Hace cien años, 1922 - MilMesetas

La literatura del futuro será ‒lo veo claramente‒ asombrosa.
Por fin dirá la verdad y será indecente, divertida, romántica e,

incluso (al cabo de unos cien años), estará bien escrita.

Lytton Strachey, carta a Virginia Woolf,
8 de noviembre de 1921

Acabo de leer una noticia sin importancia, pero con un buen encabezado: un avión despegó en 2022 y aterrizó en 2021. El tiempo es una cosa abrumadora. Un segundo no es nada para un ser humano, pero para un insecto que sólo tiene un par de días de vida, un segundo equivale a meses o incluso años. Mil años no son nada en el devenir geológico: apenas un parpadeo de la Tierra. Un fin de semana con la chica que amas se pasa volando; dos horas en la fila del banco parecen una eternidad. En El extranjero, monsieur Meursault nos cuenta que al viejo Salamano, al morir su esposa, un amigo le regaló un cachorro para que así, amo y perro, envejecieran juntos. En quinientas páginas, Dostoievski narra una tragedia que acontece en una semana. En tres líneas, Tolstói sintetiza varias décadas de vida familiar.

            Y un siglo, bueno, no hay nada más relativo que un siglo en la historia de la civilización. Hace cuarentaicinco siglos (más o menos), los egipcios construyeron las pirámides. Hace veinte siglos (menos que más) falleció el emperador Adriano, el mayor esteta y estadista que rigió el imperio romano. Hace doscientos años (más que menos), Napoleón invadió Moscú.

            Y hace un siglo, hace cien años, todo era diferente. Habemus papam se anunció en el Vaticano, Rusia se convirtió en la URSS, la educación en México estaba a cargo de Vasconcelos, Turquía seguía siendo Europa (hasta perder la eterna guerra con Grecia, una lucha que se prolonga desde tiempos anteriores a Homero). Hace un siglo, la noción del tiempo también cambió. Y se lo debemos, entre otros, a un invento que no tiene ni medio milenio: la novela.

            Hace cien años, las vanguardias artísticas y literarias querían romper con todo. El siglo XIX se había prolongado ya demasiado. Dios llevaba muerto apenas dos décadas, y Nietzsche le escribió el epitafio. Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y César Vallejo le quitaron sus arneses mojigatos a la poesía hispanoamericana, terminando lo que empezaron los modernistas. Los nombres de Rivera, Klee, Picasso y Duchamp empezaban a resonar en las galerías y exposiciones de artes plásticas. El psicoanálisis, coqueteando con el marxismo, abría las puertas a nuevas interpretaciones de la cultura y del devenir de la civilización. Hace cien años, Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus Logico-Philosophicus, advertía que: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.

1922, annus mirabilis, también fue (sobre todo, y qué mejor) un gran año para la historia de la novela. Cinco nombres, cinco novelistas, trazaron sus signos en la bóveda del cielo: James Joyce (1882-1941), Virginia Woolf (1882-1941), Marcel Proust (1871-1922), Thomas Mann (1875-1955) y Franz Kafka (1883-1924). Destaco esta pléyade porque, a mi parecer, es la que más innovó, no sólo en técnicas narrativas, sino en la concepción moderna el tiempo. En cada cual, innovación técnica estaba íntimamente ligada al fondo temático. Le regresaron su indisoluble significado a la palabra novela: nuevo, novedad. Pero no una novedad vacua, irruptora, desenfocada. Sino una novedad verdaderamente revolucionaria, revolucionariamente verdadera.

            Europa estaba en un periodo de entreguerras. La novela, “la historia privada de las naciones”, como la definía Balzac, empezaba a ser también la vida privada del tiempo. Es cierto que los cinco nombres que destaco pertenecían, en mayor o menor medida, a la burguesía. Y también es cierto que la novela, en ese sentido, era y sigue siendo la épica burguesa.

            El primer fenómeno que valdría la pena explorar en esta crónica es el dúo Joyce-Woolf, en quienes encontramos una de las síntesis de la novelística en lengua inglesa. (T. S. Eliot y Ezra Pound hacían lo suyo en la poesía inglesa.) Tanto Joyce como Woolf fueron shakespearianos hasta la médula: ambos vieron en el Bardo la piedra fundacional de una trayectoria de la que se sabían émulos y deudores. James Joyce, en el Ulises (1922), proyectó la odisea de un hombre (Leopold Bloom) en un día (16 de junio de 1904), en una ciudad (Dublín): trazó así la épica del hombre moderno: el viaje delirante por lo cotidiano. Virginia Woolf, en La señora Dalloway (1925), recrea el pensamiento de una mujer (Clarissa Dalloway) a través de un solo día, mientras hace los preparativos de una fiesta. Nuevamente, la odisea de un eterno hoy, un hoy que va más allá del tiempo: ocurre adentro, no afuera. Dublín y Londres son nuevos nombres de Troya e Ítaca. Joyce y Woolf, con el stream of consciousness, permitieron que hubiera un nuevo narrador en la literatura: uno más allá de aquél que expresa en primera persona su visión del mundo, más allá incluso del que monologa en su interior el caos de su realidad: hicieron narrador al propio lenguaje. Los personajes de Miguel de Unamuno ya se revelaban, quijotescamente, a su autor. Los de Henry James, a sí mismos. Romántica Woolf y barroco Joyce, abrieron juntos la brecha de la novela que se revela de su estructura. El lenguaje en bruto, que explota, va, viene, sale, regresa. El lenguaje que se sabe lenguaje, que sabe que fuera de sí no hay nada (sus límites son los de su mundo). En el Orlando (1928), el tiempo volvió a fracturarse, pero no bajo el signo de la alegoría sino de la parodia. Woolf allí recrea la biografía imaginaria de un hombre que atraviesa tres periodos de la historia: el isabelino, el victoriano y el finisecular decimonónico: “Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época hizo algo para disimularlo—”[1], es decir, Orlando, atraviesa el tiempo y atraviesa los tabúes sexuales de la doble moral aristócrata británica. Es Hermes y Afrodita. Trescientos años duró escribiendo un poema. Pero sólo algunos instantes le bastaron para descubrir quién era en realidad.

Bien mirado, Woolf y Joyce rebasan a Shakespeare y nos enseñaron algo digno de Homero: Si todo está en todo, nadie es nada.

            Marcel Proust no fue menos humilde en su proyecto. Si Joyce y Woolf intentaron asir el instante presente, hacer la crónica de un instante, aprovechando el subtítulo de un libro de Salvador Elizondo, Proust exploró los mares del inconsciente, echó el ancla y buceó en las aguas de la memoria: descendió a una profundidad que acaso nadie había alcanzado jamás, y logró mirar los restos de ese naufragio llamado infancia, las ruinas sumergidas de la adolescencia, la fauna sepultada e ignota de la juventud. Enfermizo, curioso y frustrado, el Edipo de Marcel descubre los límites de la sensibilidad: la muerte. Sólo la muerte rompe el hechizo. Todo lo que hay en medio es contemplación; contemplación intercalada con algunos suspiros, unas pestañas, un ceño fruncido. Proust descubrió algo que todos sentimos, pero que quizá nadie antes dijo: el tiempo sí se recobra, pues no está afuera sino en nosotros. Los sentidos nos lo develan. La memoria actúa de maneras insospechadas. “La inspiración es el fruto más delicado de la memoria”, señaló en un arranque proustiano Sergio Pitol. Caminar por un empedrado, beber una taza de té, mirar un cuadro. ¿Qué perdemos cuando perdemos el tiempo? En realidad, estamos ganándolo.

            Un avión despegó mañana y llegará ayer…

            Thomas Mann y Franz Kafka, escritores de lengua alemana, encarnaron dos visiones opuestas y complementarias del tiempo. Mann recrea las tribulaciones del mito: Fausto es todo aquél que daría todo por hallarse a sí mismo, pero a falta de dioses y demonios (un compatriota suyo se encargó de exterminarlos), sólo le queda escuchar el eco de su propia voz resonando en la nada. Hans Castorp, héroe de La montaña mágica (1924), descubre en su descanso en las montañas suizas, sentado en una cómoda chaise-longue en Davos Platz, que allí no hay tiempo, que vive en una edad primigenia, alejada del resto de la especie humana, pues todo se concentra de forma prístina en Davos, como toda la humanidad que está contenida en las bases del zigurat de Babel o en el Peqoud que comanda el capitán Ahab. Exclama Castorp: “¡Espera! Medimos el tiempo por medio del espacio. Pero eso es como si quisiéramos medir el espacio en función del tiempo, lo cual no se le ocurre más que a la gente desprovista de rigor científico. De Hamburgo a Davos hay veinte horas de ferrocarril… Sí, claro, en tren. Pero a pie, ¿cuánto hay? ¿Y en la mente? ¡Ni siquiera un segundo!”[2]

            Si en Mann el tiempo es relativo, en Kafka simplemente no existe. La burocracia ineludible, la cruel robotización del ser humano, la supervivencia de lo terrible sobre lo efímero, todo esto es denunciado por los héroes de Kafka, alter-egos de su indivisible ser, y todos viven sepultados por inmensas nubes atemporales. Josef K.: “un mártir del sinsentido”, como lo llama Milan Kundera, es condenado por un crimen que esperamos toda la novela para saber cuál es, y evidentemente nunca lo averiguamos. El proceso (1925), escrita entre 1914 y 1915, no es la odisea de un hombre en un pleito burocrático: es la ausencia completa del pleito. En El proceso simplemente no hay proceso. Para Kafka (y para Proust), cada personaje protagónico es un Doppenlgänger: un prestanombres que acude a sufrir lo que el autor es incapaz de denunciar. Kafka, que no contribuye a engordar mitos, como Mann o Joyce, crea los propios. Fausto no tiene a quién venderle su alma, porque hay algo peor que el Demonio y el Infierno: los burócratas y sus despachos. Ni él ni nosotros sabemos a qué se enfrentan K. o Josef K.; ni siquiera Kafka debió saberlo. K., protagonista de El castillo (1922-1926), y el “monstruoso insecto” de La metamorfosis (1915), son víctimas, mártires del sinsentido. No hay peores infiernos que los kafkianos: tragedias sin tramas.

Un avión despegará ayer y llegó mañana. En él abordaron Ulises con sus veinte años hacia Ítaca, y Penélope con su urdimbre infinita, y Telémaco con su madurez retrasada (al aterrizar serán el pequeño-burgués judío Leopold Bloom, su esposa la ibérica Molly que al anochecer lo engañará, y el joven jesuita remiso Stephan Dedalus, atravesando en un día la instantánea Dublín). También se subieron Marcel, que busca olvidarlo todo; K., que como un pájaro vuela en busca de su jaula; y Hans Castorp, que las últimas tres semanas le parecieron eternas. También abordó el apuesto Orlando; al aterrizar será una linda y coqueta muchacha.

Enero de 2022

Foto de portada: fernando-pessoa-e1518419523592.jpg (1000×563) (zendalibros.com)


[1] Traducción de Jorge Luis Borges.

[2] Traducción de Isabel García Adánez.

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