Las fortalezas del irrealismo crítico II - MilMesetas

I. Las fortalezas físicas II

Hace unos días, la rectoría de la Universidad Iberoamericana anunció el retiro de los apoyos, estímulos e incentivos por parte de CONACyT a los miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) adscritos a esta institución educativa. La ausencia de un diálogo sobre la pertinencia de esta decisión se vio en gran medida sustituida por la exclamación de rechazo por parte de la población docente y estudiantil. La “Ibero” prontamente anunció en sus redes sociales el compromiso que la universidad mantendría con la incidencia social de sus investigaciones, cuyos artífices “cumplen con el compromiso de contribuir a transformar las injusticias que impiden el bienestar social y el desarrollo sostenible en México”. 

En este tenor, sería ingenuo asumir que el trabajo de la institución no ha tenido una repercusión social. En general, podríamos afirmar sin mucho riesgo que sus investigaciones llevadas a cabo en materia científica y económica han rendido cuentas al aterrizar el desarrollo tecnológico y académico en problemas de la “vida real”. De entre ellas, la Ibero resaltó en su publicación algunos “proyectos emblemáticos” entre los que resaltan investigaciones sobre política pública y violencia, así como desarrollos en tecnología y estudios biomédicos; sin embargo, la omisión de los proyectos en investigación en las áreas de artes y humanidades (que comprenden una parte importante de los lugares ocupados anteriormente por sus investigadores en el SNI) es al menos intrigante. ¿Acaso los estudios sobre arte, comunicación, imagen y filosofía no forman parte de las investigaciones “con pertinencia e incidencia social”?

#Comunicado La IBERO mantiene su compromiso con la investigación de calidad https://bit.ly/36K9XM7

Posted by La Ibero on Thursday, October 8, 2020

Resulta curioso que las instituciones y los agentes culturales de todas las universidades públicas y privadas del país encargados propiamente de la significación y afianzamiento social del arte y de la filosofía, así como de sus productos (que son financiados por medio de becas CONACyT y de estímulos del SNI), hayan sido apenas mencionados como nodos de articulación del irrealismo crítico que contamina a las instituciones; contrarios a los investigadores en ciencia y tecnología que han sido abiertamente cuestionados, los investigadores en humanidades beneficiados por el presupuesto estatal han pasado notablemente desapercibidos por el público en general

¿Sería posible afirmar que estos agentes no han sido cuestionados por la obviedad de su ineficiencia para la transformación social? Una respuesta tentativa (amplia e históricamente reconocida) afirmaría que el trabajo filosófico y artístico es fútil y que no retribuye a la sociedad de manera política, económica o, siquiera, simbólica. Pareciera ser, al contrario, que la existencia de estas áreas de producción cultural y la manutención de sus investigadores tiene un carácter casi parasitario. Podemos comprender que esta atribución contemplaría un fenómeno de obtención unilateral de beneficios para la preservación de una serie de prácticas a costa de los recursos públicos, confianza y creencias de la sociedad. Además, implicaría una creciente expansión invasiva y virulenta de estos parásitos institucionales. ¿Es acaso en nuestra sociedad una realidad esta suposición?

Sí. Desde la búsqueda de recursos para la creación de museos “comunitarios y autogestivos” por parte de los profesionales de la verdad cultural educados en Europa o la publicación de ilegibles antologías filosóficas, hasta los ejercicios de inclusión de niños y jóvenes en los programas educativos de los museos y centros de investigación universitarios, los actuales parásitos institucionales y de la cultura han permeado las membranas culturales de la sociedad contemporánea. Lo hacen habitando silenciosamente sus ecosistemas e infundiendo el mensaje de su aparente crítica que, en general, se traduce como un beneficio económico cedido por CONACyT, MUAC, PAC, FONCA o algún patronato para la gestión y producción cultural, científica y artística. Tras la bandera de la democratización de la cultura, los parásitos institucionales justifican una misión evangelizante de nuevos circuitos sociales y la instauración de nuevas fortalezas a través de la ficción de que por medio de la creación de espacios culturales (físicos o no) se puede crear una sociedad crítica, intelectual y sensible.

Así, los movimientos intelectuales de [contra]cultura y de disidencia política y social no hacen más que perpetuar el carácter irrealista de los acercamientos críticos a la sociedad y a la cultura. Desde la gestión de exposiciones sobre los movimientos estudiantiles por parte de ilustrados curadores ajenos a la práctica política hasta la creación de grandes cátedras sobre poder e ideología en el arte contemporáneo, los parásitos culturales pretenden asumir como propios los territorios de la política para instaurar un orden artístico, filosófico, humanista y simbólico de la realidad. Ingenuamente asumen, además, que su trabajo (al estilo foucaultiano) promueve desde las trincheras de la teoría y de la investigación una transformación de la sociedad. Sin embargo, estos agentes no han caído en cuenta de que las trincheras de lucha están afuera de las esferas de privilegio y fantasía financiadas con el erario en las que habitan. En la lucha campesina ajena a las exposiciones sobre Zapata; en los movimientos estudiantiles fuera del Museo del Palacio de Bellas Artes; en la búsqueda de los desaparecidos en el país alejados de las vacías salas de concreto del MUAC; en la crítica política fuera de los anales y revistas de los Institutos de Investigación de las grandes universidades en el país. 

Acaso por omisión, el error de los fieles a la iglesia del irrealismo crítico es no haber reconocido hasta ahora que su ejercicio es una práctica en demérito de la lucha y transformación social y cómplice de un repartimiento material basado en la meritocracia. En este sentido las investigaciones del irrealismo crítico no sólo no tienen pertinencia e incidencia social, sino que son un parásito que ha pasado desapercibido a la sociedad, la cual, ingenuamente, le ha abierto sus puertas como su único canal crítico. Ahora, valdría la pena abrir el diálogo para ponderar si la reducción de los recursos públicos en las áreas de investigación es o no un medio para eliminar a los parásitos que enferman a nuestra sociedad.

Adenda: Toda crítica estéril es parasitaria.

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