
Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación debidamente, desconfía del arte, desconfía de la ciencia, por lo menos de eso que llaman arte y ciencia y no son sino mezquinos remedos del arte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu fe. Tu fe será tu arte, tu fe será tu ciencia.
Miguel de Unamuno, “El sepulcro de Don Quijote”
Para Selma Ancira
Tengo veintiocho años y no conozco la nieve. Pero me la imagino. De pronto creo en la metempsicosis: sé que he caminado por las gélidas estepas, visto los abedules desnudos al borde de un largo camino, entrado a una vieja isba; sé que me he quitado la pelliza y las enlodadas botas; me he sentado frente a una acogedora chimenea, vertiendo frente a mí el ardiente samovar, mientras alguien me cuenta un cuento inolvidable. Sé que he vivido estas imágenes, las tengo tan nítidas, tan claras dentro de mí, que me niego a creer que hubieran sido sólo leídas. Mero fondo y paisajismo. No, me niego.
No recuerdo mi primer encuentro con la literatura rusa, sólo sé que fue tardío. Quizás ocurrió entrando a la universidad, cuando me regalaron unos cuantos ejemplares de la Biblioteca del Universitario, que prontamente empecé a coleccionar. La sonata a Kreutzer, Memorias del subsuelo, La estepa y otros cuentos, Las almas muertas, Caballería roja, esos fueron tal vez los primeros títulos que, leídos con la ingenuidad de quien aún no tiene ninguna pretensión literaria, resultaban deliciosos, atrayentes, conmovedores, herméticos a veces. Tolstói, Dostoievski, Chéjov, Gógol eran nombres de barbudos escritores rusos, que bebían vodka, golpeaban a sus hijos y mujeres, y tenían problemas existenciales. Nada más.

Pero pasaron los años y seguí leyendo otros títulos; fui descubriendo a otros autores, me empecé a preocupar por las versiones y traducciones. Comencé a escribir mis propios cuentos (Chéjov era entonces mi modelo predilecto), y poco a poco la narrativa rusa se convirtió en una de mis brújulas. Encontraba afinidades con otras tradiciones y poéticas. La influencia se volvía insoslayable. La huella de antihéroes de Dostoievski (como Raskólnikov y Vania Petróvich) la rastreé con facilidad en el monsieur Meursault de Camus. El alma del emperador Adriano que edifica Marguerite Yourcenar me parecía ahora hermanada con las del príncipe Andréi Bolkonski, el conde Pierre Bezújov o Konstantin Levin.
El gusto se fue afinando. La genialidad de Gógol ya sólo me era comparable con la de Oscar Wilde. Ningún gringo copión de Chéjov le llega a Chéjov. Tolstói era invencible.
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Mi obsesión por el conde de Yásnaia Poliana se volvió definitiva cuando, cuidando a mis padres enfermos de covid, durante el invierno del 2020-21, en Apaseo el Alto, Guanajuato, leí entre inyecciones de insulina, chequeos de oxímetro, de saturación, frías sopas y rellenado de los tanques de oxígeno, las páginas de Anna Karénina, que intercalaba con los episodios de La ley y el orden. (Cada veinte minutos, más o menos, durante no sé cuántas semanas, intercalé los chequeos de mis padres con el drama decimonónico y la serie policiaca.) Dicen que hay novelas para enfermos (La montaña mágica, En busca del tiempo perdido), pero nunca he oído hablar de novelas mientras cuidas enfermos, y sin duda Anna Karénina es una de ellas. La vida que en ella reboza es otro paliativo: no para los enfermos, sino para el que los cuida. La historia que Tolstói me contaba, con todas sus digresiones, diálogos, escenas de baile y tocador, discusiones, etc., era tan familiarmente hermosa, tan hermosamente familiar, que yo mismo me sentí aludido con aquellos celos, sentenciado en esos infiernos, interpelado por esas búsquedas existenciales, aturdido por esas decepciones amorosas, protagonista de esas pasiones enervadas.

Y después de leer Anna Karénina, ya recuperados y rehabilitados mis padres por completo, regresé a Xalapa, donde vivo desde hace diez años, y lo primero que hice fue seguir leyendo a Tolstói, mi paliativo. Sentía una deuda para con él. Me había ayudado a superar una dura crisis. Y quería seguir abusando de su confianza.
Así que fui en busca de Guerra y paz. Una especie de remordimiento me carcomía al interior, pues ya había escrito mi primera novela (histórica, por cierto) y descaradamente me salté esta lectura, tan recomendada por todos los novelistas serios. Compré una bella edición de Alianza Editorial, traducida por Laura e Irene Andresco. Me sumergí en las primeras páginas al inicio de la primavera.
De inmediato me di cuenta de algo. Era una obra muy superior a Anna Karénina, aunque ésta hubiera sido escrita diez años después. Me sentía tan estúpido, ¡cómo pude atreverme a escribir ficción histórica sin haber pasado antes por aquí! Sentí como si antes hubiera caminado con los ojos vendados, andando a tientas, palpando ciegamente un muro para hallar una veta a lo largo de un camino tenebroso.

Por Guerra y paz atraviesan más o menos 600 personajes, interrelacionados con cuatro familias aristócratas: los Bezújov, los Kuraguin, los Bolkonski y los Rostov. Y, sin embargo, la protagonista de la novela, la heroína del realismo psicológico tolstoyano es el alma. (“De hecho ‒dice Virginia Woolf‒, el alma es el personaje central de la literatura rusa.”) En cada personaje vemos a una creatura que nos entrega su alma, como diciéndonos: Mírala, es la materia bruta de que todos estamos hechos.
Problemas económicos, apuestas, embarazos, enredos, traiciones, amistad, desolación, melancolía, miedo, todo cabe allí, a lo cual le sumamos un marco histórico-bélico: la invasión napoleónica a Rusia en el año 1805. Pero este trasfondo está lejos de ser sólo un telón decorativo. Largas reflexiones psicológicas vienen a sustituir las descripciones tediosas. Tolstói se las arregla para perfilar a Napoleón no describiéndolo con la voz del narrador decimonónico, que conoce todos los vaivenes del personaje, sino a partir del diálogo en los bailes de salón, de las escenas de boudoir, o inmiscuyéndose en sus pensamientos, extrayéndolos con una red como si sacara a un pez del estanque. En Guerra y paz está la suma de todo lo mejor de Tolstói. Víctor Gallego Ballestero, que ha estudiado y traducido al español numerosísimos títulos del conde (y de otros autores rusos), resume en cuatro “rasgos comunes” la narrativa tolstoyana: 1) “Obsesión por el detalle”: no por la mot juste, la palabra justa o exacta a la que aspiraba un cuentista como Borges o un novelista como Flaubert, “sino a una descripción minuciosa y prolija que fuera perfilando y construyendo una imagen definitiva de un objeto, una situación o un personaje”. 2) “Comparación: a Tolstói le gusta enfrentar a distintos personajes a una misma coyuntura y analizar sus distintas reacciones”; ejemplos los vemos en episodios de cuarteles de invierno o salones de baile en Guerra y paz, o en cuentos como Tres muertes y Amo y criado. 3) “Proceso de extrañamiento: con frecuencia Tolstói presenta una situación habitual como si se contemplara por primera vez”; aquí pueden señalarse los múltiples encuentros con las distintas filosofías que exploran sus personajes más autobiográficos, sus alter-egos más evidentes: el príncipe Nejliúdov, el conde Pierre Bezújov o el terrateniente Konstantin Levin. 4) “Uso de monólogo interior”, el recurso predilecto para adentrarnos en el personaje y salirnos de la voz a veces tirana del narrador, que, como con Victo Hugo, es difícil disociar de la figura del autor, y que en Tolstói se desenvuelve con su máximo esplendor: nadie se exenta de tener una profunda vida interior, ni el más miserable de los mujics, ni el mismísimo Napoleón Bonaparte; las damas de la corte, los dipsómanos desahuciados, los cosacos del Cáucaso o los húsares de Sebastopol, las madres infelices, los hijos desheredados, los terratenientes en la ruina, los popes incrédulos, hasta los perros, los árboles y los caballos llegan a tener una vida interior. “Tolstói ‒dice Octavio Paz‒ pinta una época, revive una sociedad, crea un mundo colectivo. Tolstói, como Balzac y Pérez Galdós, tiene un el trazo amplio y seguro, la economía de la fuerza, el equilibrio de las masas vastas y bien dibujadas.”

Los relatos y novelas de Tolstói son polifónicos. Y no sólo sus novelas son totalidades: lo son cada uno de los personajes. (Al menos los más audaces, los más astutos, que son atormentados por múltiples voces interiores.) Cada mundo, es decir, cada personaje tolstoyano, es arrostrado ante una transformación, una íntima epifanía.
Encontramos en Tolstói un camaleón frente al espejo, un autor cuya vida es su otra novela. El suyo es un estilo in crescendo, que arranca desde sus primeras obras (relatos autobiográficos y bélicos escritos cuando tenía veintipocos años) y que perfeccionará a la mitad de su vida, con Guerra y paz y Anna Karénina, hasta sus últimas narraciones donde el misticismo, la revelación religiosa y la lengua popular dominarán su prosa, siendo ya no el conde sino el apóstol de Yásnaia Poliana. Esta prosa depurada de atributos, a veces demasiado llana; esa inclusión de monólogos interiores que hacen de la polifonía un espejo de un mundo interior; la emulación del lenguaje homérico, que demuestra que entre los hombres no hay fraternidad sino perpetua guerra; el uso sutil e infrecuente de locuciones alegóricas, que le permiten definir la personalidad no tanto de sus personajes como de sus destinos; y, por supuesto, la reiterada aparición de sus leitmotiv, como los celos, dan muestra de la continuidad del genio creciente, autocrítico, perfeccionista. (Creo que cualquier lector de Tolstói estaría de acuerdo conmigo: los celos suelen ser el detonante de sus tramas. Lo son en el crimen que comete Posdnichev en La sonata a Kreutzer; lo son del conflicto que une y deshace a las parejas Vronski-Anna, Levin-Kitty; y también aparece en uno de sus poco conocidos pero más perfectos cuentos: Kornéi Vasíliev, que puede ser leído bajo las claves de una Odisea rusa, pues Kornéi, en un acceso de celos, azota casi hasta la muerte a su mujer, lastimando asimismo a su hija Agafia; luego huye, pierde su dinero, se entrega a la bebida y el juego, y regresa veinte años después, reconocido por su perro negro, luego por su esposa y su hijo…)
Dice Romain Rolland, biógrafo, fraternal amigo y “hermano” de Tolstói, que ninguna otra obra ha podido diluir la vida con la literatura como la de Lev Nikoláievich Tolstói. El conde remarcaba en sus diarios que no podía escribir de cosas que no había vivido. (Sergio Pitol insistía en padecer lo mismo.) “Los rusos dicen ‒señala Selma Ancira, una de sus traductoras más notables‒ que Tolstói tiene tres novelas capitales: Guerra y paz, Ana Karenina y su biografía.” La puesta en escena de su dualidad interna es otro leitmotiv: Pierre Bezújov y el príncipe Andréi Bolkonski, al dialogar, son tan contradictorios como Levin y Vronski: y todos son alter-egos de un ídolo interno, inamovible numen que es como el Dios del Antiguo Testamento: posesivo, vengativo, omnisciente y todopoderoso; pero también leal a los suyos, implacable y dador de inmensa vida. El formalista ruso Victor Skilovski señaló: “En las primeras variantes de la novela [Anna Karénina], Vronski, que aún no llevaba ese nombre, era amigo de Levin. Vronski y Levin encarnan dos intentos para encontrar una solución a la vida de su época. Ambos, en última instancia, dadas sus normas de conducta llegarán a un intento de suicidio y a acariciar la idea de la muerte.”[1] Y esta capacidad para retratarse a sí mismo la ejecuta con la misma maestría al pintar a sus seres queridos. Por sus diarios y correspondencias sabemos que, a partir de su esposa, Sofia Behrs, nacieron personajes como Natasha Rostova (Guerra y paz) y la princesa Kitty Scherbatski (Anna Karénina). Los recuerdos de la infancia, los traumas de la adolescencia, los amores de la juventud, los rezos, las plegarias, los llantos, la desolación, el desamparo de la madurez, todo cuanto sintió Tolstói lo retrató fielmente, apenas decorando al ser con otro nombre. Estamos hablando de uno de esos rarísimos casos en que podemos seguir, casi día con día, el itinerario de la producción de una obra, de la genialidad detrás de las crisis, del escritor detrás del autor. Tolstói aró en los terrenos de la desdicha la siembra de la genialidad; y naturalmente vio germinar algunos frutos podridos, como son sus obras más moralinas, los ensayos de la última época, pero también vio crecer un bosque perfecto: tan diverso como inmenso.

No insisto: el arte mayor de Tolstói es el retrato: hacer de un ente vivo no uno literario, sino uno que parece aún más vivo. Por ejemplo, una de sus jóvenes amantes, Valeria Vladiminovna Arsenieva, en una carta fechada en Petersburgo el 19 de noviembre de 1856, en un tono muy cursi, idealizando con ella una familia futura, poniéndole apodos melosos (“tortolita”) y hasta inventándose un apellido de pareja (Jrapovitskaia), y dándole un giro moralizador e irónico, el amante autor de la carta parece ensayar con ella los conflictos que presentarán sus protagonistas más entrañables, los duelos amorosos más recordados de su literatura: los de Anna Karénina. Habla del faux pas que es capaz de arruinar toda relación, le recrimina lo que aún no acaece: “Porque cualquier faux pas, y ya no volverá a alcanzarse la dicha perdida. Y hay muchos de esos faux pas: tanto la coquetería, que motiva desconfianza, celos y animosidad, como los celos sin causa; y la frivolidad, que arruina el amor y la confianza; y la disimulación, inspiradora de recelo; y la ociosidad, que engendra el cansancio mutuo; y la fogosidad, en virtud de la cual se dicen el uno al otro cosas rayanas en la eterna chiquillada; y la informalidad e inconsecuencia en los planes; y lo esencial, la falta de sentido práctico, la negligencia, por la que se enredan los asuntos, se estropea la disposición de ánimo, se derrumban los planes, sucumbe la tranquilidad y nace la mutua repulsa: ¡y adiós!”[2]
¿No tienen Anna Karénina y Vronski esa falta de sentido práctico, esa coquetería, esa informalidad, esa disimulación, esa frivolidad, que son la causa de su ruptura, lo que los lleva a acariciar las ideas de la muerte, a cortejar al suicidio? Lo increíble es que esos detalles que atormentan al joven y enamoradizo conde (tenía 28 años) relucen en una de sus obras maestras veinte años después. Y aunque en una primera lectura podemos advertir el desprecio que siente Tolstói por su creatura, por Anna, es probable que poniéndole más atención, en realidad, sea como propone el formalista Skilovski: “Anna Karenina es un ser superior a todos los demás por el hecho de amar verdaderamente. Tolstoi quisiera condenarla, pero no lo logra.”
Anna Karénina, como Emma Bovary o como el ingenioso Caballero de la Triste Figura, es un personaje que reta a su autor, que se suelta de las riendas y logra mimetizarse con el mundo allá afuera del libro, dentro de nosotros, allende su creador y sus dominios.
Vida y obra son uno. La creación se rumia en la memoria.

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Pero no sólo en Guerra y paz y Anna Karénina vemos al autor desplegado todo el esplendor de los alter-egos. Ya en Los cosacos (1852-62), novela que trata del renunciamiento y abnegación, vemos al joven Olenin, huérfano, romántico, adinerado y enamoradizo, yéndose como Tolstói a una aventura al Cáucaso. En los relatos de Sebastopol (1854-5) el vanidoso teniente Kozéltzov está deseoso de ser imitado por sus subordinados, y se jacta de su porte, como lo hacía el conde con su traje de oficial por aquél entonces. O, por supuesto, el extraño héroe de varias novelas y relatos, su Doppenlgänger, “su prestanombres favorito”, como lo llama Rolland, aquél que aparentemente es muchos personajes simultáneos, el príncipe Nejliúdov. El crítico literario Marc Slonin decía sobre los idealistas rusos de principios del siglo XIX: “No sólo estudiaron filosofía: la vivieron.” Esto le queda como anillo al dedo a Tolstói, y más que a Tolstói, a sus grandes prestanombres: Olenin, Pierre Bezújov, Andréi Bolkonski, Konstantin Levin, el príncipe Nejliúdov. “Maestro del autorretrato”, llama asimismo Slonin a Tolstói: “…poseía también un poder extraordinario para imitar y representar a los demás.”

Mas la nube de personajes tolstoyanos, aunque reúne todas las facetas, claroscuros, tonos y formas que en la condición humana puede haber, hay grupos bien marcados, gremios y cofradías muy delimitados: los ancianos sabios que, no obstante, tienen algo de trickster: de viejos locos en cuyos delirios la lucidez expresa su clarividencia, como Platon Karatáiev en Guerra y paz, o el viejo cazador Erochka de Los cosacos, verdaderas representaciones sanchezcas de la sabiduría popular. Están las femmes fatales, por supuesto, como Hélène Kuraguina, Anna Karénina o la terriblemente seductora Makovkina de El padre Serguei; los infantes aventureros, los monigotes estorbosos, los falsos y frívolos, las viejas argüenderas, los borrachines sin remedio, los apostadores que nunca ganan y siempre pierden. Tolstói fue autor de un proyecto épico, y sus novelas “son novelas de linajes”, como señala Slonin. Y en este carácter épico, el mismo Tolstói es protagonista, piedra angular que todo lo ve y retrata, como un centinela en su atalaya, que, en vez de vigilar al enemigo, saca las acuarelas y lo pinta discutiendo con sus camaradas o silbando una canción mientras monta su caballo.

Pero sea cual fuera la máscara que se pusiera el autor al momento de sentarse a escribir, termina siempre conciliando su alma personal con la de Rusia. “Su sentimiento de la Naturaleza es el de un salvaje pagano que se sabe a su vez parte de la Naturaleza”, dice el esloveno Janko Lavrin, y continúa: “Hasta tal extremo que comenzó a considerar a cada individualidad distinta como una separación de dicha alma ‒el “alma de grupo”, el alma colectiva‒ y, por consiguiente, como una caída y un mal. No veía en la Historia y en la cultura más que un proceso gradual de semejante individualización, vuelta contra la felicidad vegetativa de la humanidad rural. Por eso llamaba a los hombres a un estado precivilizado y deseaba que todos se volvieran roturadores del suelo, con objeto de que no hubiera entre ellos divisiones sociales de ningún género.”
Tolstói a primera vista parecería estar en medio entre los eslavófilos (como Gógol y Dostoievski) y los occidentalistas (cuyo más famoso exponente quizá sea Turguénev). Es decir, en medio del fuego cruzado entre los bandos que juraban que Rusia salvaría a Europa de su barbarie; y los que consideraban que el pueblo ruso debería occidentalizar su sistema económico, político y de pensamiento. En una segunda lectura, podría creerse que Tolstói se decanta por los eslavófilos, que ama como nadie a Rusia y en ella ve una metáfora del cristianismo primitivo, una especie de pueblo privilegiado y destinado a no continuar con las pervertidas iglesias de Occidente. Y atendiendo a ciertas obras, o ciertas partes de sus obras, puede sugerirse que detesta de Rusia y de sus supuestos defensores las abrumantes burocracias, la ortodoxia, la pequeña burguesía. Desde sus primeros cuentos, como Albert o De las memorias del príncipe Nejliúdov, ya denunciaba a los explotadores de recursos naturales y hacedores de paisajes artificiales; hombres incapaces de tentarse el corazón ante la miseria, mujeres despiadadamente vanidosas y vacuas. Examinando detenidamente el retrato que Tolstói hizo de sí mismo encontraremos a un lobo solitario, creyente de la libertad y la verdad, dispuesto romper el pacto de genialidad que tenía consigo mismo, con tal de llevar a tierra firme la fraternidad entre los seres.
[1] Traducción de Sergio Pitol.
[2] Traducción de Pedro Mateo Merino.
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