Conversé con Jose Manuel Cuéllar Moreno, escritor mexicano y estudioso de la filosofía acerca de la filosofía de nuestro país y sobre el autor al que le ha dedicado gran parte de sus estudios: el polémico Emilio Uranga.
R. José Manuel , te has dedicado por igual a la creación literaria que a la investigación filosófica ¿Cómo definirías tu vocación? ¿Eres más investigador, más filósofo o más literato?
J. Para mí no hay una disyuntiva entre filosofía y literatura. Actualmente estoy escribiendo la biografía intelectual de Emilio Uranga. Se parece mucho a escribir una novela: creación de personajes, urdimbre de acontecimientos, arcos narrativos… Es una investigación histórica, un riguroso análisis filosófico, pero también, y sobre todo, un enorme ejercicio de la imaginación.
R. Estamos en un contexto que exige cada vez más una especialización y que nos exige catalogar, ya no sólo nuestro trabajo, sino a los autores que estudiamos. ¿Dónde colocamos a Emilio Uranga? ¿Es también víctima del problema de clasificación en el mundo académico contemporáneo?
J. Sí, completamente. El corset de la especialización nos limita bastante. A mí me parecería paradójico constreñir el pensamiento de Emilio Uranga –que era un pensamiento volcado a lo concreto y a lo vivencial– a un aséptico tratado académico. Emilio Uranga es un Virgilio que me permite recorrer el siglo XX mexicano (sus lados más luminosos y los más turbios). Es importante obedecer las pautas académicas e institucionales, pero considero más importante aún el aprendizaje personal que he recibido –y que recibo– de Emilio Uranga.
R. Se cumple un centenario del nacimiento de Emilio Uranga y tú lo mencionas como una especie de Virgilio para la cultura mexicana del siglo XX, pero yo preguntaría ¿qué tan buen Virgilio es o de qué naturaleza es este Virgilio? Con Emilio Uranga, miembro del Grupo Hiperión, sabemos a qué atenernos, pero hay otro Emilio Uranga que no sabemos bien hacia dónde nos conduce.
J. Recientemente hubo un coloquio sobre Emilio Uranga y el Grupo Hiperión en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Lo organizó Guillermo Hurtado. Una de las principales preocupaciones fue, precisamente, la pluralidad de Urangas. Es un personaje prismático. No podría ser de otro modo. Lo vemos a finales de los cuarenta dedicado a la investigación filosófica (la fenomenología de Husserl, el existencialismo de Heidegger, la ontología existencial de Sartre y de Merleau-Ponty). Lo vemos, una década más tarde, a finales de los cincuenta, absorbido por el periodismo político y por su trabajo como consejero presidencial. ¿Qué pasó? ¿Tuvo un quiebre en Europa, a mediados de los cincuenta, como se suele decir? ¿Hay dos Urangas? Cada vez recelo más de esta separación. No creo que hubiera algo así como una crisis a la mitad de la vida de Uranga. La crisis siempre estuvo ahí, desde sus mocedades. Es una constante vital. El filósofo tuvo mucho de periodista y el periodista jamás renunció a su vena filosófica.
La posición que Uranga ocupó en el siglo XX fue privilegiada. No estamos ante cualquier Virgilio. Uranga estuvo en el centro de ese huracán que fue la “filosofía de lo mexicano”. Fue la voz tronante de esta corriente. Le tocó estar en la Casa de México en París a mediados de los 50, cuando París era una gran fiesta latinoamericana. Formó parte de esa constelación de universitarios que poco después empuñarían las riendas de la nación. Uranga tuvo trato personal de amigo-enemigo con ellos para después convertirse, gracias a sus columnas, en algo así como la “conciencia vigilante de la República”. Uranga fue un testigo presencial, pero también un actor y un agente. Difícilmente encontraremos un mejor guía y, sobre todo, un guía más descarnadamente honesto. No solamente decía las verdades, sino que las aullaba. Esto a la distancia sigue lastimando, pero se agradece.
R. Lo que ha traído este centenario ha sido una reivindicación de su obra y de su biografía. Pero tener que revisitarlo supone que Uranga no logró llegar, al menos en su momento, a ese Partenón donde está Vasconcelos, Zea, Caso y muchos otros. ¿Por qué ocupa este lugar marginal?
J. No fue un personaje marginal, pero sí negado y deliberadamente olvidado, casi sepultado. Su voz no era accesoria ni secundaria. En la actualidad vivimos una especie de revalorización, reivindicación y acopio de su obra (una obra dispersa). Uranga no dejó un legado sólido, no se preocupó por hacer escuela o aleccionar discípulos. No dejó un archivo debidamene ordenado. La tarea de recoger, ordenar y estudiar sus textos comienza a hacerse. Estamos por llevarnos muchas sorpresas. Cada vez somos más los investigadores convencidos de que Uranga debe ocupar un lugar de primer orden en la filosofía mexicana y en la filosofía a secas.
R. ¿Nos estamos equivocando al intentar llevar a Uranga a ese lugar donde estarán todos estos hombres que marcaron el siglo XX? ¿Lo estaremos forzando de alguna manera? Sobre todo al segundo Uranga.
J. La revalorización de Uranga no es ociosa ni forzada; obedece a una inquietud muy vigente. Recordemos que el discurso de Uranga es un discurso abiertamente antinacionalista y anticolonial. Hablamos de un “segundo Uranga” pero la realidad es que no sabemos bien a bien a quién nos estamos refiriendo. El Uranga periodista se esconde detrás de una espesa niebla. Su leyenda negra no es tan negra como sostienen algunos. Antes de emitir juicios apresurados tendremos que leernos sus cientos –y acaso miles– de artículos.
R. Cabe la posibilidad de que, como el Vasconcelos de la revista Timón, nos encontremos con elementos discordantes y difíciles de aceptar dentro de un corpus y de una lectura actualizada. ¿Qué pasa con estos elementos que podrían estar presentes dentro del material periodístico de Uranga y que muchas personas han sacado a relucir? ¿Qué pasa con los “dardos filosos”, con el Uranga contestatario, con ese Uranga que posiblemente haya equivocado la ruta?
J. Uranga y Vasconcelos son dos ovejas negras de la filosofía. Son dos personajes que arrancaron a la filosofía de la calidez del gabinete y que la pusieron a combatir en la arena política, con todo lo que eso conlleva. Asumieron un riesgo enorme. ¿Se equivocaron? Sí, sin duda los dos se equivocaron garrafalmente. Dieron muchas veces en el blanco, de eso tampoco nos puede caber duda. Uranga viene de una tradición filosófica historicista y circunstancialista. Para él las ideas inciden en la realidad, producen cambios internos y a la postre externos (la frontera entre sujeto y objeto le era difusa, por eso prefería hablar de “existencia”).
La imagen que tengo de Emilio Uranga es la de una persona cínica, entendido este cinismo no solamente como recurso literario sino como una técnica de develación de la verdad; es una técnica de desenmascaramiento. A Uranga se le acusa de venalidad, y pareciera que esta acusación entraña otra: la de haber sido dócil con el poder. Esto para nada es cierto. Cualquiera que esté familiarizado con el estilo de Uranga se dará cuenta de que no fue dócil con nadie, ni consigo mismo. Tenía un estilo inclemente. Sabía combinar el elogio y la lisonja con la crítica punzante. Es un autor complejo y por momentos inasible. Sus acusaciones más venenosas (esos “dardos filosos” que mencionabas), sus polémicas, sus pleitos, sus yerros, pero también sus grandes aciertos, sus filosofemas, sus exhortaciones a vivir libre y responsablemente, sus profecías… Todo tiene que formar parte del abultado expediente de Emilio Uranga.
R. Recientemente has estado trabajando el diario alemán de Emilio Uranga, que es la etapa que sigue a la publicación del Análisis del ser del mexicano (1952). Uranga viaja a Alemania y estudia con Heidegger. Pero hay quien ve en este diario, de próxima aparición, un rompimiento entre el primero y el segundo Uranga, un momento de crisis del que el propio pensador no pudo recuperarse. ¿Qué piensas al respecto? ¿El diario es el testimonio de una crisis?
J. Tuve la oportunidad de transcribir el diario alemán de Emilio Uranga, un diario que va de 1954 a 1956. Lo transcribí, anoté y estudié. Se va a publicar junto con la correspondencia a Luis Villoro y la correspondencia cruzada Uranga-Alfonso Reyes. Las páginas de este diario nos revelan a una persona que combatió con ánimo infatigable al demonio de la creación literaria y filosófica. ¿Cuál debía ser el derrotero de la filosofía mexicana? Es un momento crítico de su vida. Uranga siente la urgencia de horadarse un camino propio. Muchos autores se le caen de las manos: Husserl, Heidegger, Sartre.
También es un momento de acercamiento a la literatura. Se pone a leer intensamente a Goethe. En Alemania está incomunicado, recibe poco dinero, poca correspondencia. La crisis es aguda, pero no podríamos decir que fuese una crisis repentina. Más aún: Emilio Uranga era una persona de crisis, lo dice en artículos previos. La crisis forma parte de su propuesta filosófica pero también de su personalidad y de su temperamento. Lo esencial de la condición humana no es el “ser-para-la-muerte”, a lo Heidegger, sino el “ser-para-el-accidente”. Y así vivía (y se desvivía) Uranga: accidentalizándose. Tener que accidentalizarse constituía casi un imperativo. De modo que no hablaría de “la crisis de Alemania” o “la crisis de Europa”. Hablaría, más bien, de un continuo desangrarse y de un continuo cuestionarse. En el diario la carcoma espiritual es evidente. El formato de “diario” favorecía esta conversación de Uranga consigo mismo. Leerlo por primera vez se sintió casi como profanar un sarcófago. No olvidemos que Alemania fue un momento de ruptura, un punto de inflexión, un quiebre, pero también un reencuentro y un recuento: vuelve al regazo de Goethe. Después se va a París. Ahí no lo pasó nada mal. París era un jolgorio.
R. Sin embargo, lo que después sucede es un aparente abandono de la filosofía. De alguna manera en tu trabajo quieres defender que hay una continuidad, pero vemos un lenguaje muy distinto entre un primer y un segundo Uranga. Efectivamente, se sigue mostrando listo, agudo en sus pensamientos, con una pluma afilada y lista para decir las cosas, pero claro que hay un cambio de proyecto del Análisis del ser del mexicano a los textos periodísticos.
J. Por supuesto que hay un cambio, un desarrollo y una evolución. Pero la cuestión central permanece. Esta cuestión no es otra que la del estilo: al pregunta por la expresión filosófica, la expresión literaria, la expresión personal. Es una cuestión que Uranga resuelve de múltiples maneras a lo largo de su vida. En la palestra del periodismo afila su pluma. Para Uranga el género filosófico por excelencia siempre fue el diálogo, no el tratado académico; el diálogo en todas sus modalidades: una tertulia de salón, un café, un artículo periodístico, una polémica. Es más: cuando Uranga no tenía interlocutores, se los inventaba. Esto sucede en un libro de 1971, Astucias literarias.
No es que Uranga haya renunciado a la filosofía profesional para hacer otra cosa. Desde joven expresó su repudio a la figura del filósofo docto. Él dice a finales de los 40: “yo no quiero ser profesor de filosofía, no quiero dedicarme a comentar textos”. Muchas de sus conferencias de esa época (su época de hiperión) no las impartió dentro de la Facultad de Filosofía, en la Casa de los Mascarones. Su pensamiento se desbordaba de las aulas. Fue a la radio, fue a la televisión (cuando apenas comenzaba la televisión); publicó en los semanarios culturales de los principales periódicos del país… No es que haya llegado de Alemania y haya decidido de golpe abandonar la academia.
R. ¿Uranga hubiera sido un gran profesor?
J. No lo sé. Seguramente sí; seguramente lo fue durante los años en que impartió clases y seguramente lo sería en la actualidad. Tendría un estilo irónico y mayeutico.
R. ¿Tenemos testimonios de Uranga como profesor, sabemos cómo fue su paso por las aulas?
J. Tenemos pocos testimonios. Él no era muy adepto a crear escuela o a dejar discípulos, al menos en el sentido universitario del término. Él daba pocas clases. Regresa a México en 1957 y abandona la academia en 1965. En esos años imparte sobre todo dos asignaturas: Axiología y Filosofía alemana contemporánea. No pasaba muchas horas dentro de la universidad. Apenas regresó de Alemania, se incorporó al periodismo político.
R. Has publicado dos libros sobre Uranga y hay otro, un tercero, que viene en camino. Me refiero a La Revolución inconclusa, La exquisita dolencia (los ensayos que escribió Emilio Uranga sobre Ramón López Velarde) y el diario alemán inédito, del que ya hemos hablado. Quisiera concentrarme exclusivamente al libro La Revolución inconclusa. En ese texto subrayas la relación de Emilio Uranga con el poder político, lo llamas “artífice oculto del PRI”. A la distancia y pasado el centenario del autor, ¿qué tanto podemos seguir pensando en Emilio Uranga como el “artífice oculto del PRI”? ¿Esto, de alguna manera, no aproxima a Uranga a un territorio en el que él mismo no se sentiría del todo a gusto?
J. La Revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI es un libro que se publicó en 2018. Lo publicó la editorial Ariel. Lo de “artífice oculto del PRI” se aclara perfectamente cuando uno hojea el libro y se adentra en los planteamientos de Uranga. Fue artífice de un andamiaje teórico en un momento crítico para la Revolución: el año de 1960. La revolución cubana se robaba todas las simpatías; teníamos una ofensiva magisterial y ferrocarrilera sin precedentes en el país. Había una crisis de legitimación: una enorme grieta que se extendía a lo largo y ancho del PRI. Es en este conexto poco propicio para las celebraciones que López Mateos suelta una de sus frases más celebres: “Mi gobierno, dentro de la Constitución, es de extrema izquierda”. Emilio Uranga es el encargado de llenar de contenido las declaraciones presidenciales y de elevarlas a “doctrina Guaymas”. Lo que en realidad hace es refrescar el valor, el sentido y el significado originarios de la Revolución, que no es un hecho histórico anclado ya en el pasado, algo que sucedióen 1910, sino que es la brújula y el proyecto vital del mexicano; es un quehacer colectivo, una fuente constante de inspiración. De ahí el título del libro: una revolución inconclusa.
En ese momento Víctor Rico Galán acusó a Uranga de ser un ideólogo de los granaderos por impedir la proyección internacional de la Revolución Mexicana, por hablar de una revolución mexicana sui generis y por rechazar el influjo del marxismo-leninismo. Esto es exagerado. El propio Uranga compartía la preocupación de Rico Galán. La revolución, siendo un movimiento local, podía perfectamente entrar en comunicación con otros movimientos sociales. La Revolución Mexicana, dice Uranga, es un canal de riego, siempre y cuando la entendamos como una gesta humanista. Y no acabaremos de comprender lo que Uranga quiere decir con “gesta humanista” si no volteamos la mirada a Ramón López Velarde. Esto me llevó a preparar mi segundo libro.
R. Una cosa más sobre el libro La Revolución inconclusa. Esta cercanía al poder es algo que a los filósofos les causa mucha sospecha, al menos a los filósofos mexicanos. Les preocupa no estar en el lado correcto de la historia. Uno se pregunta: ¿estaba Uranga del lado correcto?
J. Es muy tentador hacer una lectura psicologista. ¿Qué habrá pensado Uranga? ¿Qué habrá esperado del lopezmateísmo? Creo que él estaba convencido de que con López Mateos la Revolución Mexicana daba un golpe de timón y que volvía a abrevar de sus fuentes espirituales. En esos momentos él no entiende la labor del intelectual como una oposición desde fuera del aparato de gobierno. Esta labor tiene que hacerse desde dentro sin incurrir en servilismos. No era un caso aislado. Para nada. La cercanía (afortunada en muchas ocasiones) de los intelectuales con el régimen era de lo más común.

R. Contrasta o se complementa esta visión de Uranga “artífice oculto del PRI” con el Uranga que nos presentas en La exquisita dolencia, publicado por Bonilla Artigas Editores en el centenario de la muerte de López Velarde, que coincide con el centenario del natalicio de Emilio Uranga. ¿Cuál es la relación de Uranga con López Velarde? ¿Esta relación se mantiene idéntica a lo largo de toda su obra o podemos distinguir etapas?
J. Ramón López Velarde fue la autoridad máxima en la vida y en la obra de Emilio Uranga. Uranga llegó a decir que no había poesía anterior a la de López Velarde. Su Análisis del ser del mexicano termina o desemboca en un capítulo titulado “Poesía”. Allí Uranga hace una lectura en clave ontológica de algunos poemas del zacatecano. Uranga quería ir más allá de la ontología binaria de Occidente y se sirve del movimiento pendular lopezvelardiano para conseguirlo.
Utiliza otras categorías de Ramón López Velarde, como zozobra, que es ese estado de ánimo en que florece el mundo para el mexicano; no es la angustia de los alemanes, no es la náusea de los franceses. El clima afectivo de México es –o era– otro. Se requería de un vocablo específico para designarlo. Uranga también se apropia de la metáfora lopezvelardiana de la tejedora para pensar el tránsito del individuo a la comunidad. López Velarde le da la llave para solventar el problema que preocupaba a todos los hiperiones, a saber, el problema de la intersubjetividad y de la convivencia.
Aquí no se acaba el diálogo, por supuesto. No es ninguna casualidad que en 1960 Uranga recupere la noción intimista y lopezvelardiana de Revolución como un cambio de mentalidad y de sentimientos morales. La Revolución no podía limitarse a ser un cambio de gabinete. La gran lección revolucionaria es que todos los seres humanos somos cuerpos atravesados por una radical vulnerabilidad y una radical inseguridad. Esto es lo que nos recuerda Emilio Uranga en 1960.
El diálogo concluye hacia 1975-76 de forma conmovedora. Emilio Uranga, que siempre se había adherido sin reservas a la poesía y a la figura de López Velarde, comienza a criticarlo; comienza a ver cosas que antes no veía. Le incomoda la fijación del poeta ya no solamente a las ideas sino a la persona de Madero. Ahí, exclama Uranga, estaba el germen del presidencialismo y del culto al poder ejecutivo.
R. ¿Cómo pinta el futuro para Emilio Uranga? ¿Qué más nos tiene que decir? A veces sucede que se acerca el centenario de un personaje, nos ponemos a estudiarlo, lo revisamos, pero luego viene el centenario de otro personaje. Pareciera que las efemérides son un pretexto para recordar, pero también para olvidar. ¿Será que Uranga volverá al silencio?
J. Afortunadamente “los maullidos de demonio sarcástico” de Emilio Uranga, para utilizar un verso del poeta de Jerez, están lejos de ser acallados. La obra de Emilio Uranga está siendo traducida al inglés y existe ya un grupo de investigadores que se comunican entre sí y que empiezan a compartir (y a debatir) sus diversas interpretaciones. La filosofía de Uranga nos está ayudando a reflexionar sobre las identidades fronterizas y las indentidades de género; nos está ayudando también en el desmantelamiento de posturas nacionalistas. Una filosofía de México y para México tendrá que habérselas con Emilio Uranga. Ya sea que estemos a favor o en contra.
Foto de portada: Edgar Legaspi

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