La literatura está hecha de pequeños momentos, de espejismos que se extienden en todas direcciones y que resuenan por siglos en la Gran Marcha de la humanidad. En su historia de la eternidad Borges explica que tal vez sólo las metáforas sean eternas, las grandes cadenas narrativas se pierden, se olvidan los nombres de los personajes; no hay registros de las numerosas bocas que repitieron un verso a través de las generaciones, las ciudades caen pero las metáforas como fragmentos de una verdad que sólo acontece en la literatura permanecen brillante en la sucesión de los tiempos, en una fuga permanente que conduce a un escenario inesperado.
La palabra en la poesía va más allá de la palabra, a veces se convierte en un silencio que explota en un vacío de significados que al mismo tiempo permite el nacimiento de nuevos sentidos que nos buscan permanecer sino crecer y extenderse como una enredadera en permanente tránsito que conecta conceptos y establece puentes secretos. Por eso la poesía sigue existiendo como expresión del alma humana, pero también como tópico del pensamiento que busca encontrar y descifrar los numerosos vínculos que son posibles, gracias a la actividad poética en las páginas y páginas que este arte conquista.
Gonzalo Trinidad Vltierra es un escritor prolífico que a lo largo de una década ha explotado diversos géneros , tonos, temas. Construye en su literatura un diálogo permanente con sus paseos por la ciudad, con conversaciones íntimas con una selección inesperada de libros y de imágenes que provienen de los más diversos orígenes, incluso de espacios y seres imaginarios que solo aparecen en la mente de su autor cuando el vino ilumina rincones olvidados o desconocidos del corazón.

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Gonzalo registra con disciplina las metáforas que vienen a su encuentro, las hace suyas y las deja florecer. En su trayectoria ha dedicado mayor atención a la narrativa, a plasmar historias que recuerdan que vivimos en una realidad que pocas veces hace concesiones y que no nos deja permanecer en la comodidad de lo cotidiano. Los versos que nos ofrece en este libro, sin embargo, constituyen un proyecto propio que busca encontrarse con la sutileza de las cosas, iluminarlas delicadamente para subrayar su belleza. En este libro el autor se vale de la tradición milenaria del Haiku y recurre a estéticas minimalistas que permiten una mirada contemplativa de la realidad que busca la simpleza que subyace a lo complejo, la tranquilidad que se desea frente al caos. En ocasiones se siente que algunos versos se presentan como antídotos a la prisa, contra el pesimismo o el desamor; en otros casos se permite que ciertos dolores aparezcan frente a nosotros , hablen y sigan su camino sin apegarnos a ellos.
Han pasado algunos años desde que Gonzalo y yo coincidíamos en el taller del maestro Eusebio Ruvalcaba en el Café Espejo de la Luna en Coyoacán. De esas tardes con café y cerveza recuerdo bien sus primeros escritos que evidenciaban una fuerza narrativa que provenían, sin duda, del alma inquieta de un hombre que encontró en la literatura tanto un refugio como una parte esencial de sí mismo que tal vez había pasado inadvertida. Me alegra que desde entonces su pluma se ha vuelto constante, que no haya cejado en el empeño de expresar una voz que se renueva cada día y que en estas páginas nos ofrece una colección de metáforas, un pequeño y bello museo de imágenes que con seguridad seguirán brillando en los años venideros.
Rogelio Laguna
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