Corte de cabello
Cuando nada importa menos que un corte de pelo
Andrés Calamaro.
Corría el mes de junio de este caótico 2020 y mi cabeza exigía un corte de cabello. El temor de ir a la peluquería en medio de una contingencia sanitaria me obligó a optar por acciones desesperadas. Así que tomé la maquina Conair que uso para afeitarme, las tijeras y le pedí a mi esposa que procediera con la tarea. Ella se negó argumentando que ignoraba todo lo referente a la peluquería; ante tal desplante de sensatez, no me quedó otra más que insistir con ahínco y desparpajo.
El resultado nos obligó a buscar un par de gorras que hace mucho no usaba mientras prometíamos nunca, pero nunca, usurpar un oficio respetable sin checar antes algún tutorial de YouTube, por lo menos.
Cuando era niño, mi madre me llevaba cada mes a la peluquería, daba instrucciones al peluquero y terminaba con el cabello corto y peinado idéntico a mi padre, totalmente ajeno a las nimiedades del espejo, feliz.

Pude seguir así toda la vida, pero el segundo viernes del primer año de secundaria una chica me dijo: “Te verías mejor con otro peinado, con otro corte de cabello, pareces viejito”. Esas palabras pusieron fin mi infancia y dieron inicio a la pubertad. El siguiente lunes fui a la peluquería, me acomodé en el sillón mientras el peluquero preguntaba: “¿Cómo lo quieres?”. Con la ingenuidad propia de los doce años, le pedí un corte moderno a un señor que parecía tener más edad que mi abuelo, el chiste se cuenta solo. El nuevo look fue un desastre, me lo dijo el desaire burlón de la chica que lo propició. El bullying de mis compañeros y el “¿Qué chingados te hiciste en la cabeza?” proferido por mi padre que, compadecido, me dio dinero para volver con el peluquero. No lo hice, preferí a la mujer que le cortaba el cabello a mamá.
Al llegar con la estilista, ésta dijo entre risas: “El corte que traes se llama cola de pato y no es moderno”. Me hizo un corte de honguito y todo mejoró un poco, pero no por mucho tiempo.
Yo ignoraba que el corte de honguito transgredía las normas de la secundaria. Esto lo supe la tarde que un prefecto me llevó a orientación por intercambiar groserías y golpes con un compañero que, por cierto, tenía el mismo look. El orientador tuvo a bien proporcionarnos unas tijeras y pedirnos, de la manera más atenta, que desahogáramos nuestra furia practicando estilismo, yo en la cabeza del compañero y viceversa. Lo hicimos ante la mirada burlona del orientador, al amparo de un título que colgaba de la pared cual pinche mosca embarrada y que lo avalaba como psicólogo. Me gustaría decir que mi papá se indignó cuando le conté lo sucedido, pero no fue así, se limitó a reír y me dio dinero para ir una vez más con el peluquero.
La estilista encontró la manera de paliar la norma escolar y proporcionarme un estilo: largo de arriba, desvanecido a los lados, peinado hacia atrás con algo de gel. Fui feliz unos días, pero, la verdad, siempre me dio flojera peinarme.
Estaba a la mitad del último año de secundaria, me gustaba el rock y deseaba traer el pelo largo, al más puro estilo de Kurt Cobain o Saúl Hernández, pero las reglas escolares lo impedían.
Un día me invitaron a un concierto de La Castañeda, que en ese entonces promocionaba su disco “El Globo Negro. Locus Niger.” Tocaban Tloque Nahuaque cuando Salvador Moreno, vocalista de la banda, invitó al público a formar parte de la Gran Fraternidad Pelona (GFP), su club de fans. El rito iniciático consistía en raparse. Esa tarde, mi cabello cayó, no porque quisiera unirme a la GFP, me rapé porque era gratis y estaba harto del gel, del peine, de los prefectos, de los orientadores.

El gusto me duró poco más de dos meses. Mi mamá dijo que no deseaba verme pelón en la clausura y tuve que ceder. El cabello ya no me creció lacio, como solía tenerlo, ahora era quebrado, casi chino… ¡aquello fue una maldita pesadilla!
Conservo pocas fotos de la secundaria, cosa que agradezco, porque en la clausura mi cabello parecía el de Al Lewis como el abuelo Munster.
En la preparatoria tuve el pelo largo, al despertar lo ataba y después de bañarme lo cepillaba y listo, los días transcurrían sin angustias capilares. En el segundo semestre de la universidad tuve un grave accidente. Como ingresé inconsciente al hospital, cuando desperté tenía el cabello mordisqueado y unas grandes puntadas surcaban mi cabeza. Me rapé, de nuevo. Use boina un tiempo y luego dejé que creciera lo suficiente para atarlo. Cierta noche acudí a una fiesta, me sorprendió encontrarme a otros tipos que, como yo, lucían una incipiente colita de caballo, pero con barbita, lentes de pasta, saco de pana y conversación profunda que poco tenían que ver con los Vans, la playera de The Strokes y la vieja chaqueta de cuero que siempre usaba. Comprendí que el pelo largo era de aquellos que con aire intelectual se decían pensantes y únicos, pero parecían hechos en serie, ya no era lo mío. Me lo corté y nunca más cedí a la tentación de traer el pelo largo.
Resignado a pedir una cosa en las peluquerías y recibir otra, llegué al negocio de don Braulio, peluquero sexagenario de la vieja escuela que me procuró un corte decente. Éste lucía bien cuando lo peinaba y los días que no lo hacía se veía mejor. Don Braulio me animó a dejarme crecer la barba, lo hice durante dos años.
Asistir al peluquero era un auténtico placer, por noventa pesos me arreglaba la barba y cortaba mi cabello, no tenía que decirle cómo lo quería, el tercer sábado de cada mes asistía puntual a la cita y salía contento. Pero lo bueno no dura para siempre
El tercer sábado de noviembre del 2018 llegué al negocio de don Braulio, con horror, descubrí su peluquería transformada en barbería, me recibieron unos jóvenes que al entrar preguntaron si quería una agüita, un refresco o una cervecita. Enfrenté, de nuevo, la maldita pregunta: “¿Cómo va ser?”. Resulta irrisorio que un barbero terminara echando a perder mi larga barba, sin contar con que el corte me hacía ver como un Tizoc posmoderno. Pagué el equivalente a una botella de Johnnie Walker Red y me fui a casa con la sensación de haber sido timado.
Vago por la vida sin un peluquero, estilista o barbero (no entiendo la diferencia entre los tres) que me entienda, a veces me toca un buen día y el corte queda bien, otras toca uno malo y vuelvo a casa frustrado. No me gusta peinarme, ni usar gel, pero ayuda cuando andas por el mundo sintiéndote un impresentable. Ya sé que esto es algo muy banal, pero tenía que escribirlo.
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