Es común que en los premios literarios predominen la obras de ficción realista, descartando la ciencia ficción, el horror y sobre todo la fantasía —salvo que sea realismo mágico—. La principal razón de esta exclusión es el gran prejuicio que predomina en torno a estas poéticas. A pesar de que el panorama no parece alentador para la fantasía en 2003 el Premio Juan Rulfo para Primera Novela fue otorgado a Ordalía de Humberto Macedo (1976-2010).
Lo primero a destacar de la obra es el título que evoca a los juicios llevados a cabo en nombre del dios judeocristiano, por ejemplo: ataban a una persona y la arrojaban al agua, si flotaba era declarada culpable de brujería y era castigada con la muerte; pero si se hundía, se consideraba inocente porque su alma sería recibida en el paraíso. Sin embargo, desde la mitología, principalmente la grecolatina, los dioses imponían pruebas a los mortales para juzgar si eran dignos o inocentes, como en el caso de Orestes.

La novela de Macedo heredera de esta idea se suscribe dentro la fantasía épica: tenemos un guerrero que recibe un llamado, se desarrolla en un mundo mágico totalmente diferente al nuestro y hay intervención de fuerzas divinas. Tal parece ser una novela más de fantasía, que sigue el camino del héroe —tan incomprendido estos días—, pero ésta sólo toma los elementos estéticos y poéticos de dicho género para explorar lo que todas las historias hacen, incluso las que pertenecen a los “subgéneros” de la ficción: explorar lo humano.
La historia inicia con Azgarton y Marieth, quienes se dirigen hacia Íkmar para tener una audiencia ante el rey Akashet el Justo. Una vez frente al soberano, el guerrero cuenta su desgracia: “—Hace muchas estaciones, cuando era miembro de las Huestes Hieráticas en el templo de Ábzheim, se me acusó de abusar de una de las sacerdotisas —alcanzó a decir con la voz opacada por la furia—”. El monarca le responde que las marcas de su condena serán borradas cuando cumpla una ordalía. Esta travesía por obtener la redención, conducirá a Azgarton a una lucha para salvar todo Himenerion de los planes del dios Bhéztraz y los adoradores del Fuego Negro.

Al guerrero lo acompaña Marieth ,— quien no es la típica damisela en peligro que a veces parece abundar en este género— ella tiene una gran habilidad psíquica, que usa para apoyarlo: “Marieth hacía ingentes esfuerzos para no romper el contacto; aún no podía abandonar a su compañero. Sobre todo ahora que Raark ya se había dado cuenta de que no era uno solo contra el que luchaba e intentaba corromperla”. Aunque el autor le da profundidad por medio del trauma de haber perdido a sus padres en un ataque, ella se muestra como un personaje que adquiere fuerza porque la situación así lo requiere. Incluso durante la batalla final usa sus habilidades para proteger a Azgarton.
Mientras el protagonista avanza hacia el final de su destino, el escritor va construyendo un mundo fantástico por medio de una prosa llena de imágenes evocadoras, por ejemplo, cuando el héroe llega a un monte para adquirir un artefacto mágico, en pocas líneas hace que contemplemos ese lugar: “Kalen, al recibir el fulgor de las lunas, parecía un gran mazo de hielo. Al ver cómo la montaña hendía el cielo y escondía su cúspide entre las nubes, Azgarton se sintió pequeño e insignificante”. En otro pasaje nos traslada ante una ciudad en ruinas, que se siente tan antigua: “Nerian apareció en la lejanía. Situada en medio de la llanura, parecía ser un espejismo. El camino que llevaba a la ciudad, en otros tiempos atiborrado de carretones, animales y peregrinos, ahora lucía desolado”.
La novela de Humberto Macedo brilla porque usa una prosa cargada de leyenda para edificar un mundo plagado de montañas, antiguas ciudades y castillos donde anida el mal; a la par de eso, construye un mundo interno para los personajes: con traumas, miedos y culpas, que intentarán resolver en una batalla entre el bien y el mal. Si bien el final podría parecer predecible, tiene un ingenioso giro, que nos recuerda el porqué la fantasía épica es digna sucesora de las epopeyas.