominado Taller Universitario de Creación Literaria: altaller, que se realizó de 2000 a 2015 por la Universidad de Guanajuato en colaboración con las universidades públicas de la región centro-occidente de ANUIES. Se llevaba a cabo anualmente por tres días en primavera, en Guanajuato, con la asistencia de 60 a 80 integrantes de talleres literarios de la región y 6 a 8 coordinadores invitados. De los resultados de cada periodo de altaller se publicaba un número de la colección Letras Versales de la Universidad de Guanajuato. Tuvo un impacto sostenido a nivel regional y fui requerido para realizar eventos similares en Colima, Aguascalientes y San Luis Potosí. La universidad de esta última ciudad y la de Querétaro no formaban parte oficial de la región, pero la cercanía las integró de manera natural. Desde 2015 realizo un taller de plan semestral en el Mesón de San Antonio de la Universidad de Guanajuato.

Me parece importante añadir que mi visión, metodología y entusiasmo aplicados a este sistema formativo provienen en las vivencias literarias del Café Madoka de Guadalajara, donde a inicios de los años 70 formé parte de la efervescencia de las conversaciones y reuniones permanentes en torno a la poesía y la narrativa principalmente, así como la participación, a principios de los 80, en el Taller de narrativa que coordinaba Juan Antonio Isla, con orientaciones muy certeras, en la Casa de la Cultura de Querétaro, quien me sugirió, además, que me incorporara al taller mensual que impartía el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja en San Luis Potosí, hasta su regreso a su país de origen.

Cárteles de los talleres de A. J. Aragón en la UG. Cortesía de Comunidad UG.

En Guadalajara, su labor fue más discreta. ¿Qué significó para usted esa etapa silenciosa de corrección de textos?

Guadalajara contribuyó de manera decisiva en mi etapa formativa. Su universidad, el ambiente cultural lleno de representaciones teatrales, cine de arte, conciertos, galerías, librerías, bibliotecas y los puestos de periódicos en esquinas y parques que vendían la Revista de la Universidad de México, la revista Plural que dirigía Octavio Paz, cada semana un nuevo título de la colección SepSetentas, a precio muy bajo, con una excelente edición y temas variados entre los que se encontraban arte y literatura, así como los libros de Grandes Temas de Salvat, en los que había información cultural que me sorprendía, ahí leí una entrevista a Roland Barthes en un título literario, autor nuevo para mí. 

Como yo escribía poesía, pasaba el tiempo en cafés, conferencias y presentaciones de libros, y en ese ambiente empecé a realizar corrección de estilo. Cuando llegué a Querétaro a inicios de los 80, ya había hecho edición, docencia y actividad cultural por una década en Guadalajara, Guanajuato y San Miguel de Allende.     

¿Tiene algún editor, mexicano o extranjero, que admire o haya admirado? En caso afirmativo, ¿quién y por qué?

Hay varios que han sido referentes en mi labor editorial, particularmente me gustaría mencionar a Beatriz de Moura (brasileña radicada en Barcelona), creadora de Tusquets Editores. Me sorprendieron temas, autores y diseño de las colecciones Cuadernos Marginales y Cuadernos Ínfimos.

Arnaldo Orfila Reynal (argentino) director en México del Fondo de Cultura Económica, diseñó las cajas editoriales de la colección Breviarios, que siguen siendo inigualables.

Roberto Zavala Ruiz (mexicano de Mérida), teórico y técnico de la edición, redactó y editó un tratado fundamental para la práctica y el conocimiento de la edición: El libro y sus orillas, del cual decía orgulloso: “Este libro lo cometí yo solo”. Con él tuve la oportunidad de tomar dos cursos en la Universidad Autónoma de Baja California (en Mexicali) y en la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Manuel Cruz (de la Ciudad de México asentado en Querétaro), quien mostró siempre su visión editorial en las publicaciones de El Hechicero Ediciones. En particular me incluyó junto a la poeta Ana Aridjis (de Morelia) y el también poeta Ricardo Esquer (de Aguascalientes) en un libro que cerró con el poemario “Luna baldía”, del cual soy autor.

Abordando un tema de actualidad, ¿hasta qué punto debe o tiene que limitarse el uso de la inteligencia artificial en la edición literaria?

Aunque esta conversación se ha inclinado más hacia la memoria que hacia la prospectiva, señalaré que la edición ha incorporado en toda su historia las tecnologías de su momento, así que la inteligencia artificial tendrá, así lo espero, su acomodo de manera satisfactoria incluso en la edición literaria, cumpliendo con la ética y los derechos de autor correspondientes.

¿Qué proyectos vienen en camino? ¿Se plantea reunir su obra o reeditarla?

Coincido con Camilo José Cela quien decía que a los escritores solo les corresponden dos cosas: escribir y esperar, y en relación a esto escribí hace tiempo el libro de poesía que titulé El oficio de esperar y desde ese momento continúo escribiendo.[3]

Para cerrar, algún mensaje final que quisiera compartir a los escritores y editores de Querétaro y el Bajío.

Que la escritura literaria y la edición deben cumplirse siguiendo con rigor los procedimientos adecuados, son ambas prácticas artísticas para realizarse en colaboración. Las editoriales deben ser espacios de diálogo y, afortunadamente para la creación literaria, existen los talleres literarios, que deben fomentarse ampliamente, ya que en ellos se ejercita la crítica y especialmente, la autocrítica. También es importante que sigan existiendo entrevistadores de los temas tratados en esta ocasión. Felicidades.


[1] Este catálogo se puede consultar en el Sistema de Información Cultural de México: https://sic.cultura.gob.mx/lista.php?table=fondo_editorial&estado_id=22&municipio_id=-1

[2] Algunos títulos de la colección se pueden conseguir en la Librería UG: https://libreriaug.ugto.mx/colecciones/letras-versales.html

[3] También cuenta con un perfil en la plataforma de Goodreads: https://www.goodreads.com/author/show/57240783.A_J_Arag_n

Imagen de portada adaptada de Televisión UG (2018).