02/02/19
Últimamente se me ha dado más bailar con hombres. El viernes pasado asistí a la obra Los mansos de Alejandro Tantanian, dirigida por Agustín Meza. Con esta obra, la Compañía El Ghetto —que nos ha brindado montajes memorables como Esperando a Godot, Woyzek y, una de mis favoritas en lo personal, Fragmento para teatro— festeja en el Teatro Esperanza Iris sus primeros 25 años de existencia. La intimidad es lo que prima en esta obra. Por eso el espectador es invitado a estar en el escenario a escasos centímetros de los actores. Tempos escénicos lentos acompasados por altas intensidades dramáticas permiten que tanto actores como espectadores podamos internarnos en estados emotivos complejos bastante gozosos. Tantanian escribió sobre esta obra cuando la realizó en Buenos Aires en 2005:
«Dostoyevski trabajó en la construcción de varios “yos” su preocupación era “el otro”; en sus novelas él encarnó ideas en los cuerpos: todos estos cuerpos se autodenominaron “yo”. Una de las ideas de Los Mansos es penetrar este concepto para entender cuáles son los límites del “yo” en el teatro. ¿Qué se dice cuando se dice yo? ¿Qué construye ese yo cuando se enuncia en escena? ¿Cuáles son los límites de ese yo? […] Si a estos interrogantes, le sumamos la autobiografía como el espacio de producción de ficción, tendremos frente a nosotros el material que conforma el núcleo de Los Mansos»
Debido a esto, los pocos cuadros que simulan narrarnos fragmentos de la novela El idiota de Fiódor Dostoyevski —trenzados con anécdotas del propio autor ruso como su encuentro con la pintura Cristo muerto de Hans Holbein y los ataques de epilepsia que comparte con varios de sus personajes— fungen como meros contenedores y detonadores para que la actriz Genny Galeano y sus compañeros Adrián Ladrón y Luis Villalobos compartan experiencias personales y se incendien en su bella existencia.
Durante uno de los cuadros de esta puesta en escena los tres actores invitaron a alguien del público a bailar. Adrián Ladrón extendió su mano hacia mí y yo la tomé. Una vez en el escenario, apenas dividido de la sala por unas pequeñas candilejas, me preguntó si quería bailar con él. Respondí afirmativamente. Él me guió por la pieza para piano ejecutada en vivo por Steve Brown. Luego de un momento, Adrián hizo otra pregunta en susurro “¿Quieres estar más cerca?”. Asentí. Casi en un abrazo continuamos el baile. Él volvió a hablar “¿Recuerdas qué querías ser de niño?”, “Batman”, él rió, “¿Y tú?”, “Futbolista y científico”, “¿Y cómo llegaste aquí?”, “Este siempre fue mi lugar y un día me fue revelado”, “¿Tú?”, “A pesar de mí”.

Precisamente hace una semana me encontraba en el escenario de la Sala Julián Carrillo de Radio UNAM bailando con David Herce-Kiawtletl, en la obra Por/con/fianza. Se trata de la quinta y última obra de la saga Contraconfianza de H. Iván Arizmendi Galeno. La saga aborda las aventuras de un grupo de amigos que intenta salir victorioso en medio de una guerra por el control del narcotráfico en el país. El tratamiento de Arizmendi es ácido, paródico, lleno de humor negro y bailes cabaretescos; con ello nos muestra que esa guerra siempre “fue una farsa” que nos costó muchas vidas civiles. Ese sábado 25 de enero, presentamos todas las obras de la saga ante espectadores entusiastas que llenaron el teatro durante las seis horas y media que duró todo el evento. Todo ese día me pasé repitiéndome en mi cabeza que yo no tendría que estar en el escenario. Y es que esta función la hicimos en Honor y Agasajo de mi mejor amigo, Iván Arizmendi, quien partió de este mundo el pasado 29 de diciembre de 2019 a los 32 años de edad. Yo no tendría que estar en el escenario sino él que, desde que comenzó toda la travesía de la saga con la obra Sin/ con/ fianza en 2011, interpretó al personaje más entrañable: Doña Equyz. Para esta función especial, los productores de Peregrino Teatro y Pin Up Show Studio decidieron invitarnos a Ana Belén Ortiz y a mí (al ser personas cercanas a Iván) para que, junto con el propio director y actor David Herce, interpretáramos a ese carismático y crítico personaje. Yo ejecuté los capítulos 1, 2 y 5; Ana, el 3, y David el 4. Nunca había estado ante un público tan entregado al teatro. Ellos se sostuvieron y nos sostuvieron, tanto energética como anímicamente, con su llanto, risas y aplausos durante todo ese tiempo.
En el segundo capítulo de la saga titulado Des/con/fianza, yo interpretaba a Bato X, quien había recibido un disparo y que, por arte de mutación alquímica arizmendiniana, resucita en una de las últimas escenas. Sin embargo, Bato X ya no es el mismo: pide que le den un vestido, se pone una peluca, le ayudan a colocarse unas botas de tacón y, cuando le acercan un bastón debido a que el disparo lo recibió en el pie, y le dicen “Toma, Bato”, este responde corrigiendo tajantemente “Tenga… Doña X”. En ese preciso momento, el público se volcó en gritos y aplausos como grandes fanáticos que reconocían el talento y trabajo de Iván. Me paralicé durante casi un minuto que duró la ovación. Yo no tendría que estar en escena sino él para recibir todo ese reconocimiento y cariño de su público. Yo no tendría que haber estado en escena, sin embargo, cada segundo ahí dediqué esa existencia al espectador de la butaca 77, Iván Arizmendi.
La última vez que había bailado antes de esto fue el 11 de septiembre del 2019 en una cantina del centro de la ciudad llamada La Faena. Festejábamos el cumpleaños de la investigadora y artista sonora Brenda Segovia con quien acabábamos de realizar el segundo movimiento de la pieza interdisciplinar Resonancias liminales en La Purísima Arte Contemporáneo ubicada dentro de la Biblioteca del Congreso. Convocados por el artista plástico Zael Von Mazon y la propia Brenda, los Antropófagos –Laura Muñoz, Iván Arizmendi y yo–, desarrollamos en los primeros 3 miércoles de septiembre esta pieza duracional que desmenuza y aborda el desgaste del cuerpo al habitar un espacio y su resonancia correspondiente, permeando dicha noción desde diversos puntos focales: la materialidad y el soporte del dibujo, la liminalidad y resistencia corpórea, lo efímero del movimiento, así como la degradación de la memoria corporal como huella espacial.
La Faena es una cantina adornada con motivos de la tauromaquia. En varias de sus vitrinas empotradas en la zona alta de sus paredes se ven maniquíes con grandes vestimentas de toreros simulando escenas de la vida cotidiana de ese ambiente. A los Antropófagos nos interesó una de ellas en la que se mostraba a dos toreros frente a frente, muy cerca el uno del otro, como si estuvieran bailando, a punto de besarse. Iván le tomó fotografía. Algunos de los clientes comenzaron a poner música en la rocola de la cantina pese a que el lugar estuviera por cerrar. Laura comenzó a bailar con Zael. Le extendí la mano a Iván y nos levantamos a bailar como tantas otras ocasiones anteriores. Él siempre quería guiar y yo nunca tuve reparos en ello. Mientras bailábamos, fuimos notando la incomodidad en varios de los clientes. Este tipo de reacciones nos parecían divertidas. Incluso casi todos los que estaban en la misma mesa donde festejábamos a Brenda decidieron salir “a fumar”. Nos divirtió más y comenzamos a bailar con mayor gozo. A final de cuentas, incomodar siempre ha sido un objetivo de los Antropófagos. La convergencia en esta actitud fue la que nos llevó a Iván y a mí a fundar la Editorial Antropófagos en 2007. Así que cada que lo conseguíamos, como esa noche en La faena, nos regocijábamos en ello. Bailamos dos piezas seguidas, reímos mucho, miramos intensamente a otras mesas para joderlos, comentamos en nuestros oídos sobre sus actitudes, reímos más y luego regresamos a nuestros lugares. Nos tomamos una selfie. No lo sabíamos entonces, pero ese día fue la última vez que estuvimos en escena juntos, la última vez que nos tomamos una fotografía, la última vez que bailamos e incomodamos a tantos.
“Yo estoy aquí a pesar de mí”, repetí después de bailar con Adrián Ladrón ante el público de Los mansos. Así como Dostoievski, así como Tantanian, así como El Ghetto, me pregunto ¿qué significa decir “yo”? porque, desde la partida de Iván, la sensación que tengo es la de estar habitando otra realidad, una sin él, y tengo que aprender a operar en ella. Me siento extraño, ajeno a mí mismo, con muchos asuntos pendientes que me mantienen en este mundo. Un fantasma. Como ese árbol al final de Los mansos: artificial, obligado a levantarse en la escena por una vieja maquinaria de madera activada por alguien más.

Diseño de portada: Laura Muñoz
Para conocer la Saga Contaconfianza de Iván Arizmendi puedes visitar la Editorial Antropófagos
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