Valentín Eduardo, Lengua de tierra, LibrObjeto Editorial, México, 2025.
El título del segundo poemario del sinaloense Valentín Eduardo, Lengua de tierra, pone un énfasis particular en el registro marcado por la oralidad del que el poeta abreva y al cual homenajea, pero no debemos engañarse y creer que es una mera fachada estilística o un conjunto de recursos e imaginarios abordados de forma caprichosa o superficial. Sí, la lengua de tierra del título apunta hacia lo oral, pero también son terrosos y están arraigados el corazón, el cuerpo y el alma de Valentín Eduardo y así se vuelve patente en este refrescante poemario. Se trata de una cuestión de identidad profunda, por lo que la tierra aludida no es polvo de terracería sino un fundamento firme y meollo medular, sin recurrir por ello a idealizaciones ni sacrificar la preocupación por el presente y el futuro de su ciudad en aras de un romantizado atavismo.
Las cinco secciones en que se organiza el poemario (aunque explícitamente son sólo cuatro partes más cuatro poemas programáticos agrupados como “[Intro]”: “Cancionero culichi”, “Niño perdido”, “Canto de los tahues” y “Canciones para no morir de esperanza”) reflejan una organización no sólo temática, sino también estilísticas. Las cuatro piezas de “Intro” presentan las formas estróficas que cobrarán los poemas: mayoritariamente octosílabos con rimas asonantes en verso par, es decir, según la estructura típica del romancero y, por ende, también a la usanza del corrido más tradicional; por su parte, la segunda métrica de la que se sirve Valentín es la alternancia de heptasílabos con endecasílabos, que en el caso del poema en “Intro” sigue el esquema del metro llamado lira, pero esta estrofa más compleja sólo está representada por el poema programático “Declaración de amor” y el poema épico de veinticuatro páginas titulado “Canto de los tahues”, que conforma una de las secciones del poemario.
Arranca el libro con los programáticos “¿Qué es Culiacán?”, de anáforas ontológicas, “Declaración de amor”, en el que una estrofa hace rimar town con round incorporando anglicismos directos para pasar a insertar un hijuesumadre una estrofa después, “Invocación a la tambora”, una suerte de manifiesto poético, y “Nuevo corrido culichi”, cuya última estrofa dice “Estas son las mañanitas que cantaba un Valentín, / hoy por ser culiacanazo, te las cantamos a ti”. La elaboración de los versos reclama con orgullo y sin prejuicio alguno numerosos rasgos directamente orales, incluyendo formulaciones reiterativas del cariz “Al si de los clarinetes”, “¡Viene de ahi, compa Chuy!”, “Para toda la plebada” y “Ya con esta me despido” que salpicarán varias veces los octosílabos a lo largo del poemario.

Respecto al segundo de estos versos formulares caben resaltar el entrañable intimismo y el afectuoso folclorismo de referirse a Jesucristo con este hipocorístico lleno de calidez. Una de las actitudes con las que Valentín confronta brutalidad y violencia de cualquier tipo, tanto desde el verso como en el día a día, suele ser una firme ternura, si bien auténtica, jamás ingenua. Esta palpitante y palpable calidez impregna todo el poemario, por lo que podemos afirmar quienes conocemos al Valentín Eduardo del día a día que el Valentín poeta no se esconde detrás de cada verso, sino que se ha destilado a sí mismo y a su Culiacán en ellos, al igual que un árbol deja caer sus hojas y frutos al suelo circundante, como sabe la poesía, con espléndida gratitud al sustento mineral del suelo y no por mera cuestión gravitacional. ¿Hay, entonces, título más acertado que Lengua de tierra?
No sólo el clamoroso sonsonete de la tambora y Jesús (el Redentor y el de los humildes, parias y prostitutas, no de el de supremacismos y hegemonía) son personajes que pueblan este libro; en las secciones “Cancionero culichi” y “Niño perdido” nos encontramos ante una galería de retratos cotidianos culiacanenses en la que, pese a la preponderancia de los protagonistas descritos, el paisaje sinaloense queda plasmado con la misma intencionalidad (he aquí nuevamente un porqué para el título del poemario). Sin embargo, no es una galería estática, sino un dinámico, vasto y variopinto desfile de vidas culichis; por un lado, “Cancionero culichi” representa una faz más luminosa y optimista de la capital sinaloense, para contraponerse a los poemas de “Niño perdido”, que no maquillan lo atribulado, lo funesto, la tragedia.
Ninguna de las dos caras de la moneda invalida a la otra, por lo que resulta un acierto presentarnos esta dualidad en las primeras secciones del poemario para expresar la complejidad de la realidad culichi sin sensacionalismos ni vacías cursilerías. El primer segmento tiene títulos pintorescos como “De la peluquera”, “San Valentín conoce a “Valentín” y “Del vendedor de periódicos”, como también contemplativos, pero igual optimistas, en la línea de “Corrido que es un poema”, “Corrido feliz”, “Del amigo”, “Del que no está enojado” y “Del calorón”. En cambio, deliberadamente opuestos resultan los poemas de “Niño perdido”: “El impresentable” sobre los orígenes humildes del autor, “Del abuso” y “Del joto” como autobiografía cuir en corrido, “De la prostituta”, “De los pobres”, “Del dinero” (con su aforístico final: “fuimos todos engañados en la escuela del dinero”), dos narraciones bajo el nada sutil título de Tragedia (“Tragedia de Juan Luis alias Pirata de Culiacán” y “Tragedia de Isabel Cristina”), “Corrido verde” sobre el cannabis, “De las rastreadoras”, “De la buchona” y el lúgubre réquiem norteño con el que cierra, “Corrido del muerto”, entre otros.
Estilísticamente, “Cancionero culichi” y “Niño perdido” son secciones similares que se decantan por una forma muy peculiar de presentar el octosílabo del romance, no sólo por los numerosísimos momentos poco ortodoxos a la hora de escandir, sino también por presentar cada grupo de cuatro octosílabos como sólo dos líneas de poema, generando la sensación de leer más bien pareados de dieciséis sílabas con rima asonante. Aunque muchas elecciones de escansión parezcan arbitrarias o incluso desinformadas, el autor parece apuntar, más bien, a posturas lingüísticas más descriptivistas que prescriptivistas y rigurosas a la hora de contabilizar las sílabas de sus versos.
Sirvan como ejemplo la estrofa final de “Poema del cielo” (diríase écfrasis – ¿o pintura? – de un paisajismo cromáticamente simbolista y expresionista), “Qué se me hace que me falta, si lo busco en otros lares, / donde el cielo es una cosa de colores a la tarde”, y estas estrofas con las que Valentín inicia “Del abstemio: “Este es el nuevo corrido del que ya no va a tomar, / que al cabo ni le gustaba y hay un precio que pagar. // Crudo por última vez, aunque sin vicios ahora, / para toda la plebada, que se escuche la tambora. // Diecinueve años tenía cuando probé del alcohol / en casa de unos extraños, cubas de whisky sin sol”.
Como antes mencioné, la sección titulada “Canto de los tahues” difiere estróficamente del patrón octosílabo de casi todo este cancionero, sin por ello ser menos reconocible su musicalidad. Todo lo contrario: cada una de sus estrofas está conformada por dos liras de rima variable -a veces consonante y a veces asonante- en las que no faltan excepciones o licencias en que Valentín elige no rimar algún verso, por lo cual estas estrofas de diez versos cobran una sonoridad que bien puede remitir a la desenvoltura irregular pero meticulosa de la silva. También en cuanto a registro, resulta menos folclórico y más aurisecular que el resto del poemario, siendo afín este tratamiento a la solemnidad del tema, tanto histórico como mitologizado por el poeta, de las migraciones de las tribus tahues que terminaron por asentarse en el sitio de la actual Culiacán Rosales.
A lo largo una “[Intro]” y tres “episodios” (“De la salida de los tahues de Pataya”, “Del viaje de los tahues por el desierto de Sonora” y “De la llegada de los tahues a Culiacán del Valle”), treintaiséis estrofas narrativas alternadas con treintaiuna iteraciones de varios estribillos, los heptasílabos y endecasílabos de Valentín trazan la migración u odisea (pues toda odisea es historia de migrantes) de los tahues a través de varios paisajes que los encaminaron a su asentamiento definitivo, y aquí el mencionado paisajismo del poeta reluce con aún más lirismo y mayor sensualidad.
Pero no todo es meramente lírico: las estrofas del último segmento refieren no sólo las andanzas finales del trayecto, sino una masacre. Canta, por ejemplo, la sexta estrofa: “Juzgados invasores / venidos de Pataya a conquistarles, / encienden los furores / de achires sin nombrarles, / extraños a la costa al divisarles. / Preparan arco y flecha, / las lanzas y el disparo a puntería, / cual águila que acecha / al pez que se confía / templado en el azul del alma pía”. Si a alguien en particular es tremendamente asociable el adjetivo “pío”, seguro es Eneas, quien, precisamente en el final abrupto de la épica virgiliana, da muerte a Turno. La novena estrofa nos pinta el paisaje sangriento de la costa culichi (no ajeno al río Escamandro desbordante de cadáveres troyanos masacrados por el enfurecido Aquiles, cerca del final de la Ilíada): “Bermejo pinta el mar / la sangre india que lava la marea / de cuerpos al azar / nutrido en su ralea / para que el Sol mitigue la pelea. / Misma noche, los pueblos / se imponen al achire de Angostura, / foráneos en despueblo / que pierden la mesura / por ver a Culiacán en su hermosura”.
Sin ser explícito al respecto, Valentín Eduardo nos presenta al final de su poema épico la violencia y el derramamiento de sangre como parte del mito fundacional de Culiacán, así como la antigua Roma entrelazaba su fundación en el fratricidio de Remo a manos de Rómulo y el posterior rapto de las sabinas. Pero es precisamente la forma en que termina el poeta culichi por redondear el poemario con el segmento “Canciones para no morir de esperanza”.
Si la penúltima sección del libro se remitía al pasado primigenio del poblamiento de la actual Culiacán, en el último segmento del poemario Valentín nos presenta prospectivamente sus anhelos para el futuro de la capital sinaloense, las promesas y el potencial profundísimamente sentido que sólo quien es oriundo de un lugar y lo habita desde el corazón puede plantear con pleno derecho. Para los primeros seis poemas nuevamente recurre el culichi al octosílabo, pero ahora presentado en estrofas de cuatro líneas y con esquema de rima ABBA. Particularmente conmovedores resultan “El Culiacán que merecemos” y “Para Culiacán quiero” como broche de oro de este poemario que logra su cometido de plasmar desde numerosísimas perspectivas la complejidad de la identidad de la ciudad de Valentín. A pesar de contener algunas de mis estrofas favoritas del libro, prefiero que sirva la reticencia de no mostrarlos como invitación a sumergirse en la escritura bien planteada y alcanzada del segundo libro de este poeta.
La Lengua de tierra de Valentín canta cálida y clara, con elocuencia cadenciosa y llena de dignidad y cuidado, desde el más auténtico amor que puede un poeta expresar por lo que sabe y siente suyo.