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En México, la identidad no solo se narra con palabras: también se toca, se atesora y se hereda. Nuestra historia cultural está inscrita en los objetos que acompañan la vida diaria, esos que, sin solemnidad alguna, sostienen fragmentos de nuestra memoria colectiva. Desde un molcajete de piedra volcánica hasta una foto guardada en la cartera, cada objeto cotidiano conserva capas de significado que revelan quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.

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Cuando el mundo se desordena, el arte se convierte en refugio. No como evasión, sino como un espacio para entender lo que duele. En medio del ruido político, de la incertidumbre y la fatiga, hay quienes vuelven a pintar, a escribir o a escuchar música no para olvidar la realidad, sino para poder habitarla sin quebrarse. El arte no cura el caos, pero lo vuelve soportable.

Eduardo Galeano (1998) decía que la función del arte no es reproducir lo visible, sino hacerlo visible. En tiempos de crisis, esa visibilidad se vuelve un acto de resistencia. Cada poema, mural o canción es una forma de decir “estoy aquí”, incluso cuando el entorno se derrumba. En América Latina, donde la historia ha estado marcada por la desigualdad y la violencia, el arte ha sido también un grito y un abrazo: un modo de convertir el dolor colectivo en memoria compartida.

El filósofo argentino Ernesto Sábato (1974) sostenía que el arte nace del sufrimiento y de la necesidad de redención. Cuando el ser humano se siente perdido, crea. Pintar o escribir no son actos de lujo, sino de supervivencia. En su mirada, el artista no escapa del mundo, sino que lo reordena simbólicamente para poder respirar dentro de él.

También Julio Cortázar (1969) entendía la creación como un gesto de libertad. En su literatura, lo cotidiano se desborda hacia lo fantástico, como si lo imaginario fuera la única manera de soportar lo real. Esa tensión entre juego y dolor, entre absurdo y ternura, define gran parte del arte latinoamericano: un intento por hallar belleza incluso entre los escombros.

Durante la pandemia, las pantallas se llenaron de conciertos, lecturas y exposiciones virtuales. Parecía que, aun encerrados, buscábamos la presencia del otro a través del arte. Porque, en el fondo, crear también es una forma de acompañar. Las crisis nos recuerdan que lo esencial no siempre se compra, y que en la fragilidad humana aún habita una profunda capacidad de belleza.

Personalmente, creo que el arte es el idioma más honesto que tenemos cuando las palabras comunes ya no alcanzan. En un mundo que se acelera, detenerse frente a una pintura o dejarse atravesar por una canción es un acto de resistencia. Nos devuelve a la pausa, a la emoción, a la humanidad que el sistema nos exige olvidar.

Quizá el arte no pueda salvarnos del desastre, pero sí puede recordarnos que todavía somos capaces de sentir. Y eso, en tiempos de crisis, ya es una forma de esperanza.

Referencias

Cortázar, J. (1969). Último round. Siglo XXI Editores.

Galeano, E. (1998). El libro de los abrazos. Siglo XXI Editores.

Sábato, E. (1974). El escritor y sus fantasmas. Seix Barral.

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Siempre me ha parecido hermoso cómo, en México, la muerte se mira de frente. No se le teme del todo, ni se le niega: se le pone mantel, flores, comida, velas y pan. Se le canta, se le bromea y, por unas horas, se le invita a casa.Crecí viendo a mi familia preparar el altar con mucho respeto y cuidado, colocando cada foto de nuestros seres queridos como si fuera una cita, una conversación pendiente. Y entendí, desde entonces, que el Día de Muertos no es solo una tradición, sino una forma de mirar la vida.

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En medio de esta temporada donde el cine mexicano se abre paso entre festivales y estrenos globales, The Follies (2025), dirigida por Rodrigo García, llega como una película que no busca deslumbrar, sino mirar hacia adentro. Es una obra íntima, fragmentada y profundamente emocional que habla de aquello que todos conocemos, pero pocos se atreven a nombrar: el peso de las expectativas familiares y sociales.