En México, la identidad no solo se narra con palabras: también se toca, se atesora y se hereda. Nuestra historia cultural está inscrita en los objetos que acompañan la vida diaria, esos que, sin solemnidad alguna, sostienen fragmentos de nuestra memoria colectiva. Desde un molcajete de piedra volcánica hasta una foto guardada en la cartera, cada objeto cotidiano conserva capas de significado que revelan quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.