Un libro es alguien. No te confíes.
Un libro es un engranaje. Ten cuidado con estas líneas negras sobre el papel blanco; son fuerzas; se combinan, se componen, se descomponen, entran una en la otra, giran una sobre la otra, se dividen, se anudan, se acoplan, trabajan. Esta línea muerde, aquélla aprieta y presiona, ésta otra arrastra, aquélla otra subyuga. Las ideas son un engrane. Te sientes atraído por el libro. No te soltará sino hasta después de haberle dado una forma a tu espíritu. Algunas veces los lectores salen de un libro totalmente transformados. Homero y la Biblia realizan estos milagros. Los espíritus más orgullosos, y los más finos y los más delicados, y los más sencillos, y los más grandes se rinden ante este encanto. Shakespeare estaba intoxicado por Belleforest. La Fontaine iba a todos lados gritando: ¿Has leído a Baruch? Corneille, más grande que Lucano, se sentía fascinado por Lucano. Dante se hallaba deslumbraba por Virgilio, menor que él.
De todos, los grandes libros son irresistibles. Es posible no abandonarse a ellos, se puede leer el Corán sin convertirse en musulmán, se pueden leer los Vedas sin volverse faquir, se puede leer Zadig sin volverse voltairiano, pero es imposible no admirarlos. Allí está toda la fuerza. Te saludo y te combato, porque eres rey, le dijo un griego a Jerjes.
Uno admira lo cercano a uno mismo. La admiración a los mediocres caracteriza a los envidiosos. La admiración a los grandes poetas es el síntoma de los grandes críticos. Para descubrir las alturas absolutas más allá de cualquier horizonte hace falta estar sobre una cima.
Lo que estamos diciendo es tan verdadero que es imposible admirar una obra de arte sin sentir cierta estima por uno mismo. Nos sabemos con la voluntad de comprenderlo. Hay algo en la admiración de fortalecedor que dignifica y engrandece la inteligencia. El entusiasmo es un tónico. Comprender es acercarse. Abrir un libro bello, complacerse en él, hundirse, perderse, creerlo, ¡qué fiesta! En la verdad residen todas las sorpresas de lo inesperado. Las revelaciones del ideal se suceden golpe a golpe. ¿Pero entonces qué es lo bello?
No definas, no discutas, no razones, no cortes un hilo en cuatro, no busques un mediodía con catorce horas, no seas tu propio enemigo a fuerza de dudar por la rigidez y los escrúpulos. ¿Hay algo más tonto que un pedante? Ve adelante de ti mismo, olvida a tu maestro de retórica, repítete que Dios es inagotable, repítete que el arte es ilimitado, repítete que la poesía no cabe en ninguna arte poética, no más que el mar dentro de una vasija, un cántaro o ánfora alguna; sé venturosamente un hombre bueno que tenga la grandeza de admirar, déjate llevar por el poeta, no repares en el golpe de la ebriedad, ¡bebe, acepta, siente, comprende, observa, vive, crece!
El relámpago de lo inmenso, algo que resplandece, y que es bruscamente sobrehumano, he ahí el genio. Ciertos aleteos supremos. Tienes el libro, estás bajo tus propios ojos, de repente parece que la página se rasga de punta a punta como el velo del templo. Por este hoyo aparece el infinito. Basta una sola estrofa, un verso, una palabra. Se ha alcanzado la cumbre. Todo está dicho. Lee a Ugolin, a Françoise en el remolino, a Aquiles insultando a Agamenón, a Prometeo encadenado, a los siete jefes contra Tebas, a Hamlet en el cementerio, a Job sobre su estiércol. Ahora cierra el libro. Sueña. Has visto las estrellas.
Existen algunos hombres misteriosos que no pueden ser de otra manera sino gigantes. Los buenos curiosos que componen la gruesa muchedumbre y el pequeño público, y que hay que tener cuidado de confundir con el pueblo, los quieren casi por eso. Los enanos culpan al coloso. Su grandeza es su error. ¿Qué es lo que tiene él, entonces, para ser grande? Llamarse Miguel de Cervantes, François Rabelais o Pierre Corneille, no ser el primer escribidor que ha venido, existir aparte, soltar todas estas sombras y abarcar todo este espacio; que tal mandarín, que tal sorbonista, que tal doctrinario famoso, no obstante gran personaje, no te llega a la cintura, ¿qué quiere decir? Que eso no se hace. Es insoportable.
¿Por qué, en efecto, son grandes estos hombres? No lo saben por ellos mismos. Aquél que los ha enviado lo sabe. Su estatura forman parte de sus funciones.
Tienen en la pupila alguna visión formidable que los lleva bajo sus propias pestañas. Han visto el océano como Homero, el Cáucaso como Esquilo, el dolor como Job, Babilonia como Jeremías, Roma como Juvenal, el infierno como Dante, el paraíso como Milton, al hombre como Shakespeare, a Pan como Lucrecio, a Jehová como Isaías. Ebrios de ensueño y de intuición, en su camino casi inconsciente sobre las aguas del abismo, han atravesado el extraño rayo del ideal que siempre los penetra. Este fulgor se despeja sus rostros, sombras a final de cuentas, como todo lo que está repleto de lo desconocido. Tienen sobre el rostro un pálido sudor de luz. El alma se les sale por los poros. ¿Qué alma? Dios.
Ahítos de este día divino, por momentos misioneros de la civilización, profetas del progreso, entreabren su corazón, y esparcen una vasta claridad humana; esta claridad es la de la palabra, pues el Verbo es el día. —Oh, Dios, gritaba Jerónimo en el desierto, te escucho por los ojos lo mismo que por los oídos—. Una enseñanza, un consejo, un punto de apoyo moral, una esperanza, he ahí su don; finalmente sus flancos desgarrados y sangrantes se cierran otra vez, esta queja vuelta boca y que habló, acerca sus labios y vuelve a entrar en el silencio, y lo que ahora se abre son sus alas. Más piedad, más lágrimas. Deslumbramientos. Dejan la humanidad atrás de sí. Ver otros horizontes, profundizar esta aventura llamada espacio, hacer una excursión a lo desconocido, ir al descubrimiento del lado del ideal, les hace falta eso. Parten. ¿Qué puede hacerles el azul? ¿Qué les importan las tinieblas? Ellos se van, le vuelven a las cosas terrenales sus espaldas asombrosas, expanden bruscamente su envergadura desmesurada, se convierten en quién sabe qué monstruos, espectros quizás, tal vez arcángeles, se hunden en el terrible infinito, con el estruendoso vuelo de los ángeles.
Entonces, reaparecen de repente. Helos aquí, sonriendo y consolando. Son hombres.
El lector, absorto, iluminado y enceguecido por el libro, siente estas apariciones y desapariciones, estas partidas y estos retornos, estos ocultamientos bruscos y estas súbitas presencias deslumbrantes, aunque no las vea. Está bajo el influjo del poeta, posesión provocadora, frecuentación casi mágica y demoníaca, apenas tiene consciencia del vaivén enorme de este genio; a veces lo siente lejos, a veces cerca de sí mismo; y estas alternancias, que producen sucesivamente la luz y la obscuridad para el lector, se marcan en su espíritu con estas palabras: —Ya no comprendo. —Ahora entiendo.
Cuando Dante, al dejar el infierno, asciende y entra al paraíso, la frescura que experimentan los lectores no es otra cosa sino el aumento de la distancia entre Dante y ellos. Es el cometa que se aleja. El calor disminuye. Dante está más allá, más adelante, más adentro, más lejos del hombre, más cerca del absoluto.
Schlegel, un día, considerando todos estos genios, planteó esta pregunta que en su caso no es sino un impulso de entusiasmo y que, en el caso de Fourrier o de Saint-Simon, sería el grito de un sistema: ¿Verdaderamente son hombres estos hombres?
Sí, son hombres; es su gloria y su misterio. Tienen hambre y sed; están sujetos a la sangre, al clima, al temperamento, a la fiebre, a la mujer, a sufrimiento, al placer; poseen como todos los hombres, inclinaciones, cuestas, adherencias, caídas, satisfacciones, pasiones, engaños; tienen, como cada hombres, una carne con enfermedades y atractivos que son también enfermedades. Poseen una bestia.
La materia pesa sobre ellos, y ellos también gravitan. Mientras que sus espíritus orbitan alrededor de lo absoluto, sus cuerpos giran en torno a la necesidad, al apetito, a la carencia. La carne tiene sus voluntades, sus instintos, sus concupiscencias, sus pretensiones de bienestar; es una suerte de individuo inferior que jala hacia su lado, lleva a cabo sus asuntos en su esquina, en su propia parte de la casa, provisto de sus caprichos y sus necesidades, a veces como un ladrón, y la gran confusión del espíritu al cual hurta lo que le pertenece. El alma de Corneille escribe Cinna; la bestia de Corneille la dedica al financiero Montoron.
En el caso de algunos, sin ver nada de su grandeza, la humanidad se afirma en la discapacidad. El rayo del arcángel radica en el cerebro; la noche brutal se posa en la pupila. Homero es ciego; Milton es ciego. Camões tuerto parece un insulto. Beethoven sordo es una ironía. Esopo jorobado a la par de un Voltaire del cual Dios creó su espíritu dejando el cuerpo en las manos de Fréron. La discapacidad en la que la deformidad inflingida a estos queridos augustos del pensamiento hace el efecto de un contrapeso siniestro, de una compensación poco confesable allá arriba, de una concesión hecha a los celosos de la cual debe avergonzarse el creador. Puede ser que con quién sabe qué triunfo envidioso, del fondo de estas tinieblas, la materia mire a Tirteo y a Byron planear como genios y cojear como hombres.
Estas discapacidades venerables no inspiran ningún temor a aquellos que el entusiasmo vuelve pensativos. Más allá de eso, parecen un signo de elección. Ser fulminado es ser probado como titán. El privilegio del trueno ya es algo para compartir con los de allá arriba. Bajo este punto de vista, las miserias no son más miserias, las mermas son aumentos. Es tentador ser discapacitado como los fuertes. Recuerdo que en 1828, muy joven, cuando *** me daba la impresión de ser mi amigo, yo tenía manchas obscuras en los ojos. Estas manchas iban creciendo y ennegreciéndose. Parecían velar lentamente la retina. Una tarde, en casa de Charles Nodier, le contaba sobre mis manchas negras, a las que llamaba mis mariposas, a ***, quien, estudiante de medicina e hijo de un boticario, se suponía que las conocía y así era en efecto. Miró mis ojos y me dijo tranquilamente: —Es una amaurosis que apenas comienza. El nervio óptico se paraliza. En algunos años, la ceguera será completa. Un pensamiento iluminó súbitamente mi espíritu. —Bueno, le respondí con una sonrisa, así será siempre. Y he aquí que me puse a esperar que podría ser ciego algún día como Homero y como Milton. La juventud nunca duda de nada.
Victor Hugo (1802 —1885)
Traducido del francés por F. Espejel
Por Fabián Espejel