Cuaderno de faros - MilMesetas

Toda historia de viaje es también la historia de un hogar, ya sea en la añoranza o en la emoción de su encuentro. El mar no es hogar pero es meta y obstáculo, su vastedad lo vuelve imposible de apreciar como un todo; así, como potencia infinita es el destino de todos los ríos y como obstáculo una prueba de nuestra voluntad contra las fuerzas de la existencia. Vemos las olas, olemos la sal y nos rodea una mancha absoluta de azul cuando hemos perdido la costa, a pesar de ello no podemos conmensurar el todo. Entonces, el mar es aprehensible en fragmentos y, de forma temporal, nos recuerda nuestro pequeño lugar en el universo. 

“He fracasado en casi todas mis colecciones” escribe Jazmina Barrera en las primeras páginas de Cuaderno de faros (2017) para declarar, subrepticiamente, que estos ensayos son una colección no tan diferente a la de canicas, cuarzos o de flores resecas almacenadas en sus libros (para la autora, la más voluminosa e inabarcable). Los ensayos toman el nombre del catálogo único de señalamientos marítimos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes: “catálogo” es otra clave de lectura.

El libro abre con el capítulo “Yaquina Head Lighthouse”, un pequeño epígrafe incluye sus coordenadas geográficas, la descripción de su basamento y la de su linterna. La crónica del viaje entre Portland y el primer faro pronto se convierte en una vitrina de lecturas, datos e imágenes poéticas. Así como no se puede “coleccionar” el mar (apartarlo y almacenarlo para volverlo algo propio) tampoco se puede coleccionar un faro, normalmente son propiedades federales y de poder habitarlos o transportarlos lejos del agua pasarían a ser un hogar o un edificio; la existencia de ambos está entretejida: “No se puede pensar en el faro sin el mar. Porque son uno, pero a la vez lo contrario. El mar se expande hacia el horizonte, el faro apunta en dirección al cielo […]. El mar es la primacía de líquido. El faro la encarnación del sólido” (2017: 25).

Siempre puede decirse todo, como diría Jorge Semprún, porque el lenguaje lo contiene todo, “se puede expresar a Dios, lo que no es poco”; la forma e imagen fragmentada de lo inaprensible permite a la ensayista evitar la trampa de lo inefable. Barrera narra una vaga pesadilla de la infancia para ligar su existencia a la de los faros; a su vez, ese miedo como artificio literario la relaciona con las personas de la antigüedad quienes veían la muerte, el abismo y la noche removerse en los océanos: “El agua, familiar y necesaria, es a la vez ajena y amenazante. A pesar de que constituye la mayor parte del cuerpo humano, también puede quitarle la vida” (2017: 15). De entre la compilación de citas, la autora fija el punto de partida con un fragmento de Moby Dick: Ishmael observa en las aguas, cual Narciso, el dibujo del inaprensible fantasma de la vida. El otro cabo de su pensamiento se ancla en Joseph Brodsky imaginando a Dios como tiempo y al agua como su imagen, por ello una ola rozando la orilla a medianoche es un pedazo de tiempo que surge del líquido.

Antes de llegar a su primer destino ya hemos observado la colección de Barrera o, al menos, una acomodada selección que abarca desde las primeras señales mayas de desembarco hasta la Lanterna genovesa. Nuestra lectura se llena de hogueras homéricas o la locura de Calígula declarándole la guerra a Neptuno (el emperador, decepcionado, tomó como botín de guerra y prueba de victoria un par de conchas en la arena). Así, cuando llegamos al encuentro de la autora con Yaquina Head, nos revela que las estrategias para narrar este viaje (y el intento por cohesionar la historia de este desarrollo arquitectónico) son el inicio consciente del idilio entre ella y los faros.

La torre cónica de hierro en Jeffrey’s Hook, Nueva York, abre el segundo capítulo, su lente de trescientos milímetros de espesor es una detonante para explorar las connotaciones y denotaciones del faro incluso en lugares que carecen de agua: al fin y al cabo, para ella, la Torre Eiffel o la Latinoamericana son puntos de guía en las urbes contemporáneas. Los cigarros Faros, las torterías y tlapalerías con este nombre, To the Lighthouse de Virginia Woolf, un disco de John Maus y la niña Grace Darling, dama de las islas (inmortalizada en Ulises de James Joyce y un poema de William Wordsworth) son luces en un mar de recuerdos y referencias visuales.

“Montauk Point”, el tercer capítulo del Cuaderno de faros, parece la inocente narración de seis amigos que abandonan Nueva York para visitar este sitio al norte del estado. A la luz intermitente se hilan también la visita que George Washington hizo al sitio a sus veinticinco años (cuando le dijo a sus compañeros de viaje que visualizaba un futuro faro en la roca principal), la construcción que él mismo ordenó 41 años después en su último año como presidente, la historia del fantasma de una naufraga llamada Abigail, un poema de Walt Whitman a las olas escrito en estas costas o la novela Montauk de Max Frisch. A la distancia Jazmina observa a su amiga de la infancia Ximena, quien ha regresado de un retiro silencioso; la brisa marina de otoño distorsiona su figura: “Cuando la vi a esa distancia, sentí que había una parte de ella diferente, que quizás ya siempre me quedaría lejos […]. Sentía que Ximena había entendido algo que yo no lograba entender. Que sabía un secreto que nunca me podría compartir” (2017: 57). Anochece y ambas chicas se toman del brazo para caminar por la maleza; a pesar de los años, Barrera aún confía en ella para ayudarle a encontrar el camino de vuelta. No hay dos faros ni personas iguales; algunas nos ayudan a encontrar nuestro rumbo, declara al cerrar el capítulo mientras habla de los fareros. 

El nombre del Faro de Goury, que nombra al cuarto capítulo, desata una digresión; Barrera enlista varios como el Charlotte-Gennese Lighthouse de Rochester, Nueva York, que rompe una larga tradición perezosa de bautizar el edificio con el nombre del lugar. De los faros con nombre pasamos a los que observan: la lámpara del Goury, visible a treinta kilómetros en altamar, le permite a Barrera hablar de las lentes de fresnel, del ojo de Polifemo, del observar el mar mientras se es observado por la vastedad, los ojos que vieron, que ven y los que guiarán al último barco a su destino. El coleccionismo de las aves de emparrado australianas se compara con el coleccionismo de Jonathan Franzen quien esparció parte de las cenizas de David Foster Wallace en la isla Más Afuera, Chile. El faro de Foster, especula la autora, era la ficción; cuando el norteamericano terminó las dos mil cuartillas de Infinite Jest perdió el rumbo. Lo mismo le sucedió a Victoriano Álvarez y terminó declarándose rey de la Isla de Clipperton durante la Revolución Mexicana.

La soledad y la locura se relacionan con los faros, adelantaba Barrera capítulos atrás; “Blackwell”, el más breve de los capítulos, carga con estos dos temas hasta por coincidencia geográfica. Blackwell Lighthouse, en Roosevelt Island, es el histórico sitio de manicomios, hospitales de viruela y cárceles. El ensayo se centra en tres escritores cuya última obra quedó marcada por la imagen del faro: Julio Verne que escribió El faro del fin del mundo poco antes de morir, Edgar Allan Poe quién dejó incompleto un relato sobre un farero cuya soledad es rota por un perro negro y La corrupción del ángel de Yukio Mishima. El personaje de Toru en esta última novela trabaja en radiocomunicaciones portuarias llevando las naves a buen puerto; la ensayista señala que en la construcción de este último libro Mishima invirtió tanto empeño como en su suicidio por seppuku. Barrera, preocupada, piensa en regresar al continente y olvidar la escritura: quien observa demasiado el mar encuentra que lo sensato es dejarse ahogar por sus corrientes.

El último ensayo, dedicado al faro de Tapia, juega con los dos objetos que Barrera lleva en la mano: una libreta y el libro Northern Lights de Sir Walter Scott. Este último narra el viaje de Walter y su abuelo para visitar los faros que construyó en su juventud. El juego de un diario improvisado en unas vacaciones que corre en paralelo a la aventura de Scott cierra el libro al reconocer su nacimiento como materia escrita; así del idilio del faro arribamos al puerto de la escritura. Las reflexiones de la nostalgia, el coleccionismo y lo inaprensible se anotan como ligeras digresiones; además, este capítulo toca de forma tangente la imposibilidad y las trampas de escribir en el presente: el diario termina transformándose en un cuaderno por falta de disciplina y el artificio literario lo transfigura en el presente ensayo. Este último viaje es un intento por olvidarse de otro viaje y de una despedida que no desea tampoco narrarse. “Sólo hay una parte de la historia que debería incluir”, anuncia antes de contar su encuentro con la palabra escocesa hiraeth (“nostalgia por un hogar al que no se puede volver o que nunca existió”): “Creo que todos esos marineros de las historias, como Simbad, que en cuanto superan los obstáculos y están de regreso en tierra firme vuelven a irse, saben que no hay vuelta atrás. No hay cómo volver” (2017: 117). Cuaderno de faros aprovecha sus seis ensayos no sólo para hablarnos del mar e ignorar el continente, también nos muestra la forma en que la lectura, la escritura y el coleccionismo nos cambian de forma radical hasta obligarnos a perder lo que era nuestro hogar. Nadie sale ileso del viaje, como la niña que observó el incendio del faro en Isle of May, ver las llamas reflejadas en el mar nos transforma para siempre.

Jazmina Barrera (2017), Cuaderno de faros, Fondo Editorial Tierra Adentro (Disponible también en Editorial Pepitas de Calabaza, Editorial Montacerdos y Laguna Libros).

(Imagen: Yaquina Head Lighthouse. Wikimedia Commons)