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Escribir, una vez en la vida.

Para Alejandro Rojas.

I

Sobre la espalda de una mujer. Es importante que se haga con una pluma fuente y consumado el primer arranque pasional, porque dicho acto requiere paz y paciencia. La mujer debe estar completamente desnuda; con un movimiento suave colóquela de espalda, destape la pluma, que debe tener lista, e inicie la escritura. Advierta el estremecimiento que provoca la primera palabra que surca el trapecio en la espalda. A través de la pluma, sienta los espasmos que dominan el cuerpo femenino conforme avanza la caligrafía, el punto y seguido puesto sobre alguna vertebra le arrancará un suspiro, las comas sobre el dorsal le provocarán una risa que al poco tiempo será gemido. Continúe así hasta donde la espalda termina para dar paso al nacimiento de las nalgas, deténgase ahí. Si tiene suerte, contemplará la tinta escurriendo de la espalda a la sábana (es importante que ésta sea blanca) como la simiente gotea de entre las piernas femeninas. Deposite un beso en el hoyuelo de venus y rubrique su escrito, si ella le pide que lo lea, niéguese rotundamente, bésele la espalda, ámela sin buscar su rostro.

II

En un muro. Va necesitar una lata de pintura en aerosol. Lo que escriba no importa mucho, al menos no en este caso, lo relevante aquí es el adrenalinazo que le purgará el alma. No se vale hacerlo en una marcha o manifestación, con el rostro cubierto y rodeado de cómplices, porque pierde sentido y significado, se pasa de ser un auténtico rebelde a un vándalo, y existe diferencia entre ambos. Olvídese de los grafiteros y su arte callejero, de los pensamientos profundos, lo que importa del acto es transgredir la seriedad de las paredes con una o tres palabras políticamente incorrectas, que incordien a todo aquel que lo lea. Resulta importante pero no indispensable que el muro tenga un significado, espere a que la noche lo respalde y escriba sobre la pared escogida, asegúrese que las letras sean grandes y estén mal trazadas, no es necesario que crea en lo que escribe. Cuando pasé por el lugar y observe su obra, disimule la sonrisa, porque puede delatarlo.

III

En una máquina de escribir. Hablo de las antiguas Remington, las Olivetti, las Olimpia. Sáquela del estuche y acomode las hojas en el rodillo, empuje la palanca de retorno e inicie el texto. Algo tiene esta manera de escribir que evoca a los pianistas, el ruido de las teclas impulsando las pequeñas letras moldeadas en metal para chocar contra el papel crean un sonido parecido al del granizo cuando se estrella contra algún techo de lámina o el cristal de una ventana. Al principio los dedos teclean con miedo, pero conforme se avanza es posible lograr un ritmo: el ritmo de la idea, que es matizado por el timbre que advierte el fin del renglón y armoniza con el sonido del rodillo cuando retorna la hoja. Escribir en estas máquinas le sirve a aquellos que andan por la vida con ínfulas de escritor, porque ahí no existe artimaña alguna que los libre de sus errores y falta de oficio, a ella no le importa el talento. Más que una herramienta de trabajo para oficinas, la máquina de escribir es un instrumento que llegó tarde al parnaso de la música, el aparato que produce la argamasa que sostiene a los escritores verdaderos; tal vez por esto cierto sector de la humanidad no descansó hasta volverla obsoleta.

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IV

Con la orina. Esto es algo natural en los varones que cruzan la adolescencia, sin embargo, algunas mujeres lo hacen para probar la fortaleza y la templanza del hombre que pretenden. “De ti depende que hoy sea tuya”, le dicen por teléfono con voz dulce y tentadora al tipo en cuestión, antes de citarlo en un lugar acorde a sus intenciones. Le invitan una dotación de cervezas, por algún misterio que aún no es revelado, las que aspiran a un hombre abstemio lo hacen con agua, café o té, nunca con refresco. Permiten que el varón entre al baño tres veces, luego lo ven a los ojos y hacen manifiesto su deseo: “Si de verdad me quieres, debes orinar hasta que yo te diga, no te arrepentirás”. En este punto lo hacen ingerir más líquido, procurando excitarlo, primero de manera sutil y luego con descaro. Si el hombre observa la escena con atención, descubrirá el placer que despierta en los ojos de la fémina el hecho de verlo someter su necesidad biológica al deseo de poseerla. Cuando ella nota que él ya no puede más, que la necesidad de orinar lo hace retorcerse, lo lleva al exterior del lugar, se para atrás de él, le baja el cierre, toma la erección como si fuera un bolígrafo y le dice: “Si logro escribir mi nombre, soy toda tuya, haré cualquier cosa que me pidas”. Son pocos los hombres que pasan la prueba, sobre todo si el nombre de la mujer es largo o ella decide escribirlo en diminutivo o manuscrita, se rumora que los pocos que lo consiguen son dichosos para siempre.

V

Con leroy. Hablamos de un estilo propio del dibujo técnico que hoy puede considerarse artesanal, casi olvidado. Si corre con suerte y logra conseguir el leroy, deléitese con el orden que exhiben los puntos, las regletas, el cangrejo. Tenga lista la tinta china y prepárese. Antes de trazar la primera letra, se recomienda sentir con las yemas de los dedos el abecedario que las regletas ostentan en bajo relieve, descubra con el tacto que la circunferencia de la “O” guarda el recuerdo de la pelota que alegró sus días de infancia, no se sorprenda si al pasar un dedo por el triángulo que la “A” mayúscula tiene en la parte superior advierte el sonido del triángulo musical, la “Y” representa una disyuntiva que no importa cuando llega la “Z”, destrozando toda duda con su forma de rayo. Ponga tinta en el cartucho, coloque el cartucho en el punto, el punto en el cangrejo e inicie su trazo sobre una hoja de papel albanene. El trabajo requiere buen pulso y paciencia, no lo intenté si padece resaca, porque sólo encontrará frustración. Debe pensar muy bien lo que va escribir, hacer una carta usando leroy demuestra un amor enfermizo, por eso resulta idóneo para escribirle una misiva a la madre o al padre, sin embargo, es el instrumento ideal para trazar el epitafio que lucirá su tumba en bajo relieve.

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VI

Con gis. Práctica propia de niños y poetas de prosapia. Los infantes se divierten rayando los muros y el piso con la inocencia del aprendiz, los poetas lo hacen por envidia, en cualquier banqueta escriben el poema de algún colega cuyo trabajo celen y se deleitan borrando lo escrito con una micción. Se sugiere que cualquier mortal, sin ser niño ni poeta, lo haga alguna vez en la vida. Debe esperar la temporada de lluvias pensando lo que va escribir, porque no puede tratarse de cualquier cosa, debe ser algo de vital importancia; por ejemplo: el testamento, una carta de suicidio, el diagnóstico de la enfermedad que lo aqueja, el nombre de las personas que ama. Cuando los truenos y relámpagos anuncien el primer aguacero, porque con una llovizna pierde sentido el acto, debe buscar un pedazo de suelo que se encuentre a la intemperie y escribir con el gis. Es recomendable acompañar la espera del agua con un trago, cuando la lluvia se precipite con toda su fuerza, el escribano debe observar, detenidamente, como el agua borra su texto, entonces entenderá el significado de la palabra eternidad. Este acto no se recomienda a los débiles de carácter, la osadía ha cobrado la vida de muchos desconocidos.

VII

Con sangre. No hace falta desangrarse para redactar el texto, basta firmarlo al pie para cerrarlo con broche de oro rojo y dejar claro que lo escrito puede no ser importante pero sí trascendente. En este caso se recomienda enamorarse de una mujer imposible para el amor, pero asequible a la amistad. Visítela regularmente, sobre todo las últimas dos semanas de cada mes, entre al baño y busque en la basura las toallas femeninas que desecha y atesórelas con paciencia. Cuando tenga unas diez, consiga un vaso con agua, un gotero y una pluma fuente sin tinta. Saque la toalla y ponga unas gotas de agua sobre la mancha roja, observe como la sangre vuelve a la vida, remoje el punto de la pluma en la mancha húmeda y escriba sobre una hoja de papel bond extra blanco. Procure expresar todo lo que siente por ella, cuidando redacción y ortografía, piense que el mínimo error volverá vano el esfuerzo. Entregue la carta en un sobre lacrado y pida a la mujer que lo abra al instante para que lea el contenido en voz alta. Cuando le diga que la letra casi no se ve, explíquele la razón, confiese lo que hizo. Si el acto le despierta ternura, procure amarla hasta donde le sea posible. Si la confesión le despierta asco y lo tilda de enfermo, procure olvidarla poco a poco para que sufra mucho, porque se lo merece.

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VIII

Con sopa de letras. Como niño de kínder, pero haciendo a un lado la parte lúdica. El comedor de su casa debe estar libre, porque será la hoja donde acomodará las letras que formarán las palabras deseadas, resulta ideal escribir eso que siempre quiso decir, pero nunca pudo expresar. Tenga un diccionario de sinónimos y antónimos a la mano, porque las letras se agotan de una en una y será necesario buscar otra palabra con el mismo significado, pero con otras letras. No se vale comprar otra bolsa de pasta, se debe usar una hasta acabar con todo el contenido, no importa que al final del texto sólo tenga algunas vocales y consonantes que insinúen lo que quiso decir. Lea su texto en voz alta, iniciará la lectura expresándose claramente y al final balbuceará, ahí es donde tiene que llegar, al inicio del lenguaje, a descubrirse incomprendido.

IX

Con la lengua. Pocos saben que las mujeres gustan usar la saliva como tinta, la lengua como pluma y la piel del hombre, no necesariamente amado, como papel. Una noche antes de ejecutar la escritura, las féminas le procuran una buena cantidad de ron al varón, para que al otro día lo hagan transpirar la resaca con pasión. El lugar que prefieren para escribir con la lengua es el abdomen, que el hombre lo tenga marcado o luzca panza no les importa, ellas persiguen el placer que les proporciona la mixtura del sabor dulce y salado que la piel deseada adquiere con el sudor y el ron. La degustación les evoca las golosinas de su infancia, sobre todo el pulparindo y las paletas tama-roca. Suelen escribir mentiras. Esta práctica se sugiere a los hombres que gustan del tequila, es importante que la mujer esté recién sudada y el tequila que se deguste sea blanco (recomiendo el Siete Leguas). Suplique a la fémina que se quite casi toda la ropa, menos el sostén y las pantaletas (si usa tanga es mejor), recuéstela en el sillón y beba un sorbo de tequila, luego escriba salud con la lengua sobre el vientre femenino. Trate de moderar el hábito, porque el acto conduce a muchos hombres a la cirrosis, a volverse esclavos de la mujer o, en el peor de los casos, a la infidelidad.

X

En la mente. Todos sabemos hacerlo o lo hicimos alguna vez, procure no perder la práctica.