Cuento improvisado - MilMesetas

Crónica de un fracasado

I

Vivo en un cuarto de azotea de tres por tres en la calle de Argentina No. 51 colonia Centro que algún día fue una pequeña bodega y acondicionaron con un diminuto baño para podérmelo rentar. En mi humilde morada, únicamente tengo un colchón desvencijado tirado sobre el suelo, una cobija desgastada que me protege del frío, una almohada que yo mismo hice zurciendo una camiseta vieja que llené con calcetines rotos, y una caja de cartón que me funciona como closet. También hay botes vacíos de cerveza tirados que voy aventando al terminarlos, botellas que alguna vez estuvieron llenas de bourbon o ginebra, y trozos de papel donde anoto algunas ideas que me parecieron maravillosas durante mi estado de ebriedad, pero que al día siguiente, durante la resaca, me provocan una terrible pena, porque son tan malas como las patéticas y absurdas analogías con las que Arjona rellena sus canciones y ha logrado cubrir de forma “culta” su falta de talento por décadas.

Sé que resulta vergonzoso que un hombre de mi edad viva en tan deplorables condiciones. Los estándares sociales dictan que a estas alturas de mi vida, ya debería ser un hombre funcional y resignada y felizmente casado, tal vez con un par de hijos y un perro que sacar a pasear al llegar del trabajo, y poseer la casa que habito, pero no es lo mío. La realidad es que soy un cuarentón que se enorgullece de su manera tan espectacular con la que ha ido fracasando a lo largo de toda su vida, que ha besado más botellas que mujeres, y que le importa una mierda el futuro y esas patrañas que se ha inventado el sistema con el único fin de domesticar la vida salvaje del hombre haciéndole temer al deterioro de su cuerpo y a su propia muerte (no sé para qué putas quieren llegar al sepulcro con un cuerpo atlético y sin enfermedades, es una estupidez. Hay que acabárselo estando vivos), además, dudo mucho que todos los que me critican, disfruten cada día de tan hermosa vista de la ciudad. Cuando miro el panorama urbano de mi entorno en lo alto del edificio donde vivo, me siento como un poderoso emperador azteca que contempla todos sus dominios con un bote de cerveza en la mano…

Hoy es fin de mes y me halló en una grave disyuntiva moral; sólo tengo en mi bolsillo el dinero justo para pagar el alquiler, pero también tengo hambre y la cerveza se me ha acabado. No sé si arriesgarme a pedir una prórroga más a mi casero y terminar con la paciencia que me ha tenido ya por varios meses, o salir a echarle algo a mis hambrientas tripas que ya comienzan a hacer ruidos y movimientos extraños en mi panza. ¡A la mierda el alquiler!, necesito comer y embriagarme. En el Salón Corona que se ubica en la calle Madero preparan unas tortas de pulpo exquisitas que se me están antojando mucho, así que iré para allá, el único problema es caminar por esa calle tan llena de gente –odio los lugares concurridos–, uno se arriesga a toparse con esas detestables parvadas de cristianos queriéndote abrazar o insistentes vendedores casi obligándote a recibir sus tarjetas, ¡Ah!, pero me reconforta saber que siempre está esa chica vendiendo fotografías disfrazada de gatúbela enfundada en su ajustado traje de látex negro que oprime sus enormes y redondas tetas casi al grado de expulsarlas hacia la libertad, supongo que verla a ella equilibra un poco el asco que me provoca la gente.

II

Estando ese trio de tortas delante de mí acompañadas por un tarro de cerveza helada, las comienzo a devorar como si no hubiese comido en días –y era cierto–. Ya habiendo terminado la segunda, percibo la divertida mirada de una linda chica rubia de unos 30 años en una mesa vecina. Levanté mi tarro diciéndole salud y ella me corresponde haciendo lo mismo. También estaba sola y junto a su bebida se encontraba un pequeño librillo color naranja que por título llevaba: “Hijo de Satanás”. Terminé mis sagrados alimentos, pedí la cuenta y me paré delante de ella para decirle:

– Hola. He visto que te has divertido un poco conmigo.
– Sí. Disculpa. Jamás había visto comer a nadie con esa desesperación –Dijo con un coqueto acento español.
– Es que tenía demasiada hambre. Veo que te gusta Bukowski –le dije señalando su libro–, creo que nos vamos a llevar muy bien.
– ¡Sí, lo amo! ¿Tú escribes?
– No. De bukowskiano sólo tengo lo alcohólico y lo indecente.
– jajajajaja –rio divertidísima.
– ¿Qué te parece si te invito un par de tragos y nos conocemos un poco?
– Vale.
– Pero aquí no. Odio a toda esta fauna snob que disfruta pagando la cerveza al tripe de su valor nomás por cubrir una estúpida apariencia –Eso fue lo único que se me ocurrió decirle para que no advirtiera mi pobreza económica–, mejor vamos a una cantina que está a unas calles de aquí.
– Vale chico, te sigo. Déjame pagar mi cuenta.

Me adelanté con el pretexto de entrar primero al baño y la esperé afuera del Salón. No quise ser descortés y no ofrecerme a pagar su cuenta, pero mi situación financiera ya sólo me permitía invitarle cerveza barata.

Caminamos por Bolívar hasta la esquina de República de Cuba y entramos al Río de la Plata. Retomamos la charla:

– Eres de España, ¿cierto?
– Sí, de Valladolid.
– ¿Y qué haces tan lejos de casa?
– Pues me han invitado a un congreso de psicoanálisis a dar una ponencia y nada, aquí estoy.
– ¡Ah, psicóloga!
– Sí. Es una de mis más grandes pasiones, y claro, Bukowski, como te habéis dado cuenta.

¡Maldita sea! Tenía problemas, y graves. De todas las chicas españolas con las que me pude haber topado, justo fui a dar con la única que puede oler mis inseguridades y la hipocondría que me atormenta, incluso sé que podría, si quisiera, oler el fracaso que ya comenzaba a transpirar por todos mis poros. Espero que no me dé un puto ataque de ansiedad delante de ella.

Pedí dos bolas de cerveza obscura y volvimos a decir Salud.

– ¿Bueno y cuál es tu nombre?
– Noelia.
– Mucho gusto, Noelia. ¿Qué te parece si nos evitamos los aburridos tópicos que se repiten en estos casos como los clásicos: soltera o casada, estudias o trabajas, y hablamos como si nos conociéramos de siempre? –Le pregunté.
– Que me ha encantado tu idea. Dale.
– Sabes, hoy me he levantado sin un clavo en la bolsa y no tengo para pagar la renta de mi departamento. ¿Tendrás algo de dinero que me puedas prestar?
– jajajajajaja –Volvió a reír a carcajadas–. Eso sí que ya es demasiada confianza de tu parte, ¿no crees?
– Tú aceptaste el juego, ¿recuerdas?
– Vale, y lo seguiré. ¿Cuánto necesitas para salir de tu apuro?
– Tres mil varos.
– No sé qué sean varos pero cuenta con ellos que me has caído de puta madre, tío, además eso sí es muy bukowskiano.
– No sabes lo hermosa que comienzo a verte desde ahora. Veo que tienes tatuajes. Yo también tengo algunos, mira –le mostré mis tatuajes de diablito de lotería y el de calaverita de azúcar.
– Yo tengo éste –me dijo mostrándome su costado– de enredadera con las iniciales de mis muertos y flores de cempaxúchitl, típicas de México. Te sonará, ¿no?
¡Claro!, me encantan las flores de cempaxúchitl. ¿Dónde más tienes tatuajes?
– Sigue invitándome de esta rica cerveza y quizá los descubras tú –dijo dándome un pequeño beso en los labios.

Seguimos bebiendo hasta las 3:00 a.m., hora en que cierran esa cantina. Ya con mi problema económico resuelto, podía disponer de todo mi capital para patrocinar la borrachera de esta noche. Pasamos a una licorería por dos botellas de Wild Turkey, hielos y agua mineral, y entre besos, caminamos tomados de la mano hasta la calle de Argentina. Al llegar, mi casero abre la puerta y me exige el pago de la renta:

– ¡No mames, cabrón! Tienes dinero para llegar diario hasta la madre pero no tienes para pagarme la renta. Si no me pagas ahorita mismo, no vas a entrar.
– Tranquilo. Aquí tengo tu dinero. Mi amor –le dije a Noelia–, es hora de que me prestes el dinero del que habíamos hablado.
Sacó de su bolso algunos billetes y me los dio.
– Toma, güey, y no vuelvas a dudar de mí –le dije muy digno a mi casero.
– ¡Qué poca madre tienes! No le quites su dinero a la güerita.
– ¡¿Ah, no lo quieres?! ¡Regrésamelo!
– Ya pásate, güey.

El elevador del edificio no servía y tuvimos que subir las escaleras de los 14 pisos. Al llegar hasta la azotea, casi al borde del infarto, le doy la bienvenida a Noelia y le abro las puertas de mis aposentos:

– ¡Joder, tío, esto es un muladar! ¿Cómo podéis vivir aquí?
– Bukowski lo haría sin problemas.
– Tienes razón. ¿Por lo menos tendrás un baño para darme una ducha?
– Allí lo tienes –dije señalando el diminuto cubículo improvisado.

III

Ya me había empinado media botella de bourbon cuando Noelia salió del baño completamente desnuda y empapada pidiéndome una toalla. La visión que tenía frente a mí, era mucho mejor que el escenario de las miles de luces de allá afuera; de su cabello rubio escurría agua que recorría y resbalaba por todo su cuerpo en forma de pequeñas gotas, tapaba parcialmente sus tetas pero se podían apreciar sus rosados pezones erectos, y su monte de Venus completamente depilado, era la conjunción perfecta donde se volvían a reunir todas las gotas de agua para volver a tomar camino por su largas piernas hasta llegar a sus pies.

– Ahorita te seco –le dije.

Me hinqué ante ella contemplando la blancura de su vientre, y abrazándola tomando sus nalgas entre mis manos, comencé a lamer sus labios vaginales. Podía beber del agua que todavía escurría mientras sentía cómo se iba humedeciendo su vulva. Encontré su clítoris y me dediqué a jugar con él presentándole la punta de mi lengua al tiempo que dos de mis dedos se colaban hasta lo más profundo de su vagina… Noelia gimió sin poner resistencia alguna a mis caricias. La tiré sobre mi colchón para comenzar a devorar ese perfectísimo monte de venus, la giré y comencé a lamerle el culo sin sacar mis dedos de su ya palpitante y húmeda vagina. Me arranqué la ropa y ya empalmado la penetré sin piedad. Fueron escasos cinco o siete minutos lo que duró mi erección debido a la borrachera que me cargaba. Comenzó a ponérseme flácida hasta que se salió… No dije nada, ya estaba bastante ebrio como para que me importase, así que me giré dándole la espalda y comencé a dormir.
Al despertar, una monstruosa erección fue lo primero que pude percibir de mi cuerpo. Noelia aún dormía y la moví ligeramente para que despertase, pero no lo hizo. Estaba tan caliente, que los síntomas de la resaca no me importaron, así que desperté a mi hermosa española para poder coger. Ella, muy molesta por el tan mal sexo de anoche, me dijo:

– No, gracias. No quiero que pase lo de anoche y quedarme a medias.
– Prometo que no será así. Estaba muy borracho y mi pito ya no respondía, pero mira cómo está ahora. Siempre despierto así en las resacas y hoy no pienso desperdiciar ésta erección teniéndote aquí –le dije al tiempo que yo guiaba su mano directo a mi falo.

Noelia, sin dudarlo un poco, lo engulló por completo; yo podía sentir cómo su lengua se deslizaba por toda la extensión de mi verga lamiéndola toda para volvérsela a meter nuevamente a la boca. Subió para darme un profundo beso y comenzó a cabalgarme. Ahora ella tenía el control, me estaba dominando y sin que le importase si estaba yo disfrutando o no, continuó con sus sentones subiendo y bajando, moviéndose violentamente; sus manos se posaban sobre mi pecho y su cabello dorado cubría mi rostro. Gemía, gritaba mientras sus nalgas se movían en círculo encima de mí hasta que enterró sus uñas en mis pectorales mientras se venía anunciando el clímax de su orgasmo con un grito. Con un profundo suspiro, se zafó de mí y se volvió a acostar para disponerse dormir nuevamente.

– Oye, yo no me he venido todavía –le dije.
– Ese no es mi problema. Estamos a mano.

IV

Bajamos a la calle a buscar algo para desayunar, pero antes, pasamos a una tienda por algunas cervezas que nos ayudaran con la cruda que estaba explotando ya en nuestros cuerpos bajo el inclemente rayo del sol. Después de presentarle en una esquina el mejor desayuno de los mexicanos –una torta de tamal–, me dijo:

– Acompáñame a la casa de mi amiga a recoger mis cosas.
– ¿Ya te vas de México? ¿Para qué quieres tus cosas?
– Para quedarme contigo el tiempo que me resta aquí en México. ¿Qué te habías pensado? ¿Qué me ibas a botar después de haber pagado yo tu alquiler? Además tienes una vista increíble y el polvo de esta mañana no ha estado nada mal, quiero seguir follando contigo.
– ¿Es eso, o te ha salido el instinto maternal y quieres cuidar y psicoanalizar a este niño de 40 años que acabas de conocer?
– No jodas, tío. Disfrutemos solamente.
– Está bien, vamos por tus cosas, pero ya sabes cómo vivo, no hay más de lo que viste, ni siquiera hay donde cocinar.
– Eso no importa, vale.

Abordamos el metro hasta la estación Balderas. A unas calles de allí, estaba el departamento de la amiga que le daba hospedaje mientras terminaba el congreso. Yo todavía no lograba entender cómo putas me había metido en este lio; ayer no tenía dinero ni mujer, y hoy, una hermosa española había decidido, sin importarle mi opinión, irse a vivir conmigo a mi pocilga. Tiene razón, disfrutemos el momento, y de paso la dejo que me ayude con los gastos porque no tengo ni para comer.

V

Noelia se había ido a su congreso todo el día, y yo, decidí tirar toda mi colección de basura que había acumulado durante meses. Ya tenía una niña en la casa y había que poner un poco de orden. Mientras levantaba todas las latas y botellas del suelo, seguía sin comprender cómo una mujer tan hermosa se había metido en mi casa; no soy un hombre atractivo, mis rasgos son bastante toscos y rústicos, la presencia de alcohol en mi aliento es permanente, mi ropa está roída y desgastada, mis zapatos viejos, y tampoco soy un tipo interesante con el que pueda charlar mi dulce e inteligente psicóloga. ¿Qué hacía aquí conmigo? Algo no andaba bien… Yo siempre conquisto a muñecas rotas, a mujeres con la autoestima destrozada para que su inseguridad las haga verme atractivo entre todos sus escombros mentales. La cabeza no me daba para concebir por completo que una verdadera diosa haya posado su mirada en este despostillado y maltrecho cuarentón alcohólico que alivia sus resacas con clonazepam y ginebra.

El sol se estaba ocultando cuando la rubia de 1.80 acababa de entrar a mi cuartucho de azotea luciendo unos jeans ajustados, se había hecho una cola de caballo con su pelo, y olía endemoniadamente bien… Yo, usando solamente un pantaloncillo corto y en mi mano derecha la botella de Wild Turkey ya casi terminada, bajé la cremallera de mi pantaloncillo para sacar mi verga y le dije:

– Tú me debes un orgasmo, ¡Págame!

Sin objetar absolutamente nada, la tomó con su mano y comenzó a masturbarme mientras sacaba su lengua ofreciéndosela a mi boca. Nos dimos un beso lleno de lujuria y yo liberaba sus tetas de ese escote de su blusa. Me dijo:

– No te la voy a mamar, quiero masturbarte y cuanto estés a punto de estallar, quiero que te corras en mi cara. Recuerda que mando yo.

Volvió a besarme, chupaba mi lengua como si fuera mi falo al mismo ritmo que su mano seguía masturbándome. Me tenía hecho un loco con esa rutina, tanto que no pude resistir más:

– ¡Me vengo Noelia, me vengo!

Se hincó ante mí, abrió grandemente su boca y sacó su lengua. Su mirada penetrante se posó en la mía y fue justo allí cuando comencé a eyacular; el primer disparo de leche llegó en medio de sus ojos, el segundo en su lengua y para mi sorpresa, se la clavó completa en la boca para terminar de vaciarme en su garganta… Después de acicalarse un poco, me dijo:

– Quiero que salgamos esta noche pero no quiero beber. Hagamos algo nuevo.
– ¿Qué propones? –le pregunté.
– Invéntate algo, tío. No puede ser que tu existencia sólo gire alrededor de una botella de alcohol.
– ¿Te gustan los shows de stand up?
– ¡Joder! Vaya que me gustan.
– Excelente. Te invito un café y a escuchar algún monólogo.
– Pero no tienes ni un duro. ¿Con que vas a pagar?
– Tú no te preocupes, yo me encargo.

Caminamos por toda la calle de Argentina hasta llegar al eje 1, de allí paseamos por el barrio de Tepito hasta llegar a la calle de Alfarería, le mostré el altar a la Santa Muerte de Doña Queta y le explicaba que su adoración aquí en México era una especie de catolicismo alternativo. Seguimos hasta cuarta de Panaderos y allí entramos a un grupo de alcohólicos anónimos. Ella, completamente sorprendida, me preguntó:

– ¿Qué hacemos aquí, tío? Esto es un grupo de autoayuda para enfermos.
– No. Te equivocas. Aquí se presentan cada noche los mejores standuperos de la ciudad a hacerte reír un poco con los relatos más amargos de su vida, y puedes beber todo el café que quieras.
– Que ya me temía algo así.
– Te prometí un café y un buen show y lo cumplí. Entremos.

La junta comenzó justo a las 8:00 p.m. y Noelia y yo ya nos encontrábamos en primera fila con nuestras respectivas tazas de café disfrutando del show. El tema de la noche, además de las clásicas mentadas de madre, era el resentimiento que experimentaba la mujer que gritaba arriba de la tribuna, por los padres, las parejas y los hijos que le habían tocado. Al terminar el show, tuve que explicarle el contexto de algunas cosas que Noelia no entendió, pero se había divertido horrores, además de haberse bebido cuatro tazas de café.

Noelia terminó su congreso y los días comenzaban a transcurrir de forma distinta; curiosamente ya no me hallaba irritable todo el tiempo, cogíamos todas las noches, visitamos un par de veces más nuestro lugar de entretenimiento standupero mientras nos bebíamos su café. Volví a sentir que algo no estaba bien con esta tregua, con este tan repentino espacio de luz en mi vida. Yo no estaba acostumbrado a la compañía por largos periodos ni a tratar bien a nadie, no sé qué me estaba pasando. ¡Maldita sea mi estampa! Creo que la comenzaba a querer…

Una noche, llegamos ebrios a casa, le arranqué la ropa, me tiré al suelo y le pedí que se sentara en mi cara, quería tener sus dos orificios sobre mi boca al mismo tiempo; ya estando ella en cuclillas sobre mi rostro, comenzaba por lamer su clítoris para después enterrar mi lengua en su vagina al tiempo que abría sus blancas y frías nalgas con mis manos para después taladrar su hermoso culo con la punta de mi lengua. Ella gemía como loca cada vez que mi lengua hacía su recorrido hasta que se vino en mi boca…

VI

A la mañana siguiente desperté con resaca y Noelia ya no estaba, pero no me preocupé porque a veces salía a caminar y regresaba con el almuerzo, así que volví a dormir. Abrí los ojos porque mi estómago ya reclamaba algo de comida. Busqué a Noelia con la mirada y seguía ausente, así que me paré al baño y pude darme cuenta que sus maletas habían desaparecido… Sobre la caja de cartón donde guardo mi ropa, se encontraba una carta de ella que decía:

Hola,

Para cuando estés leyendo esta carta, yo ya me habré ido definitivamente de tu vida. Muchas gracias por haber cumplido mi fantasía, siempre quise sentirme una mujer de las que Bukowski retrata en sus libros y contigo vaya que lo he logrado, tío. Por favor no te resientas conmigo que me he llevado un grato recuerdo tuyo, pero no puedo quedarme, tengo una vida en España y mi abuela, mi marido y mi gato me esperan.

Te dejo en el bolsillo de tu pantalón dinero suficiente para que termines el año sin preocupaciones, pero trata de no beber tanto, vale, que a veces me da miedo esa mezcla tuya de licor y clonazepam que cada vez te hace dormir más. Un día se te va a parar el corazón. ¿Recuerdas cuando me preguntaste qué significaban mis tatuajes? Vaya, pues sobre mi piel llevo las iniciales de algunos amigos y familiares que han muerto. Por favor cuídate mucho que no quisiera tatuar la tuya también, me quebraría saber que te ha pasado algo. He archivado todos esos papelitos donde escribes esos amargos trozos de tu vida, te he hecho un álbum con todos ellos y con algunas fotografías nuestras, está bajo tu colchón.

Debo confesar que me caíste del cielo aquella tarde que te conocí. Sabía que eras un hombre roto con el alma media muerta desde que te vi comer con tanta desesperación. Espero que después de haberme conocido, mis caricias y el tiempo que te dediqué hayan sanado algunas de tus heridas. Las cicatrices yo no te las puedo quitar, pero ellas te han moldeado justo como eres ahora y ¡Joder, tío! Eres maravilloso.

Espero algún día llevarme la sorpresa de encontrar algún libro tuyo.

Noelia G.

Por Javier Hernández.

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