El encanto de lo salvaje - MilMesetas

Born to be wild

Cuando era niño, estaba fascinado por lo salvaje. No sólo me refiero a que me gustaba coleccionar felinos de peluche, ni a que tenía un álbum de estampas de Bancomer con imágenes de animales en sus hábitats; más bien, hablo de lo salvaje como mística y espíritu: la energía de los seres que irradian libertad. Recuerdo cómo entrechocaba las cabezas de mis dinosaurios de plástico y cruzaba sus dentaduras para enfatizar su furia —rawr, rawr—, o mi interés por los paisajes de National Geographic, con sus volcanes en erupción y olas espumosas. También me hipnotizaban los anuncios televisivos de Marlboro, esos que mostraban estampidas de caballos a través del desierto o de la nieve bufando y galopando con decisión. 

Ahora que lo recuerdo, mi primera introducción a lo salvaje —no como adjetivo, sino como concepto: the wild— fue el libro infantil de Maurice Sendak, Where the wild things are. En la historia, Max, un niño caprichoso con pijama-disfráz de lobo, sueña con viajar a un lugar deshabitado y sin reglas donde pueda convertirse en rey. Así, llega al País de los Monstruos, donde, además de hacer amigos enormes y peludos, nadie lo obligará a comer saludablemente ni a ir a la cama temprano. Siempre pensé que Max, al insubordinarse, sería el ídolo perfecto de la niñez: un infante terrible y monstruoso que jamás tendría que bañarse, estudiar, estarse quieto ni cortarse el cabello. Incluso, llevándolo un poco más lejos, lo imagino como un niño muy seguro de sí mismo, listo para cualquier aventura, capaz de evadir castigos y decir groserías, pero, no esas expresiones por las que mi mamá me regañaba (como carajoya valió maisena, jijo de su o chintolas); me refiero a groserías fuertes. 

Rousseau, Henri. 1898-1905. Le Lion, Ayant Faim, Se Jette Sur L´Antilope. Fundación Beyeler, Suiza.

En realidad, yo no era Max y estaba muy lejos de serlo. Sí, fui un poco travieso, porque manoseaba la fruta y las semillas del tianguis, me trepaba en la cajonera y espiaba morboso las pláticas de adultos; sin embargo, bastaba una mirada de enojo de mis padres o una mención severa de mi nombre para que abandonara de golpe cualquier empresa atroz. Nunca fui rey en ningún País de los Monstruos. Aunque Max tampoco lo fue, porque esa historia terminaba con la típica y aburrida moraleja que cierra muchas tramas infantiles: al final, el protagonista extrañaba su hogar, se despedía de los colmilludos, volvía a su habitación y se portaba bien. Se domesticaba, pues. 

Para muchas niñas y niños, lo salvaje funciona como fantasía. No hay mayor ilusión que encontrar un sitio como La Tierra de los Juegos, donde Pinocho y Polilla jugaban al billar, engullendo caramelos y fumando, ignorantes de que se convertirían en burros. Otra vez, la historia tiene moraleja: el comportamiento de los salvajes es retratado como excesivo e indecente. De paso, hay un engaño del antropocentrismo: plantear la renuncia del salvajismo como una forma de evolución, como si las especies que reprimen sus pulsiones fueran sofisticadas y superiores; humanos, no burros. Decía una de mis profesoras de primaria: “No comas como animalito, come como personita; usa los cubiertos”. 

Durante la niñez, vemos lo instintivo como un escape de la responsabilidad y una oportunidad para divertirnos. Por esa razón, en esos años convertimos nuestra habitación en territorio inexplorable, dejando un mugrero por doquier, quitándonos los calcetines y brincando sobre la cama, hasta que mamá o papá nos sacan de la anarquía con la amenaza de que los salvajes son insoportables. Debido a esto, los gruñidos y almohadazos son interrumpidos por los “a ver quién te aguanta” y “compórtate como Dios manda”.  

Rousseau, Henri. 1910. Deux singes dans la jungle. Fundación Beyeler, Suiza

Wild thing, I think I love you (but I want to know for sure)

No es casualidad que la imaginación literaria lleve siglos incitando el alma salvaje de las y los pequeños con aventuras de corsarios, exploradores, amazonas, piegrandes y tarzanes. Lo triste, y probablemente necesario, es que estos personajes terminan descubriendo que la vida sin límites no es tan feliz. Eso lleva a Mowgli a pensar más en la niña del cántaro que en lo más vital de sus amigos animales, a los Niños Perdidos de Peter Pan a necesitar una mamá y a Jim Hawkins de La Isla del Tesoro a rechazar la piratería. 

La defensa de lo salvaje y su renuncia conforman una tensión. Del lado de los indomables queda la emancipación y el riesgo, pero también el descontrol y la barbarie que se oponen a la modernidad; mientras que del lado de lo no-salvaje persisten las ideas de civilización, progreso y moral. Desde niño oscilo entre los dos mundos, como Víctor de Avignon, el joven feral que, en la película de Truffaut, L’Enfant sauvage, es obligado a vivir en sociedad y llevar zapatos. Con el tiempo, no pertenece a ningún lado. Su camisa de holanes y calzado apretado lo vuelven ridículo para los lobos, pero su cabello enmarañado y su silencio causan incomodidad cuando las personas lo miran. 

Rousseau, Henri. 1915. Paysage exotique avec des lions et des lionnes en Afrique. Fundación Beyeler, Suiza

Wild, wild life

Al llegar a la adolescencia, relacioné lo salvaje con la rebeldía. El rock, la velocidad y el desvelo; la indisciplina como actitud sexy. Aun así, me molestaba cuando los mayores decían con indulgencia: “ya crecerás y sentarás cabeza”. Como si en la juventud el desorden fuera tolerable, pero después ya no. Probablemente, a causa de esto, la sola amenaza de crecer se volvió algo ñoño y aburrido; por eso idealicé a los pocos que permanecieron salvajes en la etapa adulta, como los románticos o los trascendentalistas. Yo quería ser una combinación de Henry David Thoureau, Han Solo y Bruce Springsteen; tener la disidencia y el atractivo de los santos, los forajidos y los nómadas. 

Hoy confieso que he entrado en mis años menos salvajes. Cada día veo cómo me apego más a la comodidad: viajo poco, he subido de peso y visito con mayor frecuencia los supermercados. Hago un par de rituales dizque-salvajes al día, como no peinarme ni rasurarme, pero eso no implica ningún arrojo. La hipsterización de muchas personas de mi edad es así: defendemos nuestro derecho a lucir como salvajes, pero ya no podemos serlo. Somos leñadores frente a computadoras, punks ante mostradores y rockabillys-godínez. Una generación fascinada por lo salvaje y temerosa de ello, como el niño que disfruta ver los leones en el circo, pero cierra los ojos cuando rugen. Tal vez la anécdota de Christopher McCandless, relatada en el libro Into the wild de Jon Krakauer, es el gran mito de lo salvaje-actual: un joven huye a los bosques y muere en total aislamiento. El placer de romper con lo establecido y el tesón de McCandless son respetables, sin embargo, su final es atemorizante. 

Rousseau, Henri. 1910. Le reve. Museum of Modern Art, Nueva York.

Hungry like the wolf

Algunos, como Rousseau, pensaban que lo salvaje era cercano a la naturaleza y positivo. Optar por no civilizarse significaba permanecer bondadoso. Este planteamiento me hace pensar en Adán y Eva, bellos y desnudos a la intemperie, o en Viernes de Robinson Crusoe, inocente y feliz. Mientras tanto, en términos contrarios, también hay interpretaciones religiosas que consideran los actos salvajes como pecaminosos, ya que los relacionan con la carnalidad y la maldad innata. Me agrada pensar que lo salvaje es encantador porque puede diluirse sin desaparecer, formando un equilibrio ideal entre lo emocionante y lo parco. De todos modos, el lobo que se resigna a ser domesticado, pero conserva su ferocidad, se halla como tópico en Thomas Hobbes —homo homini lupus—; pero también en Herman Hesse, Miguel Bosé y Valentín Elizalde. 

El capitalismo sabe que necesitamos placebos salvajes. Ofrece parques de diversiones, experiencias inmersivas y centros nocturnos. Parece que, entre más caro, mayor será la aventura. También se entrega la posibilidad de fabricar una personalidad indomable en línea, llena de filtros digitales, aunque estos artificios no dejan de ser acartonados. Por eso prefiero asomarme a las culturas carnavalescas, la irreverencia de los chistes, las excitaciones del cuerpo y la sublimación en el arte. Sólo así lo salvaje puede resguardar su atractivo. Persistir como invitación a la espontaneidad, fuera de todo cautiverio. 

Imagen de portada: Rousseau, Henri. 1907. La Charmeuse de serpents. Museo de Orsay, París.

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