Aquel tierno olor a guayaba - MilMesetas

Por la senda del “ya voy”

“y esparciste por tierra fruta y flores”

Garcilaso de la Vega

Mi abuela me dejó infinidad de recuerdos. Viví cerca de ella mi infancia y durante la adolescencia me gustaba pasar los fines de semana en su casa del pueblo. Era franca y dulce, le encantaba escucharme y siempre mostraba un genuino interés por conocer mis andanzas. Yo prefería oírla, sus pláticas aderezadas con sabrosas anécdotas me hacían olvidar las penas propias de la pubertad. Hablaba siempre con refranes y, poseedora de esa sabiduría popular profunda y cálida que tienen los ancianos, disfrutaba tener el dicho perfecto para cada ocasión. Me divertía platicarle situaciones descabelladas, siempre en espera de que algún día no encontraría las palabra precisas para extraer una enseñanza. Sin embargo, eso nunca ocurrió: mi abuela era una fuente inagotable de moralejas que a la menor provocación bullían alegremente.

La veo sentada en su cocina, entre la estufa y la mesa, su lugar favorito, no sólo porque estaba fuera del alcance de los vientos que se colaban por la puerta, sino porque le permitía tener cerca una cazuelita de barro siempre llena de guayabas. Mi abuela era adicta a esta fruta y sufría cuando veía la cazuela a medio llenar. Así, entre historias del pueblo, episodios narrados a carcajadas y recuerdos de esos que aguan los ojos, se comía en cada charla cuatro o cinco guayabas. La cocina tenía impregnado el aroma del fruto; ningún guiso ni condimento logró nunca erradicar el delicioso olor que salía del mandil y las manos de mi abuela. Toda ella olía a guayaba.

Javier Dosil, junio 2020.
Xavier Dosil, junio 2020.

Hace años, husmeando en una pequeña librería de usados, encontré un libro de entrevistas a García Márquez titulado El olor de la guayaba. Instintivamente y con algo de desesperación comencé a hojearlo. No supe en el momento qué fuerzas ocultas motivaban tal estado, los olores mueven los hilos de la memoria, hilos invisibles a nosotros. Sin embargo no encontré lo que secretamente mi alma buscaba. El olor que García Márquez rememoraba era pútrido; el aroma que desprende una guayaba descompuesta era usado por el colombiano como recurso literario que le permitía concentrar, en una imagen olfativa, el ambiente un tanto rancio del Trópico. Devolví el libro al estante con algo de decepción y camino a casa recorrí con los recuerdos todos los árboles de guayaba que conocía hasta llegar a mi abuela y su cazuelita de barro. Como la evocación es necia y transita por veredas que uno no le ha señalado, se fue de largo hasta llegar a aquellos versos de Delmira Agustini en donde la poeta implora a una maga que calme la sed que siente. La hechicera con sus manos de  alquimista exprime una rara fruta (que yo imagino amarilla y redonda) en una copa y le da a beber el exquisito néctar. “¡Gracias, maga!”, termina el poema de Agustini. ¡Gracias, maga!, termina el recuerdo de mi abuela y su tierno olor a guayaba.

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