Teníamos gustos similares, se notaba en todo. En el desayuno: dos cafés con leche, los huevos estrellados y un pan dulce —aunque me atrevo a decir que yo te pasé el gusto por las donas de azúcar—. En el trabajo: cada quién en su espacio en el departamento; ése que ya no era tuyo y, desde hace medio año, pasaba también a ser de mi propiedad cuando pronunciabas nuestro. Te gustaba recalcarlo para hacerme sentir como en casa. Mi casa no era ese tercer piso con vista al parque, mi casa eras tú.
Las cosas comenzaron a llegar de a poco. Lo primero que me llevé fue el alhajero de mi madre, con los collares de cuarzos que ella usaba desde que yo era pequeña. Me gustaba verlos a contra luz y notar las figuras de arcoíris en el piso. Era lo único que me quedaba de ella, eso y una fotografía que cada vez se veía más desgastada. El terror de perderla me llevaba a mi verdadero miedo: olvidarla por completo. Empecé a usar los cuarzos, que llevaban resguardados entre el polvo más de una década, cuando te conocí. No sé por qué ese día usé uno. La primera vez que me tocaste la cintura con tus manos sentí una electricidad que me invadió todo el cuerpo; el cuarzo negro se enredó en tu cadena de plata cuando nos besamos por primera vez entre la multitud que escuchaba a The National en el Pepsi Center.
Los meses pasaron como si no hubiera necesidad de contarlos. Supongo que así es cuando no esperas cumplir un mes más porque no llevas la cuenta, el amor no sabe de números. Las noches amaneciendo en tu casa escuchando tus discos de jazz llevaron a que tuviera una pijama favorita: tu camisa blanca que me llegaba a los muslos, que te dejaba ver desde las puntas de mis pies hasta la parte baja de mi cadera cuando me iba de puntillas al baño en la madrugada. No tuviste que pedirme que me mudara contigo, y eso parecía lo más extraño. Poco a poco comencé a habitar tu cuarto con mis jeans rotos, mis chamarras, mis aretes; después dejé una muda de ropa. Me compraste un shampoo que me gustaba, una de tus tazas ya era mía y me apoderé de la cafetera. Nos dimos cuenta de que llevábamos una semana viviendo juntos un martes que, en un pestañeo, volvimos a estar en el segundo día de la semana sin que yo regresara a casa de mis padres.
Con las semanas que iban pasando llegaron los meses. A mi alhajero se sumó una pila de mis libros para la tesis del posgrado, mi secadora y un ejército de plantas que llenaron de vida tu departamento minimalista. El primer mueble que compartimos fue uno de tus libreros, me dijiste que no te sorprendía que se iba a duplicar el número de libros en tu casa.
Los paseos por Parque Delta nos llevaban a las tiendas de muebles, como si el destino nos dijera que el siguiente paso era pasar de llevar mis cosas en el carro a abrir una caja juntos y estrenar un sofá azul que nos había gustado. Lo vimos varias veces. La primera vez que lo encontramos en nuestro camino llevábamos año y medio saliendo. Huíamos de ese decreto divino, pero no pudimos evitarlo: una venta nocturna lo tenía al 30% de descuento; el golpe bajo nos lo dieron cuando entró en liquidación y a doce meses sin intereses.

Yo siempre supe que la caja enorme que subimos tres pisos representaba un nivel más de “compromiso”. La primera vez que nos paramos frente al cartel de oferta del sofá era el reto: la vida juntos, a doce meses sin intereses. El sofá iba a desgastarse con nosotros poco a poco. Era algo nuevo que nos mostraría el paso del tiempo, cuando las costuras comenzaran a deshilarse.
Lo primero fue una copa de vino. La primera discusión, que duró más de tres horas. Esa mancha nos recordaba que ahí, en medio del respaldo azul, se había arreglado el altercado entre risas y mordidas en los labios. La mancha nos dolía: faltaban nueve mensualidades de $800 y no hacían descuentos por manchas o desperfectos.
Me quedé dormida en los brazos aterciopelados la noche que un mareo extraño me tumbó en la sala. Te quedaste conmigo y me cobijaste cuando me daban escalofríos. La prueba decía negativo; esa noche pensamos, por primera vez, que un bebé podía ensuciar de papilla los cojines del sofá. Seis mensualidades. Total a pagar: $4,800.
Las historias de los libros se contaron mientras me sentaba a leer mirando hacia la ventana con los lentes sobre la cabeza para apretar los ojos y pensar mejor, aunque viera peor. Tus proyectos del despacho de arquitectura dejaron un poco de pegamento de cuando hacías las maquetas hasta tarde y se te caía algo que rebotaba en la base de la parte baja del sofá.
Las mensualidades se volvieron un gasto asumido: $800 al mes para el mueble a doce meses sin intereses. Por un momento pensé que no lo lograríamos. Doce meses sin perder la batalla, no del pago, de la convivencia en pareja. Un año de desayunos iguales, de cafeteras sin filtro por mis noches trabajando en una novela. De hoyos en la sala por intentar colgar un cuadro que casi nos cae en la cabeza.
Volvimos a la tienda de muebles. Ahora nos acechaba un tocadiscos vintage para tus viniles de jazz y los míos de música de los setenta. Nos miramos y lo supimos, queríamos la vida juntos a doce meses sin intereses.
Imagen principal: Charotte May en Pexels.
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