Por la senda del “ya voy”
Hace unos días, que más bien serían meses —aunque medir el tiempo con exactitud se me antoja a últimas fechas algo ocioso—, platicaba con unos amigos sobre las lecturas “apropiadas” para realizar durante la pandemia. La mayoría se emocionaba con la posibilidad de leer o releer El Decamerón, entre las sugerencias más socorridas se encontraba, por supuesto, Ensayo sobre la ceguera y, uno de ellos, dedicado a la promoción editorial, afirmaba que las ventas de La peste habían subido considerablemente a raíz de que se anunciara el confinamiento en México. Ya sabrán ustedes que los lectores no nos salvamos de caer en los lugares comunes y corremos gustosos a buscar en la literatura las predicciones que nos ayudan a sortear los momentos calamitosos.

Yo les escuchaba atenta, pero con recelo, quizá porque mis ánimos, comúnmente apocalípticos, se encontraron en esos momentos presa de un optimismo inusual o quizá porque estaba algo cansada de que todas mis lecturas giraran en torno a la desgracia. Debo decir que tiendo a la melancolía, así que me parecía enfermizo abonarle a esta tendencia natural un elemento externo. Esa noche, mientras conciliaba el sueño y pensaba en las sugerencias de los amigos, decidí que no destinaría mis tardes a leer aquello que me recordara la precaria situación social y sanitaria que estábamos viviendo. No imaginaba encontrar el amparo que mi estado psíquico necesitaba en libros que retrataran enfermedades, desastres y caos social; así que opté por dejar esas lecturas a intestinos resistentes. Debo aclarar que carezco por completo de un sistema digestivo capaz de soportar en estos tiempos los arrebatos emocionales que conllevan las novelas de ese tipo. Recordé entonces que había comprado una edición de Los tres mosqueteros que reposaba aún sin abrir en mi buró. Había leído varias novelas de Dumas (tengo especial cariño a su trilogía sobre la dinastía de los Valois), pero por alguna razón u otra, nunca la célebre historia de los cuatro amigos. Como ya el sueño se había esfumado, me puse a leerlo y así continué muchas horas. Desde entonces, la invitación de Athos me ha acompañado durante los días de encierro e incertidumbre: “La vida es un rosario de miserias que el filósofo pasa riéndose. Sean filósofos como yo, señores, siéntense a la mesa y bebamos”. Así que, después de la ración de trágicas noticias diarias, me siento en compañía de unos alegres rizos cerca de mi ventana y, con cerveza en mano, recuerdo que nada parece perdido cuando se mira a través de un buen vaso de vino. Cierro los ojos, me echo un trago y vuelvo a aquella vieja taberna cerca del Louvre en donde D’Artagnan soñaba con ser mosquetero.