La novia - MilMesetas

Parroquia San José

Siempre quise una novia que cogiera bonito, una que se emborrachara conmigo y terminara por abandonarme justo en el clímax de nuestro idilio para que su recuerdo me sangrara por siempre. La alabanza de Armando Palomas se convirtió en el presagio de una de mis relaciones más significativas hasta el sol de hoy…

El haber deseado coincidir con ella por tantos años, ya se había convertido en una rutina divertida y hasta utópica para mí, pues nunca me pasó por la cabeza que ese anhelo pudiese cristalizarse sobre el lienzo de mi gravedad horizontal. Yo simplemente fantaseaba con toda la gama de posibilidades de colarme por alguna rendija de su descuido y aterrizar en su realidad para beber una cerveza a su lado o hacerle un hijo, lo que sucediera primero. Resignado estaba ya ante mis múltiples intentos fallidos de acercarme a tan espléndida mujer, pero una mañana de agosto, convergieron la cantidad exacta de coincidencias irrepetibles para que nuestro encuentro por fin pudiera suceder…

La luz de su mirada se encontraba en verde esa mañana, así que saludé con la mayor de las seguridades, y minutos después, ya la acompañaba a comprar sus vegetales mientras le pedía su número telefónico. Como pude, me le fui metiendo poquito a poco hasta convertirme en una pequeña necesidad para su ego, el mismo que sucumbió con el constante bombardeo de mis halagos, y ante tanta insistencia de mis letras, su resistencia bajó la guardia para regalarme el primero de sus besos la noche del 9 de octubre.

Le fui muy honesto con mis intenciones y desde ese instante le pedí ya no hiciera planes mínimamente por los próximos 40 años –pienso vivir hasta los 80– porque ella me gustaba para el mejor pretexto de mi existencia. Quise saber cómo era portarse bien por vez primera y hacer las cosas con calma, así que durante las primeras citas no le pedí las nalgas y me dediqué únicamente a contemplarla, a dejar que todos mis sentidos la aprehendieran para que en días postreros –como hoy–, cuando ya no estuviera conmigo, pudiese dibujarla dentro de mi laberinto mental y abrazarla con toda la locura que me posee… Ya teniéndola bien guardada en el corazón, entonces sí le hice saber que no quería despegarme de su boca más que para tomar aire y continuar besándola, y que cuando me sangraran los labios, entonces mi lengua se daría a la tarea de contar cada poro de su piel y sólo detenerme a descansar un poco para saciar mi sed bebiendo de esa deliciosa fuente inagotable de leche y miel que hallé entre sus piernas.

Nuestra primera noche juntos ya se había anunciado pero no ocurrió como se había planeado; salimos a beber cerveza y ya de regreso en casa, terminamos desnudos y ebrios al amanecer tirados sobre mi alfombra sin haber hecho el amor… Una resaca brutal ceñía nuestro libido acompañando a los rayos de sol que se filtraban por mis cortinas para darnos directo en el rostro.

Fueron legión las noches de nuestras borracheras, lamentablemente para mí que me encanta coger estando ebrio, a ella no le gustaba el sexo cuando bebía, porque decía que el efecto y el éxtasis del alcohol se le escapaba y lo prefería por sobre todos los orgasmos, así que tuve que dejar domesticar mi pulsión venérea por sus negativas y disfrutar de su compañía remojada en alcohol, y yo me deleitaba en sus besos empapados de whiskey…

Los meses siguieron su curso, y como todo idilio lleno de altibajos, el nuestro no podía ser la excepción, pero supimos esquivar bien todos los estorbos que intentaban interrumpir su trayectoria, incluso salimos bien librados de la inconformidad de su madre al saber que su amada hija salía con éste mamarracho alcohólico fracasado que nada podía ofrecer… Todo marchaba bien; yo aprendí a hacer el amor sintiendo amor –algo nuevo para mí–, y ella comenzó a sentirse menos triste.

240 fueron el total de lunas a su lado. Es un insignificante puñado de días si se comparan con mi oferta original de miserables 40 años en su compañía. Todo transcurría con un ritmo maravilloso hasta que su puto novio recordó que tenía novia y me la robó, pero se la regresé con mi nombre tatuado…

Las mujeres que no superan a sus exnovios son un verdadero dolor de huevos, y los exnovios que reciclan múltiplemente a la misma mujer porque no son capaces conquistar otra, son bastante patéticos. Pasé de ser protagónico a espectador en muy poco tiempo, supongo que eso sucede cuando uno profana el noveno mandamiento del decálogo cristiano y le roba la mujer al prójimo; toca sufrir en carne propia un cruel desahucio que apachurra las costillas al ya no sentirse cobijado por el amor de ella.

Hace un par de semanas andaba por las calles del Centro, deambulaba por el barrio chino con un seis de cerveza colgando de mi mano izquierda, y de forma casi automática, llegué hasta las puertas de la parroquia de san José que tanto quiero, el mismo lugar donde descansan las cenizas de un buen amigo, y donde ella algún día me bendijo. No soy creyente, pero su acto de fe hacia conmigo fue algo que valoré muchísimo, tanto que hasta hoy día lo recuerdo con cariño. Yo ya había destapado un bote cuando entré, el cura que oficiaba misa paró su discurso para señalarme con su dedo flamígero y decirme que no se podía beber dentro del santuario, hice caso a su amenazante mirada y tiré mi cerveza. Me senté en el rincón de una banca largo tiempo oyendo –sin poner atención– la celebración religiosa del día. Esperé a que terminara porque quería estar solo contemplando ese retablo de ornatos dorados y pinturas opacas y dañadas por el paso del tiempo para, de alguna forma, dar “gracias” a Dios, a la vida, al universo, a la chingada, a quien corresponda, por la oportunidad de haber tenido a la mujer de mi vida en mi vida, por haberle regalado la mejor experiencia de amor a éste cuarentón medio abollado por sus malas decisiones, pero el sacerdote no tenía intención de dejarme solo, y cuando terminó de mojar a todos sus feligreses, caminó hasta mi banca y vertió sobre mí de esa agua tibia. Al percibir ese hilo de agua resbalar por mi cabeza, inevitablemente las palabras de ella, llegaron a mi recuerdo: “Que Dios te cuide siempre”.

Esa novia que pedí prestada no cogía bonito, pero me gusta pensar que me amaba y lo hacía con amor. Bebió más cervezas junto a mí que la suma de todos los días que tuvimos juntos, tenía un pésimo gusto musical y lloró conmigo y por mi culpa otras tantas ocasiones, también volamos algunas veces. Al final, la sentencia del Palomas se cumplió a cabalidad y terminó por abandonarme…

Hay que tener cuidado con la canción que uno elige como soundtrack de nuestros idilios, porque a veces funcionan a modo de profecía.

Hoy, ya no conservo rastro de ella; cambié en hooter´s nuestra foto por cerveza un 14 de febrero para curarme un poco el orgullo, pero ella y yo seguimos siendo lo que fuimos, porque a nadie más le queda ni le puede servir todo el amor que todavía le tengo. Seguimos siendo para todos aquellos que aún nos recuerdan juntos…

Por Javier Hernández.

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