La información necesita quien la cuide. Entrevista a Lina Escalona - MilMesetas

Introducción

Hay profesiones que parecen haber quedado atrapadas en una imagen del pasado. La bibliotecología es una de ellas. Para muchos, el bibliotecario sigue siendo la figura que custodia libros, ordena estanterías y, con paciencia, espera detrás de un mostrador. Pero esa imagen comienza a resultar insuficiente para describir una profesión que, paradójicamente, se vuelve más necesaria cuanto mayor es la cantidad de información que circula.

La Dra. Lina Escalona Ríos ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar precisamente ese problema: cómo formar profesionales capaces de responder a las necesidades de información de una sociedad que cambia más rápido que sus instituciones educativas. Su recorrido atraviesa la bibliotecología, la documentación y la archivística, pero tiene un centro reconocible: la educación de quienes deberán trabajar con el conocimiento y la información en contextos cada vez más complejos.

Su historia profesional comenzó, sin embargo, de una manera mucho menos solemne. Durante el bachillerato cursó una opción técnica en bibliotecología en el Colegio de Ciencias y Humanidades. Como parte de su formación tuvo que realizar prácticas de campo y fue enviada a una biblioteca especializada en historia. Allí conoció a Esther Jasso.

El encuentro fue determinante. La joven estudiante pudo observar el trabajo cotidiano con investigadores y usuarios, acercarse a las colecciones y descubrir que detrás de los libros había una actividad intelectual y social mucho más amplia de lo que entonces imaginaba. «Trabajar con ella, ver cómo atendía a investigadores, a usuarios comunes de este tipo de bibliotecas, analizar la colección, involucrarme con las colecciones, con las revistas de la especialidad de mis dos grandes pasiones, la historia y la bibliotecología», recuerda.

La experiencia decidió su camino. Llegó a la licenciatura con la convicción de convertirse en bibliotecóloga. Después vendrían otros maestros y lecturas que ampliarían esa primera vocación: Rodríguez Gallardo, a quien considera uno de sus mentores fundamentales; Estela Morales, cuya influencia la acercaría a las ciencias de la información; y Ana María Magaloni, Judith Licea y Georgina Madrid, quienes serían importantes en su inclinación hacia la enseñanza.

Más tarde, la investigación la llevaría hacia autores como Jesse H. Shera y hacia diversos teóricos de la pedagogía que contribuyeron a construir su perspectiva sobre la educación bibliotecológica.

Mirada desde el presente, esa trayectoria permite reconocer una continuidad. Las preguntas que Escalona se hacía sobre la formación profesional hace décadas hoy adquieren una dimensión renovada: ¿cómo enseñar en un entorno donde la información es abundante pero no necesariamente confiable?, ¿cómo preservar documentos que pueden desaparecer con un clic?, ¿qué debe hacer una biblioteca cuando el usuario ya no necesita entrar físicamente en ella?, ¿y cómo formar profesionales capaces de trabajar con inteligencia artificial sin delegarle la responsabilidad de pensar?

La conversación con Lina Escalona transita precisamente por esos territorios.

Una profesión descubierta en una biblioteca

Escalona recuerda su encuentro con la bibliotecología como una experiencia de descubrimiento. En aquel momento, dice, «la sociedad conocía todavía menos la profesión de lo que la conoce hoy». La práctica profesional permitió que aquella estudiante viera algo que difícilmente podía deducirse del nombre de la carrera: que trabajar con información significa trabajar también con personas, preguntas, necesidades y formas de conocimiento.

La figura de Esther Jasso ocupa un lugar especial en ese recuerdo. Fue, en cierto sentido, el primer modelo profesional que tuvo delante. Después llegarían las lecturas de Rodríguez Gallardo y Estela Morales, que orientarían su formación hacia la educación bibliotecológica y las ciencias de la información. Pero en Escalona hay una distinción importante: la vocación docente precedió a la investigadora.

Primero estuvo el ejercicio profesional en bibliotecas e instituciones; después, la enseñanza; y posteriormente la investigación bibliotecológica. Su relación con la docencia se construyó a partir de otros docentes que dejaron una huella en ella. Ana María Magaloni, Judith Licea y Georgina Madrid aparecen en su relato como figuras que la impulsaron hacia los procesos de enseñanza.

«El docente es guía, es asesor, es quien comparte conocimiento con los jóvenes porque aprendemos mucho de ellos».

La frase permite entender algo de su concepción filosófica de la educación: enseñar no es colocar un conocimiento terminado frente al estudiante. Es establecer una relación en la que también el profesor aprende. La autoridad académica, en esta perspectiva, no desaparece, pero deja de confundirse con la idea de que solamente uno de los participantes posee conocimiento.

Su posterior acercamiento a la investigación educativa profundizaría esa preocupación. Jesse H. Shera, con obras como Fundamentos de la educación bibliotecológica, Organización del conocimiento y Fundamentos sociológicos de la bibliotecología, sería uno de los referentes para pensar la educación dentro de la disciplina. A ello se sumaría la influencia de autores de la pedagogía como Vygotsky y otros teóricos que contribuyeron a darle herramientas para estudiar los procesos de formación profesional.

La bibliotecología dejó de ser para Escalona solamente un campo profesional. Se convirtió también en un apasionante problema de investigación.

Enseñar para una sociedad saturada de información

Uno de los retos que Escalona identifica como docente aparece desde el primer contacto de los estudiantes con la carrera. Muchos llegan sin saber exactamente qué es la bibliotecología, qué hace un profesional de la información o en qué espacios laborales puede desempeñarse.

La tarea del profesor consiste entonces en algo más que impartir una asignatura: hay que ayudar al estudiante a descubrir el sentido de la profesión. Para Escalona, ese sentido está profundamente ligado a la vocación de servicio. El profesional de la información debe detectar las necesidades informativas de una sociedad y, a partir de ellas, seleccionar, organizar, difundir y proporcionar información pertinente para diferentes fines: académicos, técnicos, sociales, culturales o educativos.

El problema es que ese trabajo ocurre hoy en un escenario completamente diferente al de generaciones anteriores. Internet multiplicó la producción documental; las redes sociales aceleraron la circulación de contenidos y la inteligencia artificial comenzó a intervenir incluso en la generación de respuestas. El desafío ya no es únicamente facilitar el acceso: es discernir.

«¿Cuánta información o desinformación encontramos en todas las redes y en todo el internet?».

La pregunta toca uno de los puntos centrales de la profesión contemporánea. En un mundo donde la información parece estar disponible de manera inmediata, el profesional deja de ser únicamente un mediador entre el usuario y el documento. Se convierte también en un mediador entre el usuario y la confiabilidad de aquello que encuentra.

Evento académico. Cortesía de Lina Escalona.

De ahí que Escalona insista en la necesidad de formar usuarios capaces de desarrollar estrategias de búsqueda y recuperación de información. Las universidades pueden invertir grandes cantidades en bases de datos científicas y académicas, pero si los estudiantes prefieren resolver sus búsquedas mediante los primeros resultados de un buscador, esa inversión no necesariamente se traduce en mejores prácticas informativas. La aparición y masificación de la inteligencia artificial intensifica el problema.

La IA y la responsabilidad de pensar

Escalona observa la inteligencia artificial con una mezcla de interés, cautela y responsabilidad. No propone ignorarla. Tampoco parece dispuesta a aceptarla como solución automática a los problemas de la educación o de la información.

Su posición parte de una experiencia concreta. En uno de sus ejercicios solicitó fuentes sobre educación bibliotecológica y encontró respuestas que incluían referencias que no correspondían con lo solicitado. El episodio le permitió comprobar directamente un problema que hoy se ha vuelto frecuente: una herramienta puede ofrecer una respuesta convincente y, al mismo tiempo, equivocarse. «Ahí se da uno perfectamente cuenta de que alucina», dice.

Para una profesional de la información, ese error tiene consecuencias que van más allá de la anécdota. La referencia falsa, el dato incorrecto o la fuente inexistente pueden incorporarse a un trabajo académico y adquirir apariencia de conocimiento simplemente porque una máquina los presentó con seguridad. Por eso, para Escalona, la discusión no debe reducirse a si la inteligencia artificial está permitida o prohibida. El asunto fundamental es la responsabilidad con la que se utiliza.

«La IA es una herramienta. No es un colaborador pensante».

La diferencia no es menor. Una herramienta puede asistir una tarea; no puede asumir por completo la responsabilidad intelectual de quien la utiliza. En el ámbito académico esto obliga a revisar qué significa investigar, escribir, citar y argumentar cuando una máquina puede producir un texto en cuestión de segundos.

Pero Escalona introduce una segunda preocupación: la dimensión ambiental de la inteligencia artificial. La sociedad puede defender la sostenibilidad y, al mismo tiempo, utilizar indiscriminadamente tecnologías cuyo impacto ambiental debe ser considerado. La solución, nuevamente, no está en una prohibición absoluta, sino en el uso ético y responsable.

Esta posición devuelve a la bibliotecología una pregunta que le pertenece desde hace mucho tiempo: ¿quién enseña a utilizar responsablemente la información? En el nuevo escenario, la respuesta incluye necesariamente al profesional de la información.

Lo que internet puede olvidar

La preocupación por la inteligencia artificial conduce a otra cuestión menos visible: la preservación. La cultura documental ha construido durante siglos mecanismos para conservar la memoria. Sabemos cuáles fueron los primeros libros impresos, conocemos los incunables y podemos estudiar documentos perseguidos o censurados por instituciones como la Inquisición. Existe, en otras palabras, una conciencia histórica sobre la necesidad de preservar determinados testimonios.

Pero ¿qué sucede con los documentos digitales? Escalona formula la pregunta de rigor casi como un desafío a sus estudiantes y a sus colegas:

«Si yo les pregunto cuál fue el primer documento digital de nuestro campo, de la bibliotecología, de la historia, de la filosofía, ¡ah, caray! ¿Por qué nadie se ha ocupado de preservar esa información?»

La pregunta revela una paradoja de la era digital. Creemos que internet conserva todo porque todo parece estar disponible. Pero la disponibilidad no equivale a permanencia. Un documento puede desaparecer cuando una institución elimina una página, cuando un autor retira un archivo o cuando una plataforma deja de mantener un contenido. El hecho de que algo haya estado en internet no garantiza que continúe allí.

Escalona incluso cuestiona la idea cotidiana de que todo lo que se publica en la red permanece «en algún lado». La experiencia de búsqueda demuestra lo contrario: buena parte de los contenidos queda rápidamente fuera de los circuitos visibles de recuperación.

Aquí la profesión vuelve a adquirir una responsabilidad histórica. El bibliotecólogo y el profesional de la información no solamente deben ayudar a encontrar aquello que existe; también deben participar en las estrategias que permitan conservar aquello que mañana será necesario encontrar. La memoria digital, en ese sentido, no es una consecuencia automática de la tecnología. Necesita políticas, criterios, instituciones y profesionales que se ocupen de ella.

Del edificio al sistema

Quizá una de las ideas más fértiles de la conversación aparece cuando Escalona imagina la biblioteca del futuro. No la imagina desapareciendo. La imagina expandiéndose. Para ella, la biblioteca debe dejar atrás la definición reducida de «caja de libros» y comprenderse como un sistema dinámico de información. El cambio no consiste solamente en incorporar computadoras, catálogos digitales o inteligencia artificial. Consiste en transformar la relación de la institución con la sociedad. De ahí que afirme: «Ahora tenemos que ir hacia la sociedad, hacia la gente, hacia las comunidades».

La frase recuerda que la función social de las bibliotecas no nació con internet. Escalona recupera la experiencia de Ana María Magaloni y de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, cuando los bibliotecarios salían a las comunidades para conocer sus necesidades y utilizar la información como instrumento para mejorar las condiciones de vida.

Un taller, un documento, una revista o un video podían convertirse en recursos para aprender una actividad y resolver una necesidad concreta. Bajo esta mirada, la biblioteca deja de ser un depósito y se convierte en infraestructura social. No es solamente el sitio donde se guardan los libros de una sociedad, sino uno de los espacios desde los cuales esa sociedad puede acceder al conocimiento necesario para desarrollarse en los ámbitos cultural, educativo, científico, social e incluso político.

La biblioteca del futuro no necesita renunciar a sus muros. Más bien necesita aprender a no depender de ellos.

El profesional que está en todas partes

La expansión de la información también amplía los espacios laborales. Escalona observa que los egresados ya trabajan en medios de comunicación, radio, televisión, periódicos, internet y sistemas de metadatos. La transformación es importante porque obliga a abandonar una definición demasiado estrecha del campo profesional.

El bibliotecólogo no es únicamente quien administra una biblioteca. Es un profesional capaz de analizar información y datos, comprender necesidades informativas y proponer sistemas para resolver problemas. Sin embargo, existe una dificultad que Escalona identifica en los propios egresados: la falta de seguridad para reconocer y comunicar aquello que saben hacer.

«Claro que tenemos los conocimientos; lo que no tenemos es la seguridad».

En esa diferencia entre conocimiento y confianza se juega una parte del futuro laboral de la disciplina. La recomendación de Escalona es concreta: establecer relaciones, construir redes de colaboración y buscar problemas que puedan resolverse mediante las capacidades profesionales adquiridas. La clave consiste en dejar de esperar que el mercado laboral reconozca automáticamente el valor de la profesión. Hay que mostrarlo.

El currículo siempre llega a destiempo

Pero difícilmente puede pedirse a los nuevos profesionales que respondan a los cambios del presente si las instituciones que los forman no consiguen modificarse a tiempo. Escalona conoce bien ese problema desde su trabajo en educación bibliotecológica y en procesos de rediseño curricular. Los planes de estudio requieren largos procesos de discusión, aprobación e implementación. Para cuando una innovación curricular llega al aula, el contexto que la originó puede haber cambiado.

Grupo de estudiantes. Cortesía de Lina Escalona.

Por eso propone currículos flexibles, capaces de incorporar temas emergentes y, sobre todo, de evaluarlos periódicamente. Un curso sobre inteligencia artificial puede ser pertinente hoy y dejar de serlo dentro de algunos años. La flexibilidad permite reconocer esa condición provisional sin convertir lo emergente en una asignatura permanente. Pero hay una advertencia más profunda. Un currículo nuevo no sirve de mucho si continúa siendo enseñado con estrategias antiguas.

«Estamos enseñando nuevos programas con viejas estrategias de enseñanza».

La observación es particularmente significativa porque no se dirige solamente a las instituciones. También interpela al profesor. Cambiar contenidos no basta. Es necesario revisar las estrategias, los modelos educativos y la formación docente. Un profesor que enseña con los mismos métodos durante quince años puede estar impartiendo un programa formalmente actualizado con una práctica pedagógica que ya no corresponde a sus estudiantes.

La transformación educativa, por tanto, no puede quedarse en el documento curricular. Tiene que llegar al aula.

Una aportación hecha de preguntas

Cuando Escalona reflexiona sobre su propia aportación a la educación bibliotecológica mexicana, evita presentarse como autora de una teoría definitiva. Prefiere hablar de reflexión. Su trabajo se ha concentrado en problemas como la evaluación educativa, la acreditación, los perfiles de estudiantes y docentes, las competencias y el diseño curricular. En el fondo, hay una preocupación común: la congruencia entre aquello que se quiere formar y aquello que efectivamente se enseña.

«Yo esperaría que mi aporte sería ese análisis de congruencia de eso que queremos formar y lo que estamos enseñando o lo que estamos compartiendo con nuestros estudiantes».

La modesta respuesta no debe ocultar su alcance. En una disciplina profesional, preguntarse qué tipo de profesional se está formando significa preguntarse también qué sociedad se está preparando.

Su trayectoria de investigación refleja esa preocupación. Desde sus primeros trabajos de evaluación de servicios bibliotecarios en la Dirección General de Bibliotecas Públicas hasta el trabajo colectivo desarrollado posteriormente en el Seminario Internacional de Educación Bibliotecológica, Documentación y Archivística (que ella conformó), existe una transición de la investigación aplicada a una reflexión regional sobre la educación profesional.

Integrantes del Seminario. Cortesía de Lina Escalona.

En ese seminario, integrado por docentes e investigadores de distintos países, Escalona ha coordinador y participado en proyectos relacionados con los problemas educativos que atraviesan Hispanoamérica. Uno de sus trabajos recientes aborda la pertinencia y responsabilidad social de los planes de estudio. Actualmente, además, participa en un proyecto dedicado al uso de la inteligencia artificial en la práctica docente universitaria.

La pregunta vuelve a aparecer, ahora desde la investigación: ¿cómo están enseñando las universidades el uso responsable de la IA y a partir de qué conocimientos, lineamientos e instrumentos? En definitiva, la tecnología cambia, pero la pregunta permanece.

La gratitud de la enseñanza

Hay un momento de la conversación en que la especialista deja por un instante los problemas curriculares, las tecnologías y los sistemas de información y habla de algo más íntimo: sus estudiantes. Dice que una de sus mayores satisfacciones consiste en que quienes han pasado por sus aulas y procesos de asesoría puedan culminar sus metas académicas. Pero hay algo más: la posibilidad de construir relaciones que sobreviven a la universidad.

«Creo que lo logramos con nuestros asesorados, con nuestros estudiantes, cuando hemos logrado una comunicación que va más allá de la academia».

La expresión introduce una dimensión humana que a veces se pierde cuando se habla de educación superior en términos de indicadores, eficiencia terminal, acreditaciones o planes curriculares. Para Escalona, formar profesionales también significa acompañar trayectorias. Quizá por eso, cuando se refiere a su aportación, vuelve a una imagen pequeña: un granito de arena.

No pretende atribuirse una transformación total de la disciplina. Habla de un conjunto de reflexiones orientadas a mejorar la calidad de la formación. En esa tesitura, imagina una recompensa mucho más sencilla que cualquier reconocimiento académico: que alguno de sus antiguos estudiantes pueda decirle, algún día, «gracias, Lina, por habernos apoyado a lograr nuestra meta».

Esa posibilidad se justifica, en parte, por sus años frente al grupo y frente a la investigación.

Una profesión que necesita (auto)reconocerse

A las nuevas generaciones, Escalona les recomienda primero algo que puede parecer obvio: informarse. Conocer la carrera antes de decidir. Preguntar a profesionales. No abandonar demasiado rápido una opción que al principio resulte desconocida. Para quienes están por egresar, el consejo cambia de tono. El mercado laboral es diferente al que encontraron generaciones anteriores. Las oportunidades se han diversificado, pero también aumentaron las exigencias. El profesional debe aprender a reconocer sus capacidades. No basta con decir que se sabe gestionar información. Hay que poder explicar qué problema puede resolverse con ese conocimiento. No basta con pedir que se reconozca la profesión. Hay que mostrar su utilidad. Es un matiz muy importante.

Por eso Escalona propone iniciativa, creatividad, ética y responsabilidad. Todo esto en torno una idea que ha acompañado la entrevista: las relaciones profesionales.

«¡Armemos comunidad!».

La exclamación es más que un consejo laboral. Es también una idea sobre el futuro de la disciplina. En una época de tecnologías capaces de automatizar tareas, la comunidad puede convertirse en una de las formas de resistencia profesional más importantes: compartir conocimiento, establecer redes, colaborar, investigar en equipo y construir soluciones que ningún profesional podría desarrollar por sí solo.

Epílogo

Al terminar el ciberencuentro, se le plantea una última pregunta, casi como un juego: si pudiera dejar un mensaje escrito en el cielo para que todos lo leyeran, ¿qué diría? La respuesta parece contener, en pocas palabras, toda la conversación.

«Tenemos que creernos que somos indispensables para el desarrollo de esta sociedad, pero además de creérnoslo, mostrarlo a la sociedad».

Es una frase que puede leerse como exhortación profesional, pero también como diagnóstico. Las profesiones de la información enfrentan hoy una paradoja. Nunca hubo tantas herramientas para buscar información y, al mismo tiempo, nunca fue tan evidente la necesidad de aprender a distinguirla. Nunca habíamos producido tantos documentos digitales y, sin embargo, seguimos sin saber con certeza cuánto de esa memoria sobrevivirá. Nunca una máquina había producido textos con tanta facilidad y, justamente por ello, se vuelve más importante preguntar quién verifica, interpreta y asume la responsabilidad de lo que esos textos dicen.

En ese escenario, la biblioteca no desaparece: cambia de escala. El bibliotecólogo tampoco desaparece: cambia de territorio. Y la educación bibliotecológica no puede limitarse a actualizar programas: necesita formar profesionales capaces de pensar críticamente en un mundo que modifica sus herramientas más rápido de lo que las instituciones consiguen nombrarlas.

La trayectoria de Lina Escalona puede leerse como un recorrido por esa transformación. Comenzó en una biblioteca especializada en historia, aprendiendo de una maestra que le mostró el oficio desde la práctica; pasó por el ejercicio profesional y la docencia; llegó a la investigación educativa; participó en proyectos colectivos sobre la formación bibliotecológica y hoy estudia uno de los problemas que más rápidamente está modificando la educación: el uso de la inteligencia artificial.

Pero, al final, su preocupación parece permanecer en el mismo sitio donde comenzó: en las personas, en la comunidad que necesita conocimiento para resolver un problema; y en los documentos que una sociedad todavía no sabe que tendrá que conservar.

Quizá esa sea la tarea que permanece cuando las tecnologías cambian: cuidar que la información no se convierta simplemente en ruido. Para eso hacen falta profesionales que sepan buscar, seleccionar, organizar, preservar, interpretar y enseñar. Profesionales que, como pide Escalona, primero se crean indispensables y después tengan el valor de demostrarlo.

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Notas del autor: esta entrevista fue realizada con el apoyo de José Antonio Camacho Ramírez, prestador de servicio social de la Asociación Interdisciplinaria para el Estudio de la Historia de México (AIEHMEX). Asimismo, este texto fue revisado con asistencia de herramientas de inteligencia artificial generativa (ChatGPT Luna) para efectos de corrección y coherencia editorial. El contenido fue redactado por el autor.