Se dedicaba a verificar los sellos y matasellos de toda la correspondencia que llegaba a la oficina de correos de Ciudad de México.
Debía mirar muy detalladamente que el sello correspondiera a cada delegación, que el color estuviera bien puesto, que la posición fuera la correcta y que las líneas delinearan cuidadosamente los animales, los que representaban cada parte de la ciudad a la que llegarían las cartas. Eso había sido idea del anterior director de correspondencia, que creía que así se agilizaría la entrega de las cartas, además, era un esteta incorregible.

Sus días transcurrían tranquilos, pausados, era paciente y le gustaba mirar la correspondencia ajena y pensar lo que allí podría haber, una gran noticia, un recuento de un secreto, pero no, ya el tiempo había pasado. Recordaba que eso había pasado hace unos 30 o, quizá 40 años; ahora la correspondencia se encargaba de otros asuntos, como de la superficie burocrática y gris de cada vida.

Un día las cartas empezaron a llegar sin los sellos ni los matasellos, dijeron que el director había dicho que ese detalle era solo una pérdida de presupuesto, porque a diferencia de antes esos matasellos no inhabilitaban las estampillas, nada pasó con el verificador de matasellos, le asignaron una nueva labor, repetitiva y sistemática, pero sin el valor estético que su trabajo anterior tenía y que él tanto gozaba, ahora, debía verificar un seriado al dorso de cada carta.
Así pasó durante esa semana y la otra, pero la tercera, algo ocurrió. A las afueras de la sede de correspondencia se hizo una larga fila de personas, manoteaban y peleaban, cuando uno de los trabajadores de la oficina de correos preguntó qué pasaba, gritaban que los matasellos y los sellos faltaban, que nadie les había consultado.

Se les aseguró que se les daría una pronta solución, pero como eso no se solucionaba, las filas se reiteraron durante días y semanas, hasta que la noticia llegó a manos del director que hizo un simposio para decirle a las personas que eso era irrelevante, que los costos que se habían dispuesto serían aprovechados en un mejor papel, un seriado más certero, para costear domiciliarios más rápidos.
Pero las semanas siguientes, fueron encontradas personas que morían, por paro cardíaco, por un resbalón, por un dolor repentino, todas morían con la carta en las manos. El asunto se volvió un asunto nacional. Se decidió trasladar la sede de correspondencia. Pero las muertes seguían ocurriendo.
El verificador de los matasellos dijo “Qué chingados, volvamos a poner los sellos y los matasellos ”. Al ver lo que ocurría y a pesar de la posición incrédula del director, lo hicieron, las personas volvieron a recibir cada una la carta con sus matasellos, con cada sello, con el color y el animal de cada delegación.
Una vez ocurrió esto fueron cesando las muertes, así como se hizo apremiante la necesidad de crear museos de matasellos, bibliotecas de matasellos y de mirar la vida fijamente, placenteramente, así, como el verificador de matasellos hacía, cada vez que contemplaba el mundo de esos perfectos símbolos coloridos.

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