Palíndroma Editorial: Resistencia y bibliodiversidad desde Querétaro - MilMesetas

Palíndroma es una editorial independiente fundada en 2020 en Querétaro por Anaclara Muro Chávez y Hugo Cervantes. Anaclara es licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM y maestra en Historia por la UAQ, recibió el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2025; Hugo estudió Lenguas Modernas en Español por la UAQ. Desde sus inicios, la editorial se ha distinguido por apostar a la diversidad literaria y crear comunidad con otros proyectos editoriales independientes del país. En esta entrevista, realizada en marzo de 2025 desde La Gallinera —espacio cultural donde se venden libros, paletas y café, y se ofrecen eventos culturales—, conversamos con amenidad sobre los orígenes de la editorial, su concepción del trabajo editorial, logros y visión de futuro. A cinco años de su fundación, Palíndroma se mantiene como un proyecto de resistencia que apuesta por la bibliodiversidad en el panorama literario mexicano (https://palindroma.mx/).

Muchas gracias, Hugo, Anaclara, por concederme esta entrevista. Para quienes no los conocen aún: ¿quiénes son y qué distingue a Palíndroma en este ecosistema literario de Querétaro?

AM: Somos una editorial independiente, cumplimos cinco años el 12 de marzo de este año. Nos interesaba la literatura contemporánea, veíamos que había muchos textos de gente que nos gustaba cómo escribía, pero no había muchas salidas editoriales. Hugo fue quien comenzó a trabajar el proyecto y yo me le uní. Aquí estamos. No sé cómo lo veas tú, Hugo.

HC: Creo que es un proyecto que iniciamos desde la inquietud. Anaclara y yo nos conocemos desde hace muchísimo tiempo. Compartimos espacios desde los 16, 17 años, cuando tomamos clase de poesía con la maestra Martha Favila. En esa época conocimos a algunos poetas y escritores locales, y poco a poco la vida nos fue llevando a formar parte de diferentes grupos. Estuvimos en Horizontal taller de escrituras, que fue un grupo al que quisimos mucho y donde hicimos muchas cosas. Pero siempre estaba la inquietud por la literatura. Anaclara estudió letras, yo también —ella en la UNAM, yo, acá en la UAQ—. Pero siempre había algo, un interés constante. Lo que nos sostiene es leer; no dejamos de leer, no hemos dejado de leer. Es algo que nos gusta mucho y también es como abrir una puerta a lo que no se publica, a lo que sabemos que está ahí, a lo que hemos encontrado. No solo publicamos personas que están en nuestro terruño; hemos publicado a escritoras de otros países. Hay mucho por leer, mucho por publicar. Creo que podremos definir el proyecto editorial como peculiar en el sentido de que hemos abierto —o hemos tratado de construir— un puente con la población, generando un público para leer lo que muchas veces está por fuera, lo que no recibe atención, lo que hay que buscar y revisitar. Sobre todo, abrir un nuevo canal de comunicación para las nuevas generaciones es lo que nos interesa.

AM: Nos interesa publicar gente cercana de aquí, de la ciudad, pero también que sea un proyecto que va más allá de lo local.

En este contexto, ¿qué significa ser una editorial independiente? ¿Cómo asumen esa independencia en Palíndroma?

AM: Es difícil hablar de “independencia”; esa palabra se usa para todos los proyectos. Pero creo que tiene que ver sobre todo con los recursos que utilizamos para hacer el proyecto. Es una editorial que hemos realizado principalmente con recursos propios, con nuestro tiempo, con dinero que decidimos invertir (no muy sabiamente, pero lo hicimos). Si decimos independiente, tendríamos que pensar en independiente de qué. Creo que tiene que ver con ser independientes del Estado, a pesar de que hayamos obtenido algunos recursos por medio de convocatorias. Eso no significa que dependamos de una administración o de una agenda política. También somos independientes del mercado. El mercado editorial es complicado. Yo no lo he logrado entender del todo, pero ya sabemos que hay monopolios en todos los ámbitos y en este no es la excepción. Tratar de entrar a ese mercado también tiene que ver con posicionarse frente a esos monopolios. ¿Cómo produces un contenido que sea valioso? Además, ¿por qué alguien compraría tu libro si hay muchas otras ofertas?

HC: Coincido con Anaclara. La gestión de un proyecto editorial es algo que desconocíamos por completo. En algún momento me llamó la atención y también a Anaclara porque tuvimos una participación con Prosvet, por invitación de Felipe Bohórquez en 2016-2017, para realizar dos números especiales colaborativos. Ahí nos pusimos a cortar, rayar, encolar para hacer una cartonera. A mí me llamaba la atención, pero no me seducía por completo lo manual. Me parece demasiado enriquecedor lo artesanal, creo que tiene un valor importante que destacar, pero lo nuestro era distinto. El 80-90% de lo que hemos producido en la editorial es nuestro; el 10% restante ha sido de apoyos obtenidos por convocatorias. El primer apoyo que tuvimos fue cuando sacamos la antología de CuatroCuatroDos: Narradorxs Queretanxs. A pesar de que hay muchas antologías, hay grandes lagunas de tiempo y cada vez hay más muchachos y muchachas que escriben, pero no sabes quién está escribiendo qué. La única manera de saber quién escribe es convocar. Si abres una convocatoria para que alguien mande textos (independientemente de si son de buena o mala calidad), es para poder buscar qué hay ahí.

Hicimos ese proyecto y fuimos acreedores a 20 mil pesos. Decidimos que lo íbamos a vender en cien pesos porque tenía apoyo del Estado y queríamos que se fuera volando. No era para recuperar el dinero, sino que fuera accesible, porque hemos sido compradores de libros y el precio te puede llegar a desanimar si rebasa los 300 pesos. Está la opción del PDF o EPUB, pero queríamos que fuera accesible en su formato análogo. Hemos gestionado el proyecto desde cero con nuestros recursos. Quisiéramos avanzar a pasos agigantados, pero no se puede, hemos ido poco a poco, llegando a diferentes lugares desde el año uno, incluso cuando no teníamos noción de que venía la pandemia. Eso cambió todo. Tuvimos la oportunidad de pausar, seguir con nuestras vidas y cuando terminara la pandemia en junio retomar —como dijo Hugo López Gatell que sucedería, cosa que no pasó—, pero nosotros dijimos: “No, hay que ver qué hacemos, sigamos”.

Ya lo demás es parte de la historia, pero desde ahí hemos estado buscando la manera de llegar a diferentes librerías. Cuando arrancamos, teníamos 20 librerías independientes con las cuales distribuimos nuestro primer título. En abril, aunque estaba la pandemia, teníamos 28 librerías en todo el país. Era un mucho trabajo, pero teníamos un solo libro, entonces no era tan complicado. Ahorita tenemos 21 títulos y surtir las librerías es volverse loco. La parte autogestiva de un proyecto editorial requiere de muchas manos, de mucho esfuerzo y mucha, pero mucha paciencia en todas las personas involucradas.

Remontándonos a sus orígenes, ¿qué los motivó a fundar Palíndroma? Creo que les tocó conocer a editoriales independientes en Querétaro, pero ¿cómo fue que ustedes decidieron sumarse al juego?

AM: A los dos nos gustan mucho los libros en general y teníamos esa inquietud de hacer libros, independientemente de que hubiera más proyectos. Lo interesante es que se trata de una especie de ecosistema que se tiene que estar alimentando. En la medida en la que hay más oferta puede existir más público. Es complicado: si de por sí hay poca gente que lee, luego hay poca gente que compra libros, y luego de esa gente hay poca que compra libros de editoriales independientes. Se va reduciendo, pero al mismo tiempo, en la medida en la que hay más proyectos surgen nuevos espacios, y eso ha sido muy revelador. Yo no sabía que existían tantos clubes de lectura o creadores en Internet que se dedican específicamente a los libros. A lo mejor no había un montón de gente que dijera “Ay, yo quiero una antología de narradores queretanos”, no, pero ya que existe, se va pasando la voz.

Además, hubo otros proyectos. Por ejemplo, pienso en Montea, que era un proyecto de Adrián Martínez que vivía en León, Guanajuato. Él hizo esta gran colección La culpa la tiene el Bajío, que hizo que conociéramos a un montón de autores y autoras que no eran tan conocidos.

HC: Todo tiene que ver con que Anaclara y yo somos un binomio raro. Ella había fundado una editorial antes, que se llamaba El Periódico de las Señoras, donde había cosas muy interesantes. Yo entré ahí para formar libros; el objetivo era que yo le enseñara a ella a hacerlos. Todos los proyectos editoriales autogestivos, creo yo, tienen una caducidad. Yo incluso pienso que Palíndroma tiene una caducidad. No sé cuánto dure, pero podemos persistir. Es muy complicado tener un proyecto editorial como Paraíso Perdido, que nació en el 98, Sexto Piso, que tiene más de 20 años, o Almadía, que cumplió 20 años. O sea, de que se puede, se puede pero con muchos riesgos y sacrificios, pero si pensamos en los primeros 25 años del siglo XXI… En 2005 inventaron YouTube; yo tenía 17 años, para mí era asombroso. Al principio queríamos grabar todo lo que se pudiera; de nada servía, solo se quedaba ahí. Veías una hora completa de un sujeto haciendo algo cotidiano o atrevido —¡qué chido!—, pero realmente empezó a haber una transformación intensa ahí. Con la pandemia hubo un nuevo brote: ¿cómo hacer comunidades desde lo virtual? Los círculos de lectura virtuales. Ya había una mayor conectividad, más aplicaciones y redes sociales, y una mejor velocidad de internet. Todo fue cayendo en el lugar adecuado. Hay ahora muchas más posibilidades de tener un proyecto editorial autogestivo sin tener que invertir tanto o incluso sin invertir nada más que tiempo y tu entusiasmo.

Anaclara y yo hemos dado clases de literatura mucho tiempo atrás y no nos gusta la rigidez de los programas educativos, son insensibles hasta cierto punto. Me gustaba trabajar con los estudiantes, llevarles poesía, leerles poesía, hacerles escribir historias, montar obras de teatro y hacer todo lo que se tiene que hacer en una clase de literatura. Era muy divertido, pero la paga siempre es mala, hay un desánimo en ello. No quiere decir que acá la paga sea mejor porque no nos pagamos (risas). O sea, ni ella ni yo tenemos salario. No hay manera de mejorar económicamente, pero por lo menos hacemos lo que más nos apasiona.

AM: Perdón, pero creo que hay una frustración muy grande en ser docente de literatura, porque la noción de literatura que existe en las escuelas —y desde el sistema de la SEP— es muy arcaica, anclada en la idea de que lo clásico siempre es mejor. Eso no fomenta la lectura de ninguna manera, porque obligan a los chicos a leer esos textos y te obligan, como maestra o maestro, a enseñar esos textos. A lo largo de los años me di cuenta de que no tenía mucho sentido. Si nos gusta ver películas nuevas, ¿por qué siempre preferimos El Quijote sobre todo los otros libros? Eso hace que no se fomente la lectura; es un sistema que va directo al fracaso. Creo que promover que se lean textos más contemporáneos, que hablan más de nuestra realidad, hace que la gente lea más y eventualmente quiera leer El Quijote. Pero no es que primero leas El Quijote y luego todo lo demás. Eso es parte de que hayamos renunciado a la docencia. Al final es muy frustrante tener que pelear con la directora, con los papás.

Igualmente, en la edición a veces tienes que pelearte con otras cosas.

HC: Sí, pero es otro tipo de batallas. Ahí te puedes pelear hasta con el autor o la autora, si no está de acuerdo en que le corrijas algo. Hay batallas por todos lados. Lo cierto es que esta labor de dar clases es muy cansada porque el sistema es muy rígido. Además, los chicos todavía están leyendo poesía en verso tradicional —que no está mal—, pero tienen que leer en secundaria el Mío Cid y, bueno, eso podría quitarte las ganas de leer lo que sea a esa edad.

AM: Por ejemplo, yo en secundaria tenía que enseñarles a los chicos a recitar a Rubén Darío. El 80% de las palabras no las entendían y solo se las tenían que aprender de memoria. Ese era todo el objetivo y es muy desgastante estar haciendo algo en lo que no crees todos los días.

HC: En ese mismo sentido, cuando dábamos clases, Anaclara empezaba a publicar y Ricardo Ortega, que formaba parte de Horizontal, también publicó en una convocatoria de Zacatecas de editorial Pictographia Editorial. Yo en clases utilicé cuentos Ricardo y poemas de Anaclara para trabajar con los estudiantes porque estaban escribiendo, en esa época, sobre temas actuales. Esas situaciones que vivimos en lo laboral poco a poco fueron llevándonos a la parte editorial, es decir, los textos que habíamos leído en plaquettes o escuchado en lecturas debía tener un espacio donde ser leídos, tratar de llevarlos a más personas porque eran buenos textos, había una propuesta interesante en el medio.

Originalmente Palíndroma iba a ser una revista. Yo quería hacer una revista en 2017, pero al final no se logró y después el tiempo lo aceleró todo. De 2016 brincamos a 2020 de una manera veloz. Tuvimos muchos proyectos en esos años, estuvimos en la Lucha de Escritores Anónimos (LEA), Anaclara estaba en el Slam Poetry con yol segura, después estábamos en el El Periódico de las Señoras, seguíamos en Horizontal con proyectos audiovisuales como Es cosa de los cerdos, hasta hicimos un documental (Para allá no voy) en el taller de Polos Audiovisuales del Centro de la Imagen, al mismo tiempo que éramos docentes de literatura. Un día dije: “Bueno, ¿por qué no hacemos una editorial?”. Tenía un calendario de publicaciones para iniciar el año. Eran 3 títulos que íbamos a publicar. Hemos publicado 21, pero esos 3 no, por muchas circunstancias. El plan era hacer tirajes pequeños y promocionarlos inicialmente aquí con todas las personas que conocíamos. No nos habíamos imaginado el efecto de la pandemia ni lo que implicaba tener un proyecto editorial. Anaclara y yo fuimos a hacer algunas presentaciones durante la pandemia y era devastador ver vacías las calles, los espacios, muchas ferias se cancelaron, cuando hubo algunas no eran como lo recordábamos de años pasados. Presentamos el libro de Bonzo de Luis Alberto Arellano en la FENAL ante las sillas vacías y vimos cómo realmente todo cambió. El mundo cambió, tuvimos que echar mano de los recursos que teníamos e ir creciendo desde lo virtual.

Equipo editorial de Palíndroma. Cortesía.

Hablando de batallas, ¿cuáles han sido las 3 principales batallas que han tenido que enfrentar y qué han aprendido de ellas?

AM: La primera fue la pandemia porque nos agarró en curva. Nuestro primer libro se presentó en marzo de 2020, alcanzamos a hacer 2 presentaciones y todas las demás se tuvieron que cancelar. Aprovechamos la ola de lo virtual, hicimos muchísimas presentaciones virtuales, pero todo nuestro plan se tuvo que reconstruir. Además, nuestra autora la pasó un poco mal —es argentina— y se quedó encerrada en el país. Fue complicado.

HC: La segunda batalla es una de las más complicadas: la distribución. Para un proyecto autogestivo se requiere tener contacto con quien te va a recibir tus publicaciones y no siempre son una garantía de venta los libros que puedas recibir en tu espacio. Cuando nosotros iniciamos con el primer libro, les escribíamos a las librerías y no nos contestaban porque era como: “¿Esto es una broma? Es una cuenta con 3 seguidores”. Y eso define mucho. Desafortunadamente, los números y los likes definen muchas cosas que yo creo que no tendrían por qué ser así. Lo hemos visto de los dos lados: cuando hemos tenido muchos likes y poca asistencia en el evento, o al revés: 3 likes y mucha venta o 10 likes y llenamos un lugar. Es algo que no tiene una correlación lógica, pienso.

Al inicio fue muy complicado, pero empezamos a mandar mensajes con la portada, enviamos la cuarta de forros que había escrito yol segura y el PDF con una vista previa para que vieran de qué trataba el libro. Empezaron a interesarse y fueron abriéndose poco a poco las puertas que íbamos tocando. Esa lucha todavía continúa. Creo que para muchos proyectos autogestivos es una lucha constante. Hay quienes además de una editorial —llámese Godot, llámese Sexto Piso—tienen también una distribuidora y aun así es complicado. Alguna vez Anaclara y yo fantaseamos con esa idea de hacer una distribuidora, pero teníamos apenas 6 meses en este negocio y dijimos, ilusamente, que no estaría mal. Hoy puedo decir que no está en nuestros planes.

AM: Tengo que decir que Hugo ha pasado un gran porcentaje de todos estos años haciendo paquetes, yendo a la paquetería (risas). Es muy complicado porque debes tener un seguimiento con las librerías, el cual no es sencillo. Además, como éramos 2 —ahora somos 3—, es demasiado trabajo para tan poca gente. Dar seguimiento a las librerías, pedir que te hagan un corte y que te paguen o que te regresen los libros implica muchísimo esfuerzo.

Por otro lado, está la opción de tener una distribuidora, que no se puede si tienes pocos libros, o de todas maneras es complicado tenerla porque implica perder un gran porcentaje. Como les tienes que dar muchos libros para que los tengan en circulación, pero nosotros ya no estamos haciendo tirajes tan grandes, vamos sorteando poco a poco.

En la trayectoria que llevan, ¿cómo se enfrentan al desafío de visibilizar su catálogo a nivel local, nacional e internacional? Ya que hay un par de libros suyos de autorías de otras latitudes, lo que implica una mirada fuera de la capital.

AC: Sí, creo que ha constituido un desafío bastante importante. Creo que Hugo ha sido muy optimista: hay muchos planes que yo pienso que son imposibles y Hugo piensa que son posibles, y terminan por hacerse. Eso tiene que ver, por ejemplo, con contactar a mucha gente. Lo que nos ha servido mucho es contactar con distintas personas que ya conocíamos de otros lados para que nos ayuden a presentar los libros, con la cuarta de forros y así.

¿Qué rol juegan esas redes editoriales para hacer crecer el proyecto editorial?

AM: Al final, absolutamente todos los proyectos y todas las empresas están hechos de personas. Eso es difícil de entender en algo como los libros, porque piensas que hacer un libro solo se trata de sentarte en una computadora y editarlo. Pero para que el libro llegue a muchas personas tienes que hacer una serie de trabajos y relaciones, porque un libro no lo van a conocer por acto de magia. Creo que hay mucha gente que se queja de que si no te conoce nadie, nadie te lee —simplemente es así—, pero pienso que tiene que ver con que, por ejemplo, yo prefiero leer un libro que alguien me recomendó a leer un libro que simplemente me encontré en una librería. Creo que tienes que hacer uso de todas esas herramientas y nos hemos hecho a la idea de que es importante conocer a las otras editoriales, conocer a las otras personas, ir a las ferias del libro, ir a esos lugares donde la gente se reúne a hacer lo mismo que tú, porque si no, no van a conocer tu trabajo.

En su trabajo editorial, ¿cómo se han involucrado las tecnologías de la información? Hoy día se habla, por ejemplo, que la inteligencia artificial va a desaparecer muchos roles editoriales. ¿Han integrado las nuevas tecnologías de la información en el trabajo editorial?

AM: Yo soy analfabeta digital.

HC: Yo también (risas). No, mira, siempre me acuerdo mucho cuando iba en la secundaria y nos decían que con Encarta todos los libros iban a desaparecer, y no sucedió así. Aunque sí, ya no hay vendedores en la calle con una maleta ofreciendo enciclopedias. En fin, lo que nos funciona a nosotros son las herramientas de promoción y difusión. Todo lo que es redes sociales es una promoción gratuita, pero es tu responsabilidad y compromiso crear contenido para alimentar tus cuentas. Hay muchas herramientas ahora para hacer libros, eso está muy bien.

AM: En el sentido de las imágenes, nosotros nos hemos apoyado muchísimo en el trabajo de ilustradoras. Parte de la imagen que hemos logrado de Palíndroma tiene que ver con las ilustraciones. Y justo lo difícil ha sido encontrar ilustradoras afines a nuestros gustos, que nos ayuden en nuestro trabajo. A mí me parece que es súper difícil que alguien haga ese tipo de cosas. Realmente no creo que la inteligencia artificial pueda igualar el trazo, porque no se trata de que las imágenes sean realistas, sino de un estilo en particular que te distinga. Creo que más bien que las redes y los softwares son lo único que utilizamos. Y bueno, en las redes hay que trabajar mucho, igual no se hace solo.

HC: Hay gente, como community managers, que trabajan con Chat GPT, donde hacen todos los textos. Creo que funciona y facilita las cosas, pero a veces hay situaciones que no se pueden sólo rellenar. Creo que el libro digital es una gran apuesta. Nosotros leemos mucho también en el celular, en el Kindle, en la tablet, en la computadora. Es real que hay muchísimos libros que no están impresos, pero también tenemos muchos PDF, muchos repositorios, desde los clásicos hasta lo que tú quieras; lo puedes acumular en una USB de 16G, pero el caso es que te lo pongas a leer. Ahora, sí se abarata bastante el precio cuando compras un ebook en Amazon comparado con el libro impreso porque obviamente implica la impresión.

AM: Sí se abarata, pero elijo el formato de acuerdo a las necesidades, porque un ebook, si lo descargas pirata, al final sí lo tienes como un archivo que es tuyo. Pero algo que me desespera mucho de los libros que he comprado en Amazon, es que nunca los puedo leer en todos los dispositivos y no puedo compartirlo fácilmente. Está limitado. Yo solo compro libros en digital cuando no hay manera de acceder a ese texto de otra forma, porque si tú posees el libro —porque ya no poseemos nada—, lo puedes manipular, te puedes regresar a ver la página, lo puedes llevar de aquí para allá, lo puedes subrayar. Al final, para mí depende de qué libro sea, pero son herramientas de trabajo. Y si es un libro de investigación, a lo mejor lo necesitas ahí, necesitas verlo, regresar y traerlo cargando. O si quieres ir a la playa te llevas tu Kindle y ya, no pasa nada, pero eso es diferente.

HC: Creo que se ha subestimado mucho al audiolibro, sobre todo por su formato. Quizás no requiere el mismo grado de concentración que sí demanda el libro lees, porque no puedes hacer otras cosas mientras tienes los ojos metidos en el libro. Hay buenas propuestas ahora que se quiere fortalecer el audiolibro y hay muchas plataformas que trabajan en ese desarrollo, lanzando títulos y haciendo un gran trabajo de adaptación pero como dice Anaclara ya no poseemos nada, es verdad. Tú pagas la membresía de Bookmate o StoryTel, pero no tienes el libro.

¿Cómo ven estos nuevos formatos de lectura? ¿Evitan el audiolibro o exploran sus posibilidades?

HC: Ya hicimos uno y hacia allá va mi comentario. El audiolibro está subestimado, pero conozco bastantes personas que escuchan libros cuando manejan, cuando salen a caminar o cuando hacen otras actividades. Está bien, vale la pena; también es una forma de leer. Esa parte auditiva siempre ha estado ahí, como la radionovela. Está menospreciada porque se le ve con la idea de que no es un libro, pero poco a poco está creciendo en las plataformas. He visto en Bookmate que cada vez hay más títulos. Están apostando por grabar poesía. Ahí grabamos con Audiolibre el libro de Anaclara, Princesas para armar (Palíndroma, 2021). Está grabado, pero también es una apuesta, porque lo que realmente vende, tanto en el audiolibro como en el formato físico, es la novela. La novela sigue vendiendo, es increíble, no importa el formato.

Una vez que fui al DF estaba escuchando El cuarto jinete de Verónica Murguía en el camino, y está muy bien hecho. Es una producción grande. Hacer un audiolibro todavía es más complejo en su producción que hacer un libro tradicional.

AM: Es importante decir que no son formatos que compiten entre sí. Hay gente que tiene el libro y que le gusta escucharlo, o que lo escuchó y luego lo quiere comprar. O lo lees en digital, ves si te gusta y luego lo compras impreso.

Entrando al tema de su catálogo editorial, ¿cómo deciden qué voces seleccionar y cuáles no? ¿Cuáles son esos criterios que han construido para armar un catálogo como el que tienen hasta ahora?

AM: Es un proceso azaroso. Como dijo Hugo, había un calendario al principio que, al final, por distintas circunstancias, no se cumplió; comenzamos con un libro que ni siquiera lo habíamos pensado antes. Fue algo que sucedió muy rápido. Por casualidad, yo tenía el fanzine de esta chica argentina, Mana Muscarsel Isla y ella iba a venir a nuestro país, nos pareció buena idea.

Pero al final depende del gusto personal, de ciertos intereses, de muchas circunstancias, de cierta facilidad para conseguir apoyos. Por ejemplo, los libros de Rubén Cantor y Oliva Reséndiz los publicamos en coedición con la Secretaría de Cultura de Querétaro, y eso los hizo posibles. Por otro lado, también tenemos que ver cuánto nos va a costar cada libro, qué tan accesible es conseguir el texto, hacer correcciones, trabajar con los autores. No hay un criterio establecido, sino que cada proyecto ha ido encontrando su camino poco a poco.

Quisiéramos en algún momento —todavía no podemos hacerlo— tener una convocatoria abierta para que nos manden textos. Nos escriben mucho. Creo que todas las editoriales tienen esta misma situación: todo el mundo les escribe mucho y manda manuscritos, pero la realidad es que no tenemos la capacidad de leer todo lo que nos llega. No podemos hacerlo porque, además, tenemos otros trabajos aparte de la editorial, somos muy pocas personas y Hugo está en la paquetería tres días a la semana. Realmente diría que el 90% de los textos que nos han llegado ni siquiera los hemos leído.

Catálogo de Palíndroma. Cortesía.

¿Cuáles son las colecciones que tienen ahora y cómo han evolucionado?

HC: Todas las colecciones tienen una frase o una palabra palindrómica. La primera es Aibofobia, de poesía, donde tenemos la mayor cantidad de títulos; es lo que menos se vende. Luego viene la colección de narrativa que se llama Atinele Elenita, como un homenaje a Elena Garro. Después viene una colección de antologías que se llama Sale el as. Cuando se trata de antologías siempre hay un texto que sobresale de todos los demás, ya sea porque te guste o porque tiene peculiaridades que lo distinguen del resto, ese es el as.

Tenemos una colección bilingüe que se llama Sé verla al revés. Ahí vamos a incluir cualquier género, con el objetivo de que sea un edición bilingüe. Esa colección se inauguró con el libro Los años en mi piel son como las hojas de maíz de Oliva Reséndiz, con el que ganamos la convocatoria de coedición con el Estado.

Vamos a abrir una colección de minificción y una de ensayo, también van a tener una frase palindrómica. No sé cuándo las inauguremos, pero la de ensayo se llama Ávida Lee la Diva.

AM: El libro de Mana Muscarsel Isla, La fiesta de las amigas, que es un libro de ensayo que hicimos en coedición con Alacraña, decidimos que sería una colección para esas colaboraciones que se llama Arenera.

¿Para ustedes es un desafío aventurarse a crear nuevas colecciones abandonando otras que ya tienen, en esa búsqueda de abrir su abanico editorial?

HC: Buena pregunta. Es medio cruel contigo mismo tener una colección que solo tiene un título y que pasen muchos años y siga teniendo un título nada más. Eso sí está feo, porque puedes ir abriendo colecciones como loco y tener un título de cada una, pero no. Creo que tiene que ver también con la falta de presupuesto. Si tuviéramos presupuesto suficiente, cada colección ya tendría unos seis títulos.

Anaclara mencionó cómo publicamos y cómo hay muchos documentos que nos han llegado, pero no los podemos atender a todos. De hecho, hay correos que no hemos podido responder porque son muchos, muchísimos. Hemos llegado a recibir como treinta correos al mes. Mandan y mandan, son personas persistentes y está bien que las personas escriban y publiquen, pero no podemos atenderlo. Somos nada más que seis ojos y seis manos. Creo que también en editoriales más grandes pasa lo mismo.

Hicimos el festival de Pasaporte Colectivo y ahí salieron algunas propuestas de publicación, pero nosotros decidimos enfocarnos en algo muy ambicioso, porque hicimos un calendario para publicar doce títulos este año, espero nos sea posible. Dijimos: lo menos que se pueda de poesía. En ese “lo menos que se pueda de poesía”, hay cuatro de poesía; el resto es de narrativa. Las colecciones que mencionamos de ensayo y de minificción, apenas van a inaugurarse. Hay más títulos en la fila, pero de momento tardarán en llegar.

Anaclara, ¿consideras que tu formación literaria como poeta y escritora influye en tus decisiones editoriales dentro de Palíndroma?

AM: Sí, tiene mucho que ver el gusto personal que está relacionado con el criterio que tiene la editorial. Realmente a mí me gustan también otro tipo de temas y formas. Pero ese criterio que se ha ido formando a lo largo de los años tiene que ver con la práctica también de la escritura, y creo que eso hace que valores los textos. Sabes que un libro implica mucho trabajo de la otra persona e implica un componente emocional muy fuerte también. Eso es algo que aprendes a valorar; no es tan sencillo simplemente escribir y ya.

Hugo, ¿qué herramientas te dejó tu experiencia en el Fondo Editorial de la UAQ?

HC: Ahí lo que adquirí tiene que ver con las ferias. Creo que empaparte de toda la semántica de una feria del libro es muy motivador, te emociona si te gustan los libros. Aunque no hayas estudiado literatura, pero te gustan los libros, te gusta leer y vas a la feria de Guadalajara, te emociona. Yo había ido a la feria de Guadalajara y la de Minería, pero siempre como lector, como estudiante, y después, cuando colaboraba en la UAQ —haciendo de todo— fue muy estimulante para mí ver la realidad de un mercado que desconocía por completo, y al cual me quise adentrar para poder tener un proyecto propio que también tenía la intención de acercar la lectura a más personas y que hubiera un precio accesible en los libros.

Te dije hace rato que pensábamos hacer una revista y la idea era una locura porque yo tenía 28 años y creía que todo era posible; queríamos que la revista costara dos pesos, o sea, la íbamos a producir con unos quince mil pesos y qué bueno que no sucedió, porque hubiera sido una locura.

Una de las cosas que hacemos Anaclara y yo es que publicamos lo que queremos. El caso de Belén López Peiró, autora de la novela Por qué volvías cada verano, cuando leí la edición argentina del 2019 (primera edición), dije “esto tiene que estar en Palíndroma”.

Creo que lo que yo obtuve en la UAQ es un régimen de trabajo para gestionar un proyecto editorial desde que llega un manuscrito hasta que se agota la edición, pero en el camino hay muchos pasos que no te puedes saltar como la difusión y la promoción, no basta con una sola presentación y dejar los libros en la bodega, el autor y el libro merecen respeto en ese sentido, este ciclo puede durar años. Nosotros tenemos apenas un libro agotado de los 21 que hemos publicado y lo acabamos de reeditar. Desafortunadamente, el mercado es muy veloz y voraz, pasan seis meses y ya no es novedad. Ya no puedes vender un libro de hace 5 años a precio de novedad, eso es cruel. El mercado no se detiene.

Pero regresando a la pregunta, en el Fondo Editorial vi que se publicaban libros, pero se guardaban y se quedaban ahí para la posteridad, otro caso más de los problemas de distribución. Sí había eventos de Rectoría, se regalaban los libros. Está bien, ¿a quién no le gusta que le regalen libros? Yo lo que me pregunto es ¿dónde está la iniciativa para que sea algo más dinámico, más orgánico, más estimulante, que haya nuevos lectores que van en la prepa o iniciando la carrera, que no saben que van a escribir pero les llama la atención y están leyendo ahorita como locos a Sally Rooney, a Elvira Sastre, a Suzanne Collins. ¿Cómo podemos llegar a esos lectores? Yo tengo 36 años. No puedo llegar a ellos fácilmente, pero sí puedo hacer una convocatoria de otra antología de cuentos local o nacional, con parámetros que los incluya, ya sea la temática o la edad, eso despierta interés, su inquietud se aviva, querrán participar. Todo se va renovando, no debemos quedarnos atorados.

Estuve tres años en el Fondo Editorial y vi cómo pasaban las generaciones de servicio social. Todas y cada una de las personas que llegaron ahí tenían un entusiasmo peculiar, propio de los universitarios que están entre los 18 y los 22 años, donde creen que lo pueden lograr todo y no les importa si se desvelan: harán que funcione. Y es tanta la pasión que tienen, que no hay nada más, eso es invaluable. Entonces yo vi cómo pasaron las generaciones y a veces se iban frustrados porque los procesos editoriales son complicados, pero también es necesario que quien encabeza un proyecto editorial de esas dimensiones tenga la sensibilidad, la visión y la experiencia para hacer un proyecto editorial universitario incluyente, íntegro y digno. Veamos el caso de la UANL o la UV, su oferta editorial es tremenda, pero no solo por el hecho de contar con más recursos económicos, sino porque Antonio Ramos Revillas o Agustín del Moral están enfocados en expandir el proyecto, haciendo convocatorias, organizando o siendo parte de ferias universitarias, editando autores y autoras contemporáneos, sin dejar de lado la tradición, y es evidente que ponen gran parte del proyecto enfocado a los lectores universitarios. Eso me gustó a mí de las editoriales universitarias, no todas lo logran y se quedan ahí estancadas.

Hablando de un país con profundas desigualdades sociales, ¿cómo abordan dentro de su catálogo el tema de la inclusión y la diversidad? Actualmente se ha convertido en un tema social candente y delicado.

AM: Era un tema que ya se estaba hablando mucho desde antes y creo que ya lo habíamos explorado en otros proyectos. Desde el principio, en Palíndroma nos importó que fuera un factor relevante. Fuimos esa generación que todavía le tocó tener una formación literaria que es primordialmente de señores blancos heterosexuales, como Octavio Paz. Pero cuando empezamos la editorial, ya teníamos una conciencia diferente.

El primer libro que publicamos fue de una escritora lesbiana y hablaba en particular de una ruptura amorosa. Fue muy interesante pensar que nuestro público era un nicho muy específico, porque ese libro fue más leído por mujeres —no solo lesbianas—, pero sí tuvo un público mucho más femenino. Pensamos que es más fructífero tener un público específico que decir “esto es la literatura universal”, pues cada texto le habla a cada persona de manera distinta. Además, este libro nos hizo aprender mucho; se discutió bastante. Era importante leer a esas comunidades y abrir espacios a esos grupos.

Por ejemplo, en las antologías siempre hemos cuidado mucho que sean equilibradas, con más o menos el mismo número de escritores y escritoras. Juan Carlos Gallegos, quien compiló los textos de Ficción Atómica, se obsesionó un poco con que hubiera una gran diversidad de escritores de todos los estados del país, que no fuera esa cosa centralizada de solamente la Ciudad de México. Es un tema que no terminamos de resolver, que está constantemente ahí y que dialoga mucho con varios de los textos que hemos publicado.

HC: También, como dice Anaclara, era insostenible dejar el mundo como lo conocíamos, tenía que cambiar; para ello teníamos que dejar de ejercer prácticas que estaban sucediendo en las universidades, en los grupos editoriales y el mercado editorial. Era necesario y ya se veía venir. En esa apertura con los autores y las autoras que están en nuestro proyecto, veo otras realidades: situaciones interseccionales y disidencias que también funcionan porque articulan realidades que han sido subestimadas y excluidas. Todo esto al ser publicado hace más robusta la comunidad lectora y heterogénea, se concientiza y nos demuestra que el canon puede reconfigurarse.

Libros de Palíndroma. Cortesía.

Dentro de lo económico, ¿qué es lo que mantiene vivo el proyecto de Palíndroma?

HC: Las deudas. (Risas) De inicio hemos sido afortunados con algunos apoyos —no muchos—, aquí en el estado tuvimos dos del Apoyarte. Los apoyos funcionan, pero es muy poco lo que dan. Ahí cometí el error más grande: gastar más de lo que el presupuesto permite, y eso implica que sale de mi dinero. Anaclara dice que soy muy optimista; yo me considero el menos optimista del mundo, pero creo que en la editorial vale la pena poner mucho esfuerzo para poder sostenerla.

Por ejemplo, en el último festival de poesía Pasaporte Colectivo hicimos una antología con un artista que ilustró todo el festival, que es muy bueno: Alex Rosas. Lo contactamos en Ciudad de México, le encantó el proyecto y le entró. Todo eso lo tuvimos que trabajar así. Hicimos bolsas (totebags) gafetes para los invitados (lanyards), ya sabes toda esa parafernalia que implica un festival. Hubo muchos gastos —incluidos los hospedajes y algunas de las comidas de los autores invitados que eran foráneos—, que se salieron del presupuesto de lo que obtuvimos.

AM: Tengo que decir que tuvimos el apoyo de Conarte; ganamos una convocatoria con el libro La máquina de Turing de Jesús de la Garza. Creo que es una de las convocatorias mejor pensadas que hay en el país, la de Nuevo León.

¿Cómo son sus redes con las editoriales independientes del país, incluyendo las de Monterrey, Guanajuato y Ciudad de México?

HC: Muchas de ellas empezaron antes de que hiciéramos el proyecto, porque nosotros, como decía Anaclara, comprábamos sus libros. Yo no me imaginaba que alguna vez en mi vida iba a estar en la misma mesa que los editores de Almadía. Es una relación cordial. Nos han invitado a sus eventos y próximamente nos pondremos en contacto con ellos para vender sus libros aquí en La Gallinera. Es una forma de hacer comunidad.

También, cuando hemos estado en las ferias en otros estados, siempre hay una recepción interesante y cordial. Creo que nos preguntamos siempre lo mismo: ¿qué van a publicar el siguiente año? ¿Cómo les ha ido con este libro? Porque estamos leyéndonos todo el tiempo, sabemos las novedades que traen, estamos al pendiente de lo que hacemos, así funciona el ecosistema.

AM: Yo creo que está muy presente en casi todos los proyectos editoriales: es importante tener esa comunidad y apoyarnos. Creo que han sido muy generosos con nosotros al platicarnos cosas que nosotros no sabíamos, intercambiar ideas, información de la imprenta, cosas así.

HC: Hablamos desde el registro de ser colaboradores porque estamos en el mismo rubro. Las mismas problemáticas que ellos ya enfrentaron, están por enfrentar o están enfrentando son muy similares a las nuestras. Entonces ese interés por los libros no solo es por lo que ellos producen, sino también por lo que hacen los demás al resolver sus procesos. Muchas veces compartimos stand y autores. Hay puentes por todos lados; eso creo que se ha ido tejiendo poco a poco con el paso de los años.

El caso de los libros de Oliva Reséndiz y Rubén Cantor, que se hicieron en coedición con el Fondo Editorial del Estado, me parecen súper interesantes. ¿Cómo surgieron esos proyectos y qué impacto están teniendo o han tenido para el catálogo de Palíndroma?

HC: Anaclara desde cuando tenía la inquietud de publicar a Oliva Reséndiz. Pero salió la convocatoria y dije: “¿Por qué no metemos a Oliva?” Rubén Cantor, antes de la convocatoria, me había mandado un mensaje. Yo había leído a Rubén desde Kafkacóatl hasta Norcorea. Sabía que era muy prolífico. Me dijo: “Tengo esa novela que se llama Gala Tasaray”. Dije: “Va, mándala”. No la leí como en cuatro meses porque estaba ocupado, y luego un día la empecé a leer y la leí en una sentada porque Rubén escribe así; me recuerda un poco a César Aira. La leí y me gustó.

Su novela es la historia de una chica que va a vengar la muerte de su madre, que fue asesinada por sus compañeros de una biblioteca universitaria. Tiene aventuras y cosas de la cultura contemporánea de nuestra generación muy interesantes. Se lee rápido, tiene 82 capítulos (el capítulo más largo tendrá 3 páginas), y es una novela que tiene adentro otras novelas y otros cuentos. Entonces le dije a Rubén: “Me gusta”, y Rubén dijo: “¿En serio?” No lo creía porque esa novela había tenido un peregrinar de siete años de haber sido ignorada, y decidimos hacerla. Luego yo le dije de la convocatoria, aceptó lo del concurso, entramos al concurso y fue así como la produjimos.

Creo que la potencia de Gala Tasaray es la manera en cómo narra Rubén y cómo puede ser una narrativa fresca, rápida y que construye una trama interesante. Y que no solo puede ser leída para personas de mi edad. Yo pensé que podría ser un buen texto para chicos de universidad y de prepa porque es toda esta situación contemporánea que a Rubén le interesa escribir.

Ahora, pensando en los proyectos, ¿cómo se visualizan en cinco años? ¿Qué proyectos vienen en puerta?

HC: Hace rato te decía de la caducidad de las editoriales porque siento que todo tiene caducidad. No quisiera que se acabara pronto, pero sé que algún día tendrá que suceder. No sé cuánto tarde; apenas vamos a cumplir cinco años. En mi mente, apenas la editorial puede gatear. En esa metáfora, no la puedo considerar que camine porque sus ventas no son suficientes, no hay un margen de utilidad. Se le invierte más de lo que nos devuelve.

Estamos a punto de mudarnos a una distribuidora porque creemos que es lo más pertinente. Si salen los doce títulos este año, entonces va a ser más complicado mover los 32 títulos. Yo espero que en cinco años tengamos un plan más sólido donde haya un margen de utilidad y podamos tener contratadas por lo menos dos personas a las cuales les podamos pagar. Eso es lo más complicado. Nosotros mucho tiempo hemos estado trabajando y colaborando en diferentes proyectos donde nunca nos pagaron nada, solamente nos explotaron, pero éramos jóvenes y el entusiasmo del que te hablaba era enorme. Acá hemos procurado que no sea así con todos los colaboradores; los que nos han apoyado siempre reciben su pago.

AM: Pues a mí se me hace un poco difícil pensar en cinco años. Solo sé que este año va a estar muy intenso; realmente tenemos muchos proyectos que están ahí esperando. Desde el principio estuvimos así de “ay, ¿qué publicaremos?”, pero ya después del primer año no; ya siempre tenemos proyectos esperando. Tenemos más ideas que capacidades. Entonces creo que ahorita estamos pensando más bien en cómo sacar lo de este año, junto, por supuesto, con este lugar que queremos que sea como una especie de base para la editorial. Yo solo espero que logremos publicar todos los libros que hemos pensado para este año o, en todo caso, para dos años.

La última pregunta es si pudieran dar un mensaje a escritores emergentes o a las personas que les interesa la edición y apenas van comenzando. ¿Qué podrían decirles?

AM: Yo diría que escribir es muy importante. Creo que hay muchas personas que quieren ser escritoras pero no escriben tanto. Pero creo que al final tu obra es lo que te defiende, aunque suene contradictorio. Pues escribir no solo es escribir, también es tener una comunidad, es encontrar los medios para publicar, es participar en las convocatorias, es ir a los eventos, es saber qué se está escribiendo en ese momento que se publica. Que estén dispuestos a aceptar críticas constructivas de sus editores porque siempre son para beneficio del texto.

HC: Híjole, si son autores y quieren escribir, que lean mucho. Hay mucho que reescribir; que no crean que a la primera sale. Anaclara y yo sabemos de eso —creo que ella sabe más porque tiene una carrera literaria—: cuando estamos en los talleres literarios se trata de escribir y escribir y borrar y escribir y dejar descansar el texto y releer y regresar y volver a leerte a ti y leer más y poder conocer más, no solamente de lo que hay a tu alrededor, sino también leer lo que está afuera, en otras latitudes, en otras regiones; buscar qué es lo que te está gustando y tratar de traducir qué es lo que quieres decir con lo que quieres escribir.

En la parte de la edición, les diría que lo intenten. Yo tengo mucho estrés, mucha angustia y mucho cortisol porque vivimos estresados por las deudas, por la vida, pero es la vida adulta. La verdad es que editar es un camino muy azaroso, muy cansado y es una cosa de resistencia. Pero si lo intentan, que lo hagan bien, que se comprometan a hacerlo. Al final del día van a tener el recuerdo de haber hecho ya sea un fanzine, un pasquín, una revista donde hubo algo que se antologó de algunos escritores y escritoras que en su momento a lo mejor no eran visibles en el panorama literario y que posiblemente alguien por ahí dio el salto. Eso siempre es un material de la memoria.

El ingenio humano para poder hacer las cosas —como las editoriales o los libros, fanzines, pasquines, plaquettes— al final queda como un trabajo en el cual tú pusiste tiempo, dinero, esfuerzo, pasión, locura y lo que tú quieras. Ese es el recuerdo más lindo que te puede quedar. Así convencí a Anaclara. Le dije: “Hay que hacerlo; si no funciona, por lo menos tendremos tres libros publicados que nosotros hicimos, queda para la historia, a los archivistas les gusta mucho esto, es para ellos también”. Por eso, que lo hagan. Yo siempre he creído que entre más opciones editoriales haya es mejor. Si hay una bibliodiversidad es mejor porque entonces hay más espacios para que publiquen más personas: no todo lo podemos publicar aquí, no todo lo puede publicar Gris Tormenta, no todo lo puede publicar Herring Publishers, no todo lo puede publicar Infame Turba. Es decir, que todo sea diverso nos dará mayor oferta para poder conocer y elegir lo que nos gusta.

5º Aniversario de Palíndroma. Cortesía.

Muchísimas gracias, Hugo y Anaclara. Fue un gusto haber compartido este momento con ustedes. ¡Ojalá que Palíndroma siga creciendo!

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