Para Ana
¿Qué ocurre cuando la vida nos destroza?
Hace algunos días me encontraba observando la lluvia por mi ventana, una lluvia tenue y duradera. El día era obscuro, no por falta de luz, sino por esa extraña sensación de cuando algo indeseable ocurre y acabamos por oscurecernos con un velo de culpa y decepción. En ese momento, mi taza de té se rompió, permanecí inmóvil, no me sentía bien y una torpeza como esa no me ayudaba en mucho; sin embargo, por extraño que parezca, al ver la taza rota en el suelo, pude verme a mí mismo en aquellas cuarteaduras.
En ocasiones nuestra estabilidad se quiebra y al igual que una taza rota terminamos fragmentados y marcados. Aquella experiencia me hizo recordar un concepto de la filosofía taoísta posteriormente desarrollado en la estética japonesa: “Wabi-Sabi” (侘 寂), la aceptación de lo imperfecto y lo impermanente de la naturaleza.

Solemos olvidar que la “perfección” no existe y esta es una de las principales razones por las que solemos sentirnos tan vulnerables cuando ocurre algo que nos quiebra. Nos cargamos fuertemente de expectativas e ilusiones que acaban siempre por diluirse. Se nos olvida que tarde o temprano todas las expectativas de nosotros mismos y de las otras personas terminan por quebrarse, como las esquirlas de una taza rota.
La imperfección de una taza rota, si la imaginamos desde la óptica a la que estamos acostumbrados a ver el mundo, suele resultarnos un objeto que ha perdido su valor, que ha dejado de ofrecernos utilidad y belleza, y ha pasado a ser simplemente un objeto roto. Pero, si imaginamos la misma taza lejos de esta perspectiva, desde una visión más cercana a la propia naturaleza, podremos contemplar que la taza tiene wabi-sabi, es decir, la taza lleva marcada los estragos del tiempo y forma parte de ese cambio constante de lo impermanente; lo que la hace más valiosa y sutilmente bella.
Así pude percibirlo cuando observé mi taza en el suelo, comprendí que cada vez que la vida nos rompe, surge la posibilidad de hacernos conscientes de nuestra imperfección, de cada uno de nuestros errores y que las marcas que éstos van trazando nos van dejando wabi-sabi.
Intentar huir de la experiencia del rompimiento, es simplemente pretender escapar de la vida misma. Quizá parezca que nuestros errores son desagradables y dolorosos; y lo son, hasta el momento en que logramos resanar las cuarteaduras, curar nuestras heridas, completarnos nuevamente. Cada uno de nuestros errores y nuestros fracasos son realmente valiosos, pues es a partir de ellos que la naturaleza misma se manifiesta. Cada grieta y cada cicatriz es la oportunidad para un trazo estético de nuestra vida.
Al igual que una taza rota, cada vez que nos “caemos” y nos “rompemos” queda en nosotros el valor de la derrota, nos enfrentamos ante la naturaleza de nuestra propia imperfección.
Kitsugi
Otro concepto complementario del wabi-sabi taoísta es la técnica japonesa “kitsugi”, la cual consiste en reparar las cuarteaduras de la cerámica rota con polvo de oro o de plata, con el objetivo de resaltar y embellecer las fracturas. Esta forma de ver el mundo considera que todo lo dañado es una expresión inherente del tiempo y que ha pasado a formar parte de la historia del objeto. Una historia que merece ser resaltada y trazada estéticamente.
Ambos conceptos se me aparecieron inesperadamente esa tarde, como un recordatorio de que es imposible no fallar en el intento de comprendernos a nosotros mismos, en la ardua tarea de separarnos de nuestros patrones de comportamiento fuertemente arraigados y de nuestros condicionamientos mentales. La vida siempre se encargará de dejarnos fisuras. Cada rasgo y arañazo que el tiempo deja en nosotros son recordatorios de las características de la imperfección y de la impermanencia.

Así como es imposible que una taza permanezca intacta y nunca se rompa, es imposible que cada uno de nosotros no experimente fisuras y cuarteaduras. Pero, a través de esta experiencia, tenemos la posibilidad para enfrentar cada una de nuestras fracturas con wabi-sabi y kitsugi, pero en lugar de resanar nuestras fracturas con polvo de oro o plata, hacerlo con algo más valioso, hacerlo con oro puro: con conciencia y ecuanimidad.
Si dejamos a un lado nuestras falsas expectativas e ilusiones de la perfección y reconocemos que estamos llenos de errores y que, con el tiempo, tarde o temprano nos enfrentaremos a ellos, dejaremos de nadar contra corriente, seremos como una taza de barro o arcilla modelada por las manos del tiempo. Llevando estéticamente los rasgos de nuestra imperfección y las cuarteaduras del devenir de nuestra propia existencia.


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